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Federico Jiménez Losantos

¿Por qué no dejamos de hacer el ridículo?

Federico Jiménez Losantos
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Es lamentable que la vanidad y la incompetencia que impregnan nuestra política exterior lleven al Gobierno a decir que entre Marruecos y España no pasa nada. Como si la fulminante retirada del embajador alauita en Madrid sin aviso y, hasta la fecha, sin explicación no fuese argumento sobrado para constatar que pasa algo, bastante grave. Y ahora, lo de los periodistas y el Sahara.

Es posible que el Gobierno disfrute y hasta envidie la censura que padecen los periodistas españoles –de forma directa, el acoso policial a Javier Espinosa, enviado especial de El Mundo, y Carla Fibla, corresponsal de La Vanguardia y La SER–, pero incluso Piqué debería entender que no están perseguidos o no son marginados en Marruecos exclusivamente como periodistas sino sobre todo como españoles. Sólo eso debería bastar para que el Gobierno dejara de proclamar que todo va estupendamente en las relaciones hispano-marroquíes. Ya sabemos que Piqué e incluso Aznar son recién llegados a la política exterior y que se han visto sorprendidos por la doblez de la diplomacia rifeña. Un mínimo de formación y un poco de información les habría evitado no pocos sonrojos. Pero la situación interna de Marruecos, la debilidad del joven Monarca, la naturaleza envenenada, si no insoluble de sus conflictos con España y la perennidad insobornable de la geografía –tal vez lo único insobornable más allá del Estrecho– deberían llevarles a extremar su prudencia expresiva y a pensar cómo se guardan de las añagazas tercermundistas de una política exterior que no es precisamente un modelo de transparencia ni de fiabilidad.

Para empezar, es intolerable que se diga que nuestras relaciones con Marruecos son y van a seguir siendo extraordinarias mientras se discrimina, margina y persigue abiertamente a los periodistas españoles. Ningún país que se respete a sí mismo lo admitiría y España no lo debe admitir. O sea, que menos jugar a Padrino Occidental disfrazado de Coronel Tapioca y más atender a los derechos de los ciudadanos españoles en el extranjero, que están siendo vulnerados ostentosamente en el vecino país. El pasado sábado, en Toledo, Aznar proclamaba su empeño en convertir a España en uno de los países más importantes de Europa y del Mundo. Menos proclamaciones y un poco más de seriedad. ¿Cómo vamos a brillar en el mundo si somos el hazmerreír de la Corte de Rabat?

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