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¿Qué es centrismo? Lo del “Prestige”

En las críticas a Aznar y a su Gobierno por su actuación en la crisis del “Prestige” no se ha reparado en un aspecto, su carácter de auténtica epopeya centrista, de retrato inmisericorde de una forma muy profesional y muy de derechas de hacer política, carente por completo de escrúpulos, ciega y sorda a todo lo que no sea el disfrute del poder, pero que trata de revestir con palabrería moderada y velados conjuros guerracivilistas, una ética que no va más allá del disfrute del cargo y una ideología que no es sino la falta de compromiso con los votantes, con su programa electoral, con el sistema representativo y con la soberanía nacional. ¿Qué es centrismo? El arte de conservar el Poder quitándose de enmedio, la técnica de no apostar a nada para conservarlo todo. Y, en ese sentido, pocos alardes de centrismo tan espectaculares como lo del “Prestige”. Desde el referéndum sobre la autonomía andaluza, convocado por UCD para pedir la abstención (“Andaluz, éste no es tu referéndum”, decían los propios convocantes) no teníamos ocasión de ver y padecer un alarde de astucia tan centrista. Tal vez porque no había un partido de derechas (es decir, autoproclamado de centro) en trance de disfrutar una segunda legislatura en la Moncloa. Helo aquí: sin comentarios.

Lo que ha hecho Aznar en este mes largo de incomparecencia en Galicia o lo que ha hecho Rato en su desaparición de escena mientras la crisis se enfangaba día a día es centrismo puro, porque ha sido puro egoísmo disfrazado de cautela técnica, pura insensibilidad moral vestida de prudencia, pura elusión de responsabilidades políticas travestida de apoliticismo “resultadista”. En nombre de los resultados prácticos, Aznar se ha negado a hacer el gesto de ir a Galicia. Pero, en realidad, lo único que ha hecho el Presidente del Gobierno es tratar de no mancharse en un episodio cuya magnitud no se supo advertir, de no enlodar su imagen de estadista saliente en un caso cuya gravedad no se ha sabido ver por muchas razones, pero la más importante ha sido que resultaba más cómodo no mirar. Y si el Presidente no se manchaba, los dos vicepresidentes y aspirantes a sucederle, mucho menos. ¡Qué más querían Rajoy y Rato que respaldar la inteligencia del que aspiran a heredar, aplaudiendo y, por supuesto, compartiendo su escaqueo! Si el presidente proclama la sabiduría de no mojarse, ¿quién podrá alcanzar su capacidad de nadar en seco? Al final, a Rajoy le ha salvado o le está salvando la obligación de dar la cara. Y a Rato lo está condenando su capacidad para no darla. Pero ambos se han comportado como centristas genuinos, sin comprometerse con ninguna opción, que es la manera de conservar todas sus opciones políticas. O de suponerlo.

Otra de las características del centrismo es también su incapacidad de forjar un discurso político capaz de explicar una política. Lógico, porque su única realidad ideológica es el elogio o la justificación del poder. Pero en cuanto se tuercen las cosas, el discurso centrista desaparece como por ensalmo. Es digno de hacer notar que entre todos los ideólogos centristas fletados por Aznar en 1999 para revestir de retórica su dimisión ideológica y su abdicación ética, sea en economía, en política o en medios de comunicación, no ha habido uno solo capaz de justificar o, al menos, de comentar compasivamente este naufragio político. Es de remarcar que la inmensa máquina de propaganda montada desde La Moncloa con el dinero del contribuyente en general y del accionista de Telefónica en particular no ha sabido, querido ni podido alumbrar un solo argumento que justificase la estolidez marmórea del Presidente, negándose por supuestos imperativos morales (no hacer demagogia, aportar sólo soluciones, no hacerse la foto) a cumplir con una obligación esencialmente moral, que es la de acudir junto a los ciudadanos siniestrados, al margen de que la culpa sea o no del Gobierno. Que en este caso, al menos en parte, además, lo ha sido.

Otra de las cosas pavorosas del centrismo es que deja sin un solo argumento ético o político a quienes apoyan al Gobierno. Y es que nadie en su sano juicio apoya a un Gobierno por el mero hecho de serlo, salvo los gobernantes que lo disfrutan y los criados que lo cobran. La gente normal, el votante común, el ciudadano corriente suele necesitar razones morales para sostener su opción de voto frente a la izquierda. Que es lo que siempre tiene enfrente la derecha, llámese centrista o llámese Andana. “Presidente Andana”: he ahí el perfecto candidato centrista para el 2004 o para cuando El Omnisciente diga. No llega ni a Jefe de la Oposición. Como ya sucedió, por cierto, con el centrismo de UCD, que dejó un vacío para década y media. El hombre es el único animal que tropieza en la misma piedra dos, doscientas, dos mil veces. Y si es político y centrista, doscientas mil.

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