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Federico Jiménez Losantos

¿Qué hará Aznar si no "escampa" hasta el verano?

Federico Jiménez Losantos
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La entrevista dominical de Aznar en ABC nos ha mostrado al Presidente del Gobierno que temíamos: tan seguro y convencido de lo que hace como ayuno de ideas y argumentos sobre lo que debe hacer en el futuro para evitar lo que les hacen, a él y a su partido. Tanto el fondo como la forma de las manifestaciones de Aznar a José Antonio Zarzalejos confirman la imagen que el PP viene ofreciendo desde hace semanas: un partido a la defensiva, sobrado de argumentos y no carente de valor pero patéticamente incapaz de defenderse de quienes lo están atacando, convencido de que aún puede “escampar”, pero sólo si la guerra acaba antes de las elecciones. Es como un boxeador sonado a la espera de que lo salve la campana. De no suceder así... el diluvio.

Sin embargo, la guerra puede prolongarse más allá de las municipales y autonómicas, según las últimas estimaciones del Pentágono y como obligaba a suponer el sentido común. Y no es fácil que la denuncia presidencial de una supuesta “operación política contra el PP” vaya a pararla ni, menos aún, a galvanizar al PP para combatirla. La estrategia de “ya escampará” o, en una versión más noble, de “resistir es vencer” vale cuando no hay plazos fijos para hacer balance del estado de la contienda. Pero cuando en unas pocas semanas todos los ciudadanos están llamados a las urnas, fiarlo todo a la Providencia no parece la mejor manera de afrontar un destino político que puede ser verdaderamente aciago.

La hipertrofia del personalismo y el vértigo del caudillismo libremente aceptado han colocado al PP a merced de Aznar. La diabólica fórmula sucesoria pergeñada por el Presidente para mandar del todo y hasta el último momento ha funcionado mejor de lo que muchos suponían, pero ha confirmado lo que algunos temíamos: que el PP se quedara sin ningún margen interno de maniobra, sin ninguna alternativa a la parálisis o al error presidencial en el trámite sucesorio y en la larguísima recta hasta culminarlo. No es que Aznar no tenga razón en su opción por los aliados en la Guerra de Irak, pero está claro que no es capaz de defenderla con éxito ni desde el Gobierno ni desde el partido. Y lo que para el Gobierno es obligado y entra en el sueldo o en la responsabilidad de los que lo componen, para un partido nacional puede ser suicida.

En esta guerra, si se nos permite la metáfora, a Aznar le pasa lo mismo que a Sadam: que le faltan medios para ganarla. Al sanguinario dictador iraquí, medios militares. Al democrático presidente español, medios de comunicación. Y al menos a Sadam le sobran medios de comunicación occidentales para tratar de compensar la falta de medios materiales de combate. A Aznar, en cambio, la superioridad tecnológica de Bush no le sirve para nada, antes al contrario, ante su pavorosa incapacidad mediática. La política de “fuego amigo” practicada por el faraón de la Moncloa y sus camarillas sucesivas ha sembrado de cadáveres el paisaje mediático español, pero sólo por la derecha. La rendición del propio Aznar, Rato y Rajoy ante Polanco ha colocado a la izquierda en una superioridad moral y material sin precedentes ni remedio. El resultado está a la vista. El primer partido democrático de España yace maniatado e inerme, por decisión superior, ante un linchamiento que ya ha comenzado y ante el que Aznar ni quiere, ni sabe, ni aparentemente puede hacer nada más que quejarse. Porque a eso se limita la denuncia de “operaciones” que suenan inevitablemente a las “conspiraciones” del felipismo. No es de extrañar, llegado Aznar a ese estadio agónico de defensa mental pintiparado para no reconocer errores, ni la euforia implacable del polanquismo ni el renovado crédito monclovita de Luis María Ansón. No es tampoco de extrañar que quienes en el PP conservan la memoria oscilen estos días entre la depresión y el pánico.

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