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Federico Jiménez Losantos

¿Quiere Zapatero tranquilizarnos o tranquilizarse?

Federico Jiménez Losantos
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Es difícil saber qué le da más miedo a Zapatero: la posibilidad de formar un gobierno de todos contra el PP, que es a lo que ha ido encaminada su estrategia hasta salirse de hecho del sistema constitucional, o que el voto del miedo al caos vaya en masa al PP, proporcionándole una victoria tan aplastante a Rajoy que supusiera el fin de su liderazgo, como sucediera con Almunia tras la mayoría absoluta de Aznar en 2000. ¿Quiere Zapatero tranquilizarnos o tranquilizarse? Es difícil saberlo y las posiblidades no son excluyentes. En cualquier caso, después de año y medio de pancarterismo y de golpismo callejero, después de pactar con cualquier partido separatista o radical con tal de arañar parcelas de poder, sorprende que Zapatero renuncie a la coronación lógica de esa estrategia, que es echar al PP del Gobierno, aunque sea mediante un Gobierno de Desintegración Nacional, porque llamarle de concentración sería un sarcasmo excesivo.
 
Tampoco tiene lógica predicar un cambio constitucional y renunciar a la única posibilidad razonable de forzarlo, que es impedir que el PP forme Gobierno. Si se dice que el PP es la negación de la democracia, que el PSOE es la garantiza la unidad nacional que, por lo visto, nadie pone en peligro, y hasta se piropea obscenamente al PNV del Plan Ibarreche como hizo esta misma semana en el Congreso Ramón Jáuregui con Anasagasti, que la víspera había comparado la estrategia de Ibarra con la de ETA, no se sabe muy bien a qué viene esta renuncia de Zapatero a formar Gobierno de la única forma que puede formarlo, salvo volquetazo tremendo de las encuestas. Si lo que quiere Zapatero es seguir confundiendo a la ciudadanía, lo ha vuelto a conseguir.
 
Pero es posible que lo único que pretenda Zapatero sea sobrevivir a su derrota y no romper cualquier posibilidad de volver a un consenso, aunque sea fingido, con el PP. En ese caso, no estaríamos ante una inconsecuencia más del político leonés sino ante la consecuencia lógica de una absoluta falta de escrúpulos. Hay que ponerse en lo peor.
 

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