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Federico Jiménez Losantos

Rosa y Negro

Federico Jiménez Losantos
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Mary Higgins Clark parece la fantasía hecha realidad de la directora de un club de corazones solitarios, es decir, de contactos entre gente rara con ganas de casarse. Es la primera mujer a la que, vista su fotografía, un viudo o un solterón acorazado de la tercera edad le pediría una cita. Es más: podría casarse por Internet con ella, como antaño se casaba la gente por anuncios en los periódicos, y cruzaba océanos con su soledad a cuestas (en el caso de Jane Champion, hasta con un piano) para desembarcar en la cama y la granja de un extraño del que no sabían nada ni querían saber demasiado.
 
 
Y es que la foto de Mary Higgins Clark en las solapas de sus  libros es como un anuncio de posibilidades sexuales con vistas al indudable éxito social, o de ilimitadas posibilidades sociales que incluyen algún tipo imprevisto y satisfactorio de vida sexual, no en balde cultiva un aspecto peligrosamente cercano al de Madame Claude en Manhattan. El único problema de la casamentera que, en quince días, consiguiera que Mary le diera el sí a cualquiera de sus pretendientes sería que no enviudase de nuevo con la rapidez deseable para cobrar una nueva comisión. Por ejemplo, el tiempo que tarda Mary Higgins Clark en escribir una nueva novela de éxito, que son seis meses.
 
En nada se parece, pues, su biografía a la de Ágatha Christie, de quien muchos la consideran sucesora a título de “Reina del Suspense”. Salvo, quizás, en el desprecio que entre la crítica produce su éxito. Dos millones de ejemplares vende MHC —es decir, tiene vendidos antes de escribirla— de cada nueva novela. Sencillamente imperdonable.
 
Sin embargo, sus primeras novelas tienen verdadero mérito y pueden incluirse por derecho propio en los anales de la novela negra. “La cuna caerá”, su primer gran éxito, o “Dónde están los niños” son genuinas historias de terror por las que sobrevuela la investigación, que es el espacio reservado al lector en el género policíaco, el sillón o almohada donde encuentra su gratificación intelectual, sensitiva y moral. MHC muestra en sus novelas esa forma de piedad hacia las víctimas que caracteriza a las grandes escritoras de novela negra, empezando por PD James o Ruth Rendell y terminando por Patricia Cornwell, por citar una generación bibliográficamente anterior y otra posterior a la de MHC, que nació en Nueva York en 1929, vive, recibe premios y escribe sin cesar.
 
En su obra sólo se echa en falta lo que para muchos sería delito: la configuración de un héroe oblicuamente negativo e inquietantemente positivo, como Adam Dalgliesh e incluso Kay Scarpetta, hijos de Maigret y Mrs Marple y tataranietos de Sherlock Holmes. MHC prefiere convertir en detective ocasional al testigo, siempre mujer, para ocupar el papel de víctima predilecta y virgilio particular del lector-lectora por la selva oscura de la maldad humana. Hay constantes habituales en sus personajes detectivescos, como la permanencia en la mujer adulta de la niña que fue y que vivió un hecho traumático, que revive en un nuevo crimen y que dispara los acontecimientos del relato. Pero MHC, pese a la razón comercial que le asistiría, no ha creado o no ha querido crear un detective fijo.  A cambio, esa falta de un personaje permanente e identificado con la novelista le ha permitido evolucionar del negro al rosa o, para ser justos, al rosa y negro.
 
Podría decirse que Mary Higgins Clark ha conseguido sintetizar la técnica negra de Ruth Rendell y la técnica rosa de Danielle Steel en una forma de relato literariamente digno pero que tampoco desentonaría en la mesilla de noche de la empleada más torpe y fantasiosa de la peor peluquería del Bronx. Sin embargo, es un principio  tradicional en la novela negra norteamericana, de James Mc Cain a Jim Thompson,  que no existe una buena historia de crímenes sin una buena historia de sexo o de amor fatal. Sucede que la abrumadora llegada de nuevas escritoras al género y la evolución de las costumbres de unos años a esta parte ha convertido aquella fórmula en algo distinto.
 
Ahora, sobre el fondo inalterable de terroríficos crímenes en serie, sobrenada una historia de amor con cierta dosis de sexo o, como en el caso de la californiana y sesentayochista Sue Grafton, creadora de Kinsey Millhone, de anhelado sexo de aluvión con aspiraciones de amor perdurable. Lo que Patricia Cornwell no ha podido resolver aún con Kay Scarpetta y su héroe aynrandiano de “El último reducto” (ni siquiera recurriendo a la resurrección), lo suele  resolver, sin embargo, con pasmosa facilidad Mary Higgins Clark, que casa a sus protagonistas en la última página después de hacérselo pasar fatal en cuatrocientas.
 
El secreto es ése: la técnica narrativa. Y la última novela recién traducida al español de MHC, “Escondido en las sombras”, Plaza y Janés 2005 (“Nightime is my time”, Simon & Schuster, 2004) es una demostración perfecta de la mezcla de truco y pericia, cálculo y dosificación del susto que caracteriza también a Ágata Christie y que hoy domina como casi nadie Mary Higgins Clark. La historia arranca, como debe ser, de un escenario muy convencional: la vuelta al instituto o escuela secundaria de una pequeña ciudad americana de la promoción que terminó sus estudios veinte años atrás. En ella, media docena de marginados y la típica Prom-Queen han conseguido hacerse famosos. El asesino en serie, con un Buho como emblema, engarza el ayer y el hoy de esa vividera pesadumbre que es la vida social agravada con un goteo permanente de asesinatos y con la base misma de la novela, que es la ocultación de la identidad del criminal hasta el último capítulo, dejando al lector la selección de indicios que la autora va dejando. La trama rosa (pero de Ama Rosa, con hija abandonada y todo) incluye dos o tres parejas de protomatrimonios amablemente dificultosos, pero se desarrolla siempre en segundo plano, como tosco y eficaz contrapunto de la trama negra, sin salirse nunca de sus límites. La creación de personajes es, como exige la novela detectivesca, sencilla, sin fisuras y sin honduras. Nada, pues, que ver con PD James o Hihgsmith. Lo notable de MHC es que se mantiene fiel a un proyecto de novela policíaca sin apenas policías, facilitando la identificación de la lectora con la investigadora ocasional, que es a la vez víctima del sádico criminal y enamorada desconfiada, vulnerada o tardía, si es que para el amor hay tiempo y no solamente estaciones.
 
Junto a esta ultimísima novedad, Debolsillo ha reeditado y puesto en los quioscos media docena de obras de MHC, casi todas recientes y algunas buenas, entre las que destacan “Perdida en su memoria” y “El último adiós”. Ante esta imprevista sobreabundancia de títulos, que sin duda apunta a una nueva generación de lectores, no caeremos en la vulgaridad de pedir que se reedite sistemáticamente toda la obra de Mary Higgins Clark, porque además del Círculo de Lectores, que lo irá haciendo, ha comenzado a venderse en los quioscos lo que probablemente es o será otra colección de sus novelas (junto a otra promoción de RBA: la obra presuntamente completa de la gran Patricia Highsmith, cuyos diez años de ausencia ha evocado muy emotivamente en LD Elena Gosálvez). Como la edición actual funciona por oleadas comerciales, supongo que tenemos MHC para una larga temporada. Hay unas treinta obras traducidas al español de unas sesenta en inglés, las últimas a medias con su hija Carol Higgins Clark. Todas ellas pueden rastrearse en Google, en ambos idiomas (exhaustiva Fantasy  Fiction y meritoria La casa de Kruela) y en España puede comprarse una veintena entre tapa dura y bolsillo. Eso sí, al albur de las librerías de grandes almacenes, grandes superficies y quioscos de aeropuerto donde el aficionado al género busca la sorpresa a precio asequible.
 
Una novedad más de MHC, pero esta de un género atroz, ha llegado también al comercio (El Corte Inglés). Se trata de los deuvedés que reproducen los “Mary Higgins Clark Misteries”, creados para la televisión norteamericana por alguien que, sin la menor duda, odia minuciosamente a “La Reina del Suspense” y busca su descrédito entre los espectadores de televisión, que es como decir todo el género humano. Brindo a los lectores de “Libertad Digital” la investigación de este misterio: ¿quién es esa mente criminal capaz de conjugar la peor selección de actrices de la peor serie B para la más cutre de las sobremesas con la implacable trituración de la intriga en los guiones, hasta convertir las historias de MHC en un vaivén de sobresaltos cejijuntos a cargo de un policía granujiento (ignoto actor injustamente salido del paro) y primeros planos de una ex aspirante a actriz extraída de un “botox party”? ¿Pistas? Al margen del obvio filón de su autobiografía “Con derecho a cocina” (“Private Kitchen”), Debolsillo 2004, donde aparecen la dura infancia sin padre, el matrimonio primaveral con muchos hijos, la traumática viudez y el rematrimonio otoñal (que seguramente explica su coqueta remasterización visual), daré una que, acaso sin querer, proporciona la propia Mary Higgins Clark. Es sabido que la inmensa mayoría de los crímenes se comete dentro de la familia. Pues bien,  la dedicatoria de “La fuerza del engaño”, Debolsillo 2005, (“The second time around”, Simon & Schuster, 2003) reza así:
 
Una vez más
 
Para mi ser más querido y cercano:
John Conheeney, esposo extraordinario.
La prole Clark:
Marilyn, Warren y Sharon, David, Carol y Pat.
Los nietos Clark:
Liz, Andrew, Courtney, David, Justin y Jerry.
Los hijos Conheeney:
John y Debby, Barbara, Trish, Nancy y David.
Los nietos Conheeney:
Robert, Ashley, Lauren, Megan, David, Kelly, Courtney, Johnny, Thomas y Liam.
 
Sois una gran pandilla y os quiero a todos.”
 
Aunque muchos indicios apunten a Carol, su hija y escritora asociada, que se inició como actriz en uno de estos bodrios perpetrados contra el crédito de su madre  (aunque a favor de su cuenta corriente), hay otros personajes en la vida de MHC que han podido participar en tan execrable delito. Y no exagero: esos telefilmes son la peor serie de televisión que puede verse sobre novelas de misterio, no ya comparada con las minuciosidades primorosas de la BBC y Granada TV, sino con Mike Hammer e incluso Perry Mason. Pero lo normal en las mujeres que cuentan crímenes es que el criminal nunca gane. Las dedicatorias de sus libros, casi un género en sí mismas, y los datos virtualmente infinitos que proporciona Google sobre Mary Higgins Clark garantizan a los detectives de biblioteca y sabuesos de sillón una investigación interminablemente entretenida. Y, como querría La Reina del Suspense, sin solución hasta la última página.

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