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Federico Jiménez Losantos

Se abre el segundo frente nacionalista

Federico Jiménez Losantos
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Aunque la caída del PSC en intención de voto puede alegrar a quienes piensan que el partido de Pujol es menos amigo de aventuras que el caótico y asimétrico Pasqual Maragall, lo cierto es que el panorama que dibujan las encuestas, particularmente la última de La Vanguardia, es inquietante, por no decir abiertamente catastrófico. La consolidación de Esquerra Republicana como tercera fuerza política catalana augura un horizonte de radicalismo, nacionalista si su socio es CiU o izquierdista si su socio es el PSC, pero en cualquier caso nada favorable al entendimiento con el Gobierno de la Nación, particularmente si el Gobierno es del PP. E incluso si el inquilino monclovita a partir de marzo fuera el PSOE, porque para Mas, Carod, Esteve e incluso Maragall el problema no es el Gobierno sino la nación. La española, por supuesto.

Pero lo peor de la previsible escalada de tensión y reivindicación por parte del nacionalismo catalán es que va a coincidir con el órdago del nacionalismo vasco, tan separatista en el fondo como el catalán, pero mucho más radicalizado y además ligado indisolublemente el terrorismo etarra. El Plan Ibarreche, tal vez aliñado con unas elecciones vascas anticipadas, va a coincidir con el más que previsible desafío catalanista, cuya complicidad con el PNV es tradicional y se actualizó de forma inequívoca con la Declaración de Barcelona. Como siempre, el catalanismo irá un paso detrás del nacionalismo vasco, pero sólo uno, y cada vez más cortito. Como la tendencia en Madrid, empezando por el inquilino monclovita y terminando por los medios de comunicación, es creer que existe un nacionalismo “bueno”, el de Barcelona, y otro “malo”, el de Vitoria, cabe temer lo peor en la estrategia de cesiones y capitulaciones.

Por desgracia, el PSOE no existe en Cataluña y el PP se ha aproximado mucho a la extinción. Al abdicar de sus principios, al renunciar a su identidad nacional, al prescindir de la lucha ideológica, al plegarse al nacionalismo ambiental, acaso más sofocante aunque menos criminal que el vasco, Aznar ha entregado sin combatir el futuro político de Cataluña a las distintas facciones nacionalistas. La tesis, inveterada y madrileñísimamente cómoda, es que el estado no se puede permitir dos frentes abiertos. Pero negarse a luchar en uno no es la mejor manera de conservar el Poder. Ni siquiera de salvar los muebles.

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