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Federico Jiménez Losantos

Todos vicealgo y ninguno nada

Federico Jiménez Losantos
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En lo que al poder se refiere, la mejor doctrina es la memoria. Ningún tratado liberal supera en brillantez y elocuencia la simple constatación de cómo se repiten los comportamientos de los poderosos, sobre todo en sus abusos. También sus trucos y maquinaciones para conservar todo el poder posible haciendo como que lo reparten. Particularmente severa resulta la memoria cuando los hechos recordados son recientes. Así, la miríada de vicepresidencias que un Fraga rodeado de conspiraciones por todas partes iba creando a modo de entrepán para los hambrientos y frustrados herederos de su cargo. Tres, cuatro, cinco, siete, nueve… hubo un momento en que se perdió la cuenta de cuántos vicepresidentes tenía Fraga. O, lo que es lo mismo, de cuántos delfines con hábitos de tiburón estaba cercado don Manuel.

Lo primero que hizo Aznar al llegar a la presidencia del PP fue cargarse aquella pirámide de cargos que o no servían para nada o sólo servían para estorbar. Puso a Cascos al frente de la secretaría general para quedar bien con Fraga y procedió a la defenestración de todos y cada uno de los vicealgo del régimen de poder anterior. No quedó ni uno. Bueno, quedó Pío Cabanillas Gallas, pero a su manera, sin quedarse en el cargo, si es que alguno tenía, pero conservando la cercanía y hasta el afecto del Jefe, que eso sí que es poder y no la tarjetita y la foto del presidium del Partido. Que ahora vuelva a la técnica de Fraga de hacer vicepresidente a todo el mundo prueba lo perecedero de las glorias humanas y el final auténtico y verdadero de la Era Aznar. Que suponemos que no acaba aquí, como tampoco pensaba Fraga que iba a acabar nunca, al menos en Madrid y ya se ve hasta dónde ha tenido que irse para no irse jamás.

Pero lo que sí aparece claro, diamantino, en el horizonte del PP es que la hipoteca del omnipresente Aznar es absolutamente impagable. Y que, como los desdichados países pedigüeños, los aspirantes a delfines deben arrastrar sus cadenas y persignarse con ceniza para implorar del Jefe el perdón de su ambición. Nada nuevo, tampoco nada bueno. El Presidente ya es Omnipresidente. Y los vicepresidentes, pues eso. Todos vicealgo y ninguno nada.


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