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Federico Jiménez Losantos

Zelenski nos obliga a repensar la libertad en el mundo

Ucrania lo ha cambiado todo. Todos los países han visto la amenaza inmediata y real de Moscú, ante la que no sirven de nada las cataplasmas de la ONU.

Ucrania lo ha cambiado todo. Todos los países han visto la amenaza inmediata y real de Moscú, ante la que no sirven de nada las cataplasmas de la ONU.
El Parlamento Europeo durante el discurso pronunciado por Zelenski desde Kiev. | EFE

Pocas veces un héroe como Volodimir Zelenski, a la cabeza de un pueblo tan heroico como el de Ucrania, ha cambiado el modo de pensar del mundo sobre la libertad y qué estamos dispuestos a hacer para defenderla. Ha bastado una semana ante el conmovedor espectáculo de este hombre de aspecto insignificante resistiendo con un pueblo más capaz de morir que de matar, para que la Unión Europea, con Alemania al frente, haya cambiado radicalmente de rumbo –militar, político y económico–, para que Occidente deba reconsiderar toda su política de alianzas y para que la libertad, individual y colectiva o democrática, vuelva a ocupar el lugar que nunca debió perder como base del pensamiento liberal. Putin ha desnudado obscenamente lo que el comunismo moderno conserva de la vieja pulsión genocida de Lenin, Stalin, Mao, Sendero Luminoso o Pol Pot. Pero la reflexión ante la brutalidad neosoviética la ha provocado Zelenski.

El militarismo clásico y la ciberguerra

Se pensaba que el desarrollo tecnológico de la antigua URSS, unida a la nueva en el pensamiento y la ambición de Putin, trasladase su condición de gran potencia militar terrestre europea a la guerra en internet. Hemos visto actuar, de hecho, en el golpe de Estado catalán a todo su ejército de hackers, bots y saboteadores online: ideológicos, políticos y comerciales. Y casi sin querer hemos supuesto que su eficacia en ese campo jubilaba sin decirlo las tácticas que, con pocas variaciones, utiliza Moscú desde 1917, algunas que vienen de tiempos de los zares, y otras, la más peligrosas, del tiempo nuevo de Lenin. Cuantitativamente, Putin se verá como un nuevo Pedro el Grande, pero cualitativamente actuará como Stalin o Andropov.

Bastó ver el convoy militar de 60 kilómetros desplegado en Ucrania para entender que la moderna guerra en las redes es y será sólo un elemento para destruir la defensa aérea del enemigo, pero que no sustituye la acción de los carros de combate, la artillería y la infantería. Los primeros análisis de urgencia explican la feroz resistencia que se ha encontrado Putin por haber confiado casi en exclusiva la ocupación de Ucrania a los tanques y a la artillería, dejando a la infantería para "limpiar" las ruinas del enemigo. Pero vista la desorientación de los soldados rusos capturados, poner la ofensiva terrestre en sus manos quizás hubiera resultado peor. En todo caso, Zelenski y el ejército ucraniano ya han vencido moralmente a Putin.

La guerra de la propaganda que pierde Moscú

Esto tiene una enorme importancia, más allá del campo de batalla. Las guerras soviéticas, en las que se encuadra esta segunda parte de la invasión de Ucrania –la primera fue la toma de Crimea– son ideológicas y propagandísticas, como lo son todas desde la antigüedad, pero mucho más, porque nadie ha vencido propagandísticamente antes y después de la guerra como los comunistas desde 1917. Si la Komintern o Tercera Internacional era la fuerza clave del expansionismo militar de Lenin, el agit-prop de Willi Munzenberg era el núcleo esencial de la Komintern. Y es precisamente ahí donde Zelenski ha derrotado aplastantemente a Putin. A través de Twitter o Facebook, el presidente ucraniano se ha dirigido al Parlamento Europeo y a los manifestantes de Frankfurt, de Praga y, sobre todo, de Georgia, que ya padeció hace pocos años una invasión idéntica a la ucraniana, también con la excusa de dos repúblicas creadas por Moscú, Osetia del Sur y Abjasia.

Putin sólo se dirigió antes de la invasión a los rusos y ha terminado prohibiendo las redes sociales que no domina. Lo mismo que hace Pekín. Esto debería cambiar nuestra percepción de que las redes sociales son un campo en el que la libertad tiene todas las de perder ante la moderna guerra sucia, que es la desinformación. Ahí siempre solían ganar los comunistas, pero Zelenski los ha destrozado. Por tres razones: porque él tiene razón y Putin no, porque él presenta una imagen de víctima y Putin de verdugo, y porque ha subordinado incluso su seguridad personal a la comunicación constante con esa amplísima base social que va mucho más allá de Ucrania.

El cambio en Berlín y en Washington

La primera batalla ganada por Zelenski ha sido la que ha tenido lugar en la Unión Europea, donde aparentemente era más difícil, y ha sido Alemania, verdadero patio trasero política del Kremlin con la nefasta Angela Merkel, la primera en cambiar radicalmente su política militar, asumiendo al fin su responsabilidad económica: un 2% anual del Presupuesto para el ejército, que Scholz pretende además incluir en el texto constitucional, borrando así la fórmula nacida tras la II Guerra Mundial para el eterno desarme alemán. Por primera vez, Berlín asumía la responsabilidad que le corresponde en una defensa europea que los EEUU ni quieren ni deben asumir en solitario.

Tras ella, debe venir el cambio en la política energética. De nuevo Alemania, desde Schroeder a Merkel, es la gran responsable de la entrega de la economía europea al gas ruso. Una sumisión apolítica que convertía a Putin en el auténtico centinela militar europeo, como se comprobó en Siria.

El cambio radical de política de defensa por parte de Berlín, tiene un efecto inmediato en Washington, que se hartó de defender con la OTAN a una UE que no pagaba y, encima, insultaba. Ucrania lo ha cambiado todo. Todos los países han visto la amenaza inmediata y real de Moscú, ante la que no sirven de nada las cataplasmas de la ONU, el multilateralismo y demás zarandajas neutralistas que, objetivamente, sólo favorecen a Putin. La refinanciación inmediata de la OTAN, que se estaba convirtiendo en el ejército vegano de Greta Zombi y en los temporeros del Cambio Climático, llevará a los EEUU a cambiar su política de aislamiento, que ni ha hecho que China frene su expansión en el Pacífico, ni ha detenido la expansión roja en Iberoamérica, ni ha mejorado su imagen mundial. Véase Afganistán, que sin duda había convencido a Putin de que la invasión le podía salir gratis.

El desorden Mundial y el mito del NOM

Si la Izquierda se ha visto confrontada a su verdadera dimensión criminal y liberticida, la Derecha se ve obligada a reconsiderar dos mitos: que ya no habría guerra en Europa por cuestiones políticas, de forma que sólo quedaban guerras comerciales, postura del PP; y que existía un NOM, Nuevo Orden Mundial, fuerza operativa a través de una guerra ideológica que avanza por encima de las fronteras, y ante la que debían alzarse de nuevo esas fronteras y recuperar las soberanías nacionales difuminadas, cuando no atropelladas, por la Unión Europea. Que es la postura de Vox.

Ucrania ha demostrado que, a pesar de la perversión burocrática de la UE, la integración en ella sigue siendo el ámbito al que aspiran todas las naciones europeas, sin perder por eso de vista la defensa de su soberanía. Y que la OTAN, que algunos veían como el ejército mundialista de Soros, es la fórmula defensiva de las democracias europeas y atlántica contra lo que aparece con toda claridad como frente comunista: Moscú-Pekín-Caracas. Elevar la apuesta a lo metafísico en el análisis del totalitarismo moderno ha llevado a partidos políticos, intelectuales y medios a perder de vista algo tan esencial como la supervivencia de las democracias liberales, imperfecto régimen, pero al que aspiran países y ciudadanos sometidos al comunismo.

Son muchos los que, siguiendo ese análisis antiglobalización, ven a Putin como caudillo anti-NOM, cuando el OM, la verdadera globalización realmente existente es la comunista. Y usan los argumentos de Mussolini ante Lenin o de Hitler ante Stalin: anticapitalismo gremialista, democracia orgánica, subordinación del individuo al grupo social, vivir en armonía con la naturaleza y fórmulas religiosas para la moral pública, al modo islámico. Los anticapitalistas rinden culto a la mafia soviética, como si no fuera una forma salvaje de economía de mercado, sin otra ley que la de la fuerza. Se sueñan en un medievo entre Tolkien, Chesterton y Ramiro de Maeztu, al margen de los Reyes Católicos y de la primera globalización, la española.

Ese historicismo novelado tiene difícil remedio. En cambio, para los que abominamos de la Agenda 2030, del comunismo cool y de los mantras progres o neocomunistas en materia de género, historia y cultura, Ucrania se ha convertido en una piedra de toque para reflexionar a fondo la forma en que estábamos entendiendo el mundo, un tanto fantasmagórica y con pocas conexiones con la realidad. Es cierto que la tendencia a destruir los valores occidentales, de raíz cristiana y liberal, avanza gracias a una idea blanda de la vida y a un proyecto de sociedad entre la granja y la guardería. Pero es la máscara de propaganda actual del comunismo ancestral.

Apoyemos a Zelenski pensando

Repásense los que en la Izquierda apoyan al genocida o se oponen a que se le combata, que es igual. Son las mismas fuerzas, los mismos países, los mismos titiriteros, los mismos medios de comunicación. Y su enemigo es el de siempre: la Libertad, la nuestra y la que Zelenski y los ucranianos defienden por nosotros, en su patria y con su vida. Honrémoslos pensando en lo que estábamos haciendo mal y en lo que podemos hacer mejor. Su lucha es nuestra lucha, su determinación debería ser la nuestra. Hay que cambiar muchas ideas sobre el mundo que dábamos por indiscutibles, pero eso es más fácil que jugarse la vida bajo la nieve, sin agua, sin más luz que la que ilumina a las personas que, ante la barbarie colectivista, dicen NO.

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