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VOX, prueba de vida de la democracia española

El conjunto del pueblo español no está dispuesto a tolerar el proceso golpista que lleva al desguace del Estado y la crisis de la Nación.

Tras el golpe de Estado en Cataluña, permitido por Rajoy, frenado por el Rey y la Justicia y prorrogado por el Gobierno de Sánchez y sus socios golpistas, las dudas sobre la supervivencia de la democracia en España estaban más que justificadas. No por la voluntad de la Nación, que se echó a la calle con su bandera y con su Rey viendo la cobardía del Gobierno y la Oposición, sino ante el funcionamiento de los mecanismos que, en una democracia de partidos convertida en partitocracia, podrían impedir que la movilización popular se tradujera en cambios pacíficos en la dirección política nacional.

Falla el sistema mediático partidista

Las elecciones andaluzas abonaban el pesimismo instalado en la opinión pública, tras la moción de censura contra Rajoy, que hoy vemos como continuación y ampliación del golpe de Estado de octubre de 2017. La clave era y es la continuidad del corrupto y despótico sistema mediático, que ampara el podemismo y la impunidad separatista en todos los ámbitos de la vida pública. Ningún payaso se atrevería a sonarse los mocos con la bandera nacional en la tele y en pleno golpe de Estado sin sentirse seguro. Que lo estaba, y con razón, en lo que respecta a los medios y los partidos se ha demostrado de sobras. Cabía la duda de si esta omertá o vil compadreo de periodistas progres y políticos rojos o blandos se trasladaría a las urnas. Las elecciones autonómicas en Andalucía eran la ocasión de comprobarlo.

El resultado, aunque en una semana ya nos hemos acostumbrado a él, sigue siendo absolutamente extraordinario. El triunfo moral de VOX, que ha supuesto una mayoría material del centro-derecha en el cortijo izquierdista, ha sido como una prueba de vida de las que se piden en los secuestros para pagar o no el rescate. Antes de pagar, hay que sabe si la víctima está viva. Antes de ver qué se hace contra el Golpe de Estado, cuyo juicio empieza en enero, había que ver si el Estado golpeado y la nación que lo sustenta están vivos. El Estado está tomado por la izquierda política y el hampa judicial y no sabemos lo que puede pasar en los tribunales, aunque el horrendo apaño del PP con el PSOE en materia judicial haya estado a punto de regalarles a los golpistas en 2019 la victoria que no fueron capaces de lograr en 2017. Y nadie creía que en la corrupta Andalucía mostrase mucha fuerza la Nación. Si acaso, se discutía quién de la derecha iba a perder más: PP, Cs o VOX.

Y lo cierto es que al final ganaron los tres. Socialistas y comunistas cosecharon el peor resultado en toda la historia democrática de la región. Y aunque el PP bajara siete escaños y Cs no superase por poco en votos y por bastante en escaños al renqueante PP, los doce de VOX les han puesto en bandeja el gobierno de la región española más difícil de conquistar, junto al País Vasco.

Se pidió a los andaluces votar como españoles

Carmelo Jordá ha expuesto en LD los cinco mitos electorales que se han venido abajo en estas elecciones. Lo sustancial, para mí, es que lo que sólo cabe llamar movimiento o pacífico alzamiento nacional que se inició en Barcelona, en Octubre del año pasado tras el discurso del Rey, continúa. Y que no se trata sólo de la justificadísima alarma de los catalanes atacados violentamente por la facción golpista, racista y xenófoba de su región, sino que es el conjunto del pueblo español el que no está dispuesto a tolerar el proceso golpista que lleva al desguace del Estado y la crisis de la Nación.

El domingo pasado decía aquí que las elecciones andaluzas ya lo habían cambiado todo, porque la campaña, por presión de los tres partidos de centro-derecha, se había librado en clave nacional, mientras que los dos de izquierdas -PSOE y Podemos- lo hacían en clave nacionalista regional, es decir, implícita o explícitamente al margen del gran problema español. La campaña de VOX sólo podía ir por ese camino, pero tanto PP como Cs, o sea, Casado y Arrimadas que fueron los verdaderos candidatos de sus partidos, acabaron haciendo lo mismo que VOX: pedir a los andaluces que votaran como españoles. Y lo hicieron. Más que nunca. Esa fue la clave.

La reacción de los partidos, perdedores y ganadores, no ha tenido la grandeza ni el patriotismo de los votantes. De la Oficina de Colocación del PSOE cabía esperar un movimiento semejante de afectados por el paro, con Sánchez queriendo echar a Díaz y Díaz culpando de la derrota a Sánchez. El bolchevique rabioso, el golpista vocacional y profesional que es Iglesias ha reaccionado también como cabía esperar: privando a Teresa Rodríguez de la ocasión de comportarse dignamente tras perder 300.000 votos, que, visto el desprecio por los votantes y la llamada a la violencia de Pablenin, difícilmente recuperará. Si los 400.000 perdidos por el PSOE no han ido a los comunistas, difícilmente volverán. Y menos, arrasando bares y terrazas.

Lo más decepcionante, entre los vencedores, fue la actuación de Albert Rivera, que dejó de lado a Marín y a la propia Arrimadas y apareció como el nuevo amo del cortijo, despreciando la importancia de la derrota de la Izquierda en Andalucía y el factor nacional que la producía. Por si hacía falta demostrar que lo más propio de lo que aun llama "vieja política" es presentarse como "nueva", ¿hay algo más nuevo que volver la espalda a los votantes para cubiletear con los escaños y las alianzas? Eso no era ir a un "Borgen", metáfora que inventé yo como posible salida a la crisis del bipartidismo, sino la aplicación del clásico caciquismo electoral catalán, el del maragallismo y el montillismo, o el del pujolismo, masismo y torrismo: aprovechar las briznas de ventaja de la Ley electoral o de unos resultados inéditos para cubiletear como los trileros de la Calle de las Sierpes -o sea, de las víboras- y engañar al crédulo viandante; es decir, al pánfilo votante.

La naturaleza del político es apetecer y buscar el poder y si se brinda la ocasión, sobre todo inesperada, es lógico que corra a aprovecharla. Pero Rivera no debería confundir la movilización ante un peligro nacional con la confianza en una mejor gestión regional. Si sólo se hubiera tratado de ver quién mandaba en Andalucía, los andaluces no hubieran votado a VOX. Y lo peor de Rivera no es que haya protagonizado un acto feo de por sí, como el PP un mes antes en el bodrio del ludibrio judicial, sino que excite los peores instintos del indultado Moreno Bonilla y su indultador Casado.

De hecho, lo primero que ha dicho el indultado es que indultará a Canal Sur, cuya grosera manipulación tanto denunció en la campaña. Y esta misma semana, a cencerros tapados, Ciudadanos se ha incorporado a la Corporación Catalana de Medios Audiovisuales, la Corpo, el gigantesco tinglado mediático del golpismo catalán, a través del consejo de Catalunya Ràdio. O sea, que en la radio ya no insultarán ritualmente a Inés Arrimadas. Sólo escupirán a VOX. Emilio Campmany atribuye el gesto a los celos de Rivera. Yo me temo que la celada va en la misma dirección que el celoso: heredar la ventaja de dominar un sistema mediático que perjudica al rival.

Valls o la equidistancia entre VOX y los CDR

Y el rival, para el candidato de Cs a la alcaldía de Barcelona, resulta que es… VOX. Asumiendo plenamente el discurso de la izquierda golpista, Valls criticó el escrache que le hacían los CDR diciendo que su focismo provocaba el focismo en el sur de España, o sea, el de VOX en Andalucía. Hay que ser miserable, rastrero y suicida para hacer ese discurso, porque si se cree el desahuciado listillo francés que atacando a VOX conseguirá los votos de la izquierda catalana, yerra, y si piensa que así puede aprovechar la movilización en defensa de España, cuya primera pista la dio Barcelona y la segunda la ha dado Andalucía, se equivoca por completo y, además, sienta plaza de falso y mentiroso.

VOX nunca ha atacado ningún mitin de ningún partido o grupo, ni siquiera a los que le atacan a él. Al equipararlo con los matones de Torra, Valls hace lo mismo que Montilla cuando ataca a Ciudadanos por "crispar" la política catalana y "encabezar a los encapuchados" que quitan lazos amarillos de la calle y son brutalmente agredidos por los colocadores. ¿En qué España quiere Valls situar a su Barcelona? ¿En la que sufre un golpe de Estado separatista, respaldado por comunistas y socialistas, o en la que resiste a los golpistas y sus aliados de izquierdas, votando PP, C´s o VOX? ¿Acaso cree que el cordón sanitario que en su día impusieron los del PSC contra el PP y luego contra Cs es distinto del que ahora pretenden imponer contra VOX? Si realmente lo cree, está muy mal informado. Si no lo cree y lo hace por mero cálculo electoral, merece un castañazo en las urnas como el de esa izquierda con la que tanto se identifica se ha llevado en Andalucía.

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