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Federico Jiménez Losantos

y 7. Aznar, el último "galáctico" de la política

Federico Jiménez Losantos
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El mes de agosto de 2003, previsiblemente el último de su estadía en el Gobierno, ha contemplado en su orto la estrella política de José María Aznar, en parte porque le salieron bien sus últimas y arriesgadas apuestas (esencialmente, la guerra de Irak, en vísperas de la visita papal y de las elecciones municipales y autonómicas) y en parte porque él ha elegido su ocaso, o, por mejor decir, su mutis por el foro de la vida pública nacional. Otros políticos españoles durante la democracia han pasado también por un cenit semejante —pensemos en el Suárez de 1979 o en el González de 1992—,pero estaban más cerca de su nadir de lo que nadie pudiera pensar, ni siquiera ellos mismos. Aznar les ha cogido la ventaja, ya inalcanzable, de salir por su pie antes de que le echen, colocándose en una dimensión superior a la del resto de la clase política, más o menos como los “galácticos” del Madrid con respecto a los artistas del balompié y trabajadores del puntapié.

Pero a Aznar, como a los “galácticos”, la cosa le irá bien mientras gane títulos. Si no entra la bolita y los resultados no avalan la fama y el sueldo, no hay galáctico que valga. A veces, ni ganando sobrevive el preparador nacional, menos aún el defensa veterano que también un día pareció eterno y de la noche a la mañana se convierte en motivo para el ensañamiento de la grada. Aznar ha triunfado en lo más difícil, pero aún está por ver que redondee lo imposible, lo que realmente le facultaría para ingresar en esa dimensión superior de los Di Stéfano, Gento, Amancio, Butragueño o, si acierta a seguir sus pasos, Raúl. Todo depende de la salida, y la salida de Aznar no se juzgará sólo por lo que abandona sino por los que deja. Y por el que deja, que es el que decidirá el resultado.

El invierno del 2002 y la primavera del 2003 fueron para Aznar tan amargos y sombríos que muchos dudaron que saliera con bien de su renuncia, e incluso de que se produjera, dadas las luces rojas de emergencia que se encendieron de pronto en la vida nacional. Afortunadamente para él, para su partido y para España, su base electoral le perdonó todo, le apoyó en todo y le votó en masa porque veían que su caída en desgracia era la desgracia de la derecha y de la nación. Él, Aznar, no ha tenido que hacer el trabajo de pretemporada. Se le espera en septiembre, en el punto de penalti, para ver si acierta en la diana de la sucesión. Si así fuera, pasaría de la condición mortal a la de héroe e incluso a la de semidiós. Vamos, lo que en el fútbol hemos dado en llamar “galáctico”.


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