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Federico Jiménez Losantos

Zapatero: más liderazgo que programa

Federico Jiménez Losantos
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La política, pese a lo que digan los títulos universitarios, sigue sin ser una ciencia, a menos que la consideremos la madre de todas las ciencias impredecibles, emparentada con la lotería y la ruleta. Quién nos iba a decir, con los datos de la experiencia, que a los pocos meses de llegar Zapatero a tratar de llenar un poquito el hueco pavoroso, la inmensa oquedad del liderazgo de Felipe González, precisamente eso, el liderazgo, iba a ser lo único que no íbamos a echar de menos en el socialismo español.

Sin embargo, así es. Han bastado tres ingredientes: un discurso afable alejado del cainismo felipista, una línea de colaboración y responsabilidad con el PP en la lucha antiterrorista y una política de comunicación menos sectaria, de apertura a los medios estigmatizados por el polanquismo y el felipismo, para que de Zapatero se discutan otras cosas pero no el liderazgo. Acaso su envergadura política, como es lógico en un recién llegado, pero no el hecho de que poco a poco va llenando su papel. España, en general, tenía ganas de que hubiera un relevo al frente del PSOE y Zapatero está entendiendo muy bien – o está siendo muy bien asesorado por Julián Lacalle- para dejarse llevar por esa corriente sin poner obstáculos a que la gente vea en él lo que quiere ver: un líder del PSOE que no le obliga a convertir su opción en religión y su tendencia ideológica en militancia sectaria.

Esa es la parte buena, por no decir buenísima. Ahora bien, el respeto en política supone exigencia. Y si Zapatero quiere merecerlo del todo, tendrá que dotar a su partido de un programa político, porque lo que está haciendo bien hasta ahora, en líneas generales, es lo qe se sale de los cauces habituales del socialismo, anclado en las cuatro ideas antiguas del 82 y en un frenesí administrativo que puede valer para el Gobierno, pero que de nada sirve en la oposición. No vamos a repetir la sandez de algún columnista de “El País”, empeñado en que Zapatero riña con Aznar, no importa a propósito de qué, pero si con el propósito de no reconciliarse nunca. No es malo que coincida con Aznar en muchos grandes temas porque el PP sí tiene una línea clara en algunos asuntos básicos que se puede compartir y mejorar. Pero, en realidad, la verdadera dificultad del PSOE está en coincidir consigo mismo. Lo que en el PSOE se empieza a notar de forma estremecedora, a medida que cesan los temblores sucesorios, es la falta de un programa nacional. Mejor: del programa de un partido nacional.

Hay cosas que no se pueden hacer a la contra y una de ellas es, por ejemplo, el Plan Hídrico Nacional, trasvases incluidos. Decía ayer Zapatero en “Epoca” –medio, por cierto, ninguneado siempre por el felipismo y que le dedica su portada- que comparte las tesis de Marcelino Iglesias con respecto al trasvase del Ebro. Imposible. Primero, porque Iglesias, atrapado en un pacto con los nacionalistas aragoneses, se cierra en banda a todo argumento de pacto y negociación con el PP, como lo prueba su consejero de Medio Ambiente cuando proclama que “es muy peligroso caer en el discurso de la solidaridad”. Segundo, porque la recuperación por Zapatero del discurso de España, de la condición de partido español para el PSOE, necesaria para la nación e imprescindible para su ambición, pasa por tener propuestas realmente nacionales, desde el agua hasta las Humanidades. Es decir, pasa por tener un programa. Y el PSOE no tiene nada que se le parezca. Ni siquiera que se le aproxime. Pero la mejor prueba de que Zapatero va bien es ésta: nos preocupa menos él y nos importa más lo que nos dice.

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