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Fernando Herrera

Concentrando y controlando

Toda esta colusión y concentración no va a valer para nada. Las televisiones de este país no se quieren dar cuenta de que el problema de su modelo de negocio no tiene ya nada que ver con el número de convidados al pastel.

Fernando Herrera
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Asistimos en estos días a una oleada de anuncios de concentraciones entre nuestras televisiones. Cual si estuviéramos repasando los conceptos de variación y permutación, las cuatro cadenas privadas de ámbito nacional se asocian y disocian en el imaginario periodístico de todas las formas posibles. Ahora toca Antena 3 con la Sexta, y Tele 5 (Mediaset) con la Cuatro. Pero ya hemos tenido la variación Sexta-Cuatro, y no recuerdo si Antena 3-Cuatro.

Para el que desee ejercitarse en la confección de las posibles combinaciones, se le ha de decir que no tiene mucho trabajo por delante, pues sólo hay cuatro cadenas nacionales analógicas privadas en nuestras ondas terrestres. Así, tan sólo se tienen seis posibilidades de combinación. Y sólo hay cuatro teles porque así lo decide el Gobierno.

Por tanto, sólo en estos cuatro contenedores pueden meter las empresas sus anuncios. Se antojan pocos. Pero a los accionistas de estas cadenas les parecen muchos. Demasiada competición para el poco pastel que va quedando, incluso tras expulsar a RTVE del convite. Así que se quieren juntar para intentar exprimir más al anunciante: si somos menos, podremos poner precios más caros. Así de sencillo.

En otras condiciones, las autoridades de la competencia estarían que trinan. O, al menos, los defensores de la libertad de expresión y la pluralidad de medios. No en este caso, pues ya el Gobierno se encargó hace un tiempo de eliminar los límites accionariales previstos normativamente para la concentración de estas empresas. Lógico también: es más fácil "convencer" a dos medios de que hablen bien de ti, que hacerlo con cuatro.

Así que tenemos concentraciones empresariales entre empresas privilegiadas por un oligopolio, y con todas las bendiciones del Gobierno.

Por suerte, toda esta colusión y concentración no va a valer para nada. Las televisiones de este país no se quieren dar cuenta de que el problema de su modelo de negocio no tiene ya nada que ver con el número de convidados al pastel. Su problema es que no se adaptan a la realidad, a las nuevas preferencias de los consumidores. El tiempo de la televisión convencional ha pasado; ahora llega el tiempo de la interactividad. Se acabó la imposición, ahora elige el televidente, mejor dicho, el internauta; en suma, el individuo.

Por eso, es vano su intento. Los anunciantes responderán a las previsibles subidas precios abandonando el soporte y buscando otros nuevos, que es lo que viene ocurriendo desde hace un tiempo. La concentración no habrá valido para nada.

Y al Gobierno también le resultará inútil el esfuerzo. Porque esas cadenas que con tanto ahínco busca controlar, ya no tienen el impacto que tenían, como le están anticipando los anunciantes que abandonan el soporte (ya se sabe que la iniciativa privada siempre se adelanta a la burocracia).

Pero bueno, al menos podrán hacer como el robot de aquella vieja serie: Bip...bip, concentrando... controlando.

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