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Fernando Herrera

La reorganización de Telefónica

Telefónica debería tener un halagüeño futuro sin necesidad de dudosas apuestas sobre servicios, en los que muchos otros agentes parecen dispuestos a aportar y lo están haciendo con gran eficacia.

Fernando Herrera
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El curso económico ha empezado con una noticia de gran calado a nivel empresarial, que lógicamente pasa desapercibida dentro del tumulto bursátil, financiero, crediticio, soberano o como se quiera calificar, que llevamos viviendo desde agosto. Ni siquiera la reestructuración de una empresa multinacional, presente en más de 20 países, con facturación multimillonaria, consigue titulares en este entorno. Lo que demuestra que, en la actualidad y para nuestra desgracia, la economía depende de los Estados y no de los emprendedores.

El caso es que la principal multinacional española ha decidido reestructurarse en torno a tres unidades de negocio: Europa, América y Telefónica Digital. Las dos primeras son bastante obvias y se corresponden con las actividades tradicionales de la operadora en los mercados geográficos homónimos. Interesa más, por la novedad, la tercera de las unidades referidas.

Telefónica Digital se configura como la mirada al futuro de Telefónica, su gran apuesta por Internet. El mensaje parece ser que las redes de telecomunicaciones (la conectividad) dan cada vez menos dinero, y Telefónica se reposiciona, apostando por un negocio de mayor valor añadido, de servicios sobre Internet, en directa pugna con los grandes, como Google o Apple.

Por supuesto que las empresas solo pueden sobrevivir anticipándose al futuro, y en este sentido la apuesta de Telefónica tiene todo el sentido. Sin embargo, hay una cierta contradicción en el planteamiento, como ahora trataré de explicar.

Por ejemplo, una empresa puede apostar por el pan ("el pan es el futuro") frente a las galletas. Dedicará sus activos a hacer pan, en vez de galletas, y si acierta se forra, y si no, bueno, pues ya sabemos, a dedicarse a otra cosa. Pero a ninguna empresa se le ocurrirá decir que "el pan es el futuro" y relegar sus divisiones de fabricación de pan al supuesto pasado. Esto solo se podría permitir si hubiera muchos hornos de pan por el mundo, y de todos los colores y tamaños. Lo que los economistas llaman exceso de capacidad.

La cuestión es que la apuesta por el futuro de Telefónica Digital implica, en realidad requiere, una apuesta por el futuro de la conectividad y las redes. Solo si éstas evolucionan al ritmo necesario, tendrá sentido lo que quieren hacer Telefónica Digital y sus competidores. De lo contrario, tendremos estupendos servicios en concepto, pero con un hardware que no es capaz de ejecutarlos. Como cuando poníamos el Windows 3.1 a un ordenador con un 8086.

Porque, a día de hoy, no se puede hablar de exceso de capacidad en telecomunicaciones. Más bien al contrario: se han producido colapsos en redes móviles, no se producen despliegues de NGNs, las redes de transporte se están congestionando en determinados puntos... Vamos, que no se puede hablar de que nos sobre la conectividad.

En otras palabras, si es cierto que el futuro pasa por Internet y sus aplicaciones, un operador como Telefónica debería de tener "futuro" suficiente centrándose en la conectividad. Esto es lo que ha hecho siempre y lo que mejor sabe hacer, donde más eficaz resultaría a la sociedad futura, pues es algo que, en ese escenario, se va a demandar en gran cantidad. Telefónica, por ello, debería tener un halagüeño futuro sin necesidad de dudosas apuestas sobre servicios, en los que muchos otros agentes parecen dispuestos a aportar y lo están haciendo con gran eficacia.

Si la situación es la descrita, ¿por qué Telefónica ve el futuro en los servicios y no en la conectividad? Eso es lo que se tienen que preguntar los políticos y los reguladores de telecomunicaciones, sobre todo los europeos.

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