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Fernando Herrera

Spotify nos muestra el camino

Cualquiera que haya usado Spotify lo puede certificar, más allá de comentarios sesudos y teóricos de gurús. Es legítimo que intenten extraer los últimos jugos a sus activos, pero sería deseable que no trataran de involucrar a los gobiernos en sus affaires

Fernando Herrera
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Hace algunas columnas, alabamos al creador de Spotify por asumir el reto de acabar con el eMule. El lector pensará que por idéntica razón se podría ensalzar también a la SGAE, por lo que me apresuraré a aclararle, antes de perder el poco crédito que me queda, que tal alabanza se debía a que Spotify planeaba hacerlo ofreciendo un mejor servicio a los ciudadanos del que estos consiguen con eMule. Evidentemente, los métodos de la SGAE no tienen nada que ver con las preferencias de la gente, sino con la coacción violenta apoyada en el Gobierno, por lo que son más bien dignos de oprobio.

En aquel momento, no había experimentado el producto. Ahora sí lo he hecho. Los resultados son espectaculares; en mi opinión, Spotify tiene un producto ganador. Toda la música que uno pueda desear está allí, al alcance de un click y sin tener que desembolsar un euro. Es la discoteca más grande del mundo, y está a disposición de cualquier persona con un ordenador.

Spotify es paradigmático de lo que nos espera a poco que los emprendedores de la Sociedad de la Información puedan actuar libremente, es ejemplar de cómo pueda cambiar nuestra forma de vida. Y, por ello, Spotify amenaza a un montón de negocios que han servido eficazmente a la gente hasta la llegada de internet.

Las tiendas de música ya casi se han extinguido, y los estantes de CDs ocupan cada vez menos espacio en los grandes almacenes. Las radios tipo fórmula tienen los días contados: Spotify te permite confeccionar tu propia programación en unos pocos clicks, y con un fondo de armario incomparable. Tampoco tienen mucho futuro las editoras de toda la vida, pues poco a poco los músicos irán prescindiendo de sus servicios, que ya no precisarán. Y aún me quedan por enumerar las consecuencias inesperadas que no soy capaz de imaginar.

Pero, en cambio, sí soy capaz de imaginar un Spotify con vídeos, en el que tengamos a un solo click cualquier película desde que el mundo es un mundo, cualquier teleserie de cualquier país, o cualquier evento deportivo que se esté celebrando en paraje cercano o lejano. Y un montón de negocios se verán abocados a la desaparición, incluidas las teles de toda la vida.

Todos son modelos de negocio que han tenido su momento, han servido suficientemente a la sociedad, y han generado a sus creadores pingües beneficios. Y más que pingües, pues en muchos casos han contado con la complicidad de los gobiernos para mantener posiciones de privilegio inmunes a la competencia.

Pero su tiempo se ha acabado. Cualquiera que haya usado Spotify lo puede certificar, más allá de comentarios sesudos y teóricos de gurús. Es legítimo que intenten extraer los últimos jugos a sus activos, pero sería deseable que no trataran de involucrar a los gobiernos en sus affaires.

Son casi ya cadáveres andantes, y ojalá que les dejen morir con dignidad, en vez de insuflarles vida artificial con nuestros impuestos. Es la hora de Spotify, que nos marca el camino. Pero que se mire en estos zombies, y vea en ellos un aviso a su propia vida, que también tendrá fin el día que desista de seguir las preferencias de sus clientes.

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