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Ante el comunicado de ETA

Mientras haya una sola persona amenazada, le pido a la organización terrorista que no me borre de su lista. Es más, como mi vida depende en primera instancia de Dios, que sea él el que decida

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El anuncio del “indulto” que tan graciosamente nos ha concedido ETA a los cargos públicos del PP y PSE, por encima de las consideraciones políticas que se extraigan y de las consecuencias sobre la seguridad que implique, me ha creado un grave problema moral.
 
Tenía por cierto que el Estado de Derecho debía protegerme en el ejercicio de mis derechos y, quid pro quo, exigirme el cumplimiento de mis obligaciones. Pero nunca se me había ocurrido pensar que me iba utilizar como moneda de cambio en una negociación con una banda asesina. Esta es la sensación que tengo. Este es el sentimiento que han hecho, Gobierno y ETA, que aflore en mí.
 
Tanto al uno como a la otra quiero decirles que no. Que no me quiero prestar a su sucio juego. Que tengo en muy alta estima mi vida, pero desde la certeza que la mía no vale más que la de un juez, un periodista, un miembro de las fuerzas de seguridad, un empresario…, o la de cualquier otro ciudadano.
 
Desde aquí quiero decirle al señor Rodríguez Zapatero que aunque sea, sin gustarme, mi legítimo Presidente, no tiene mi permiso para incluirme en esa bolsa de monedas con la que se va perpetrar una traición; ni le asiste el derecho a intercambiar mi vida por la de otro ciudadano para conseguir sus objetivos. Si de verdad quiere acabar con ETA, utilice los medios que el Estado de Derecho pone a su disposición: la justicia, la acción policial y la colaboración internacional. Recupere el espíritu y la letra del Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo y aplique la Ley de Partidos. Pero no me utilice en aras de una espuria negociación. A ETA se la vence, no se la convence.
 
Desde este mismo espacio quiero decirle a ETA que no tengo nada que agradecerle. No quiero que piense que me siento especialmente beneficiado por haberme indultado. De ETA sólo quiero, una vez asumida su derrota, que abandone las armas, que sus miembros cumplan las condenas por sus delitos y que desaparezca. El hecho de haber irrumpido en nuestras vidas no significa que sea dueña de las mismas. Desde este convencimiento me niego a aceptar “la gracia concedida”. Ni esta ni ninguna otra que “tenga a bien concederme”.
 
¿Alguien ha considerado qué podría sentir si tuviera lugar otro atentado con víctimas, Dios no lo quiera, al pensar que quizá yo debería haber sido el objetivo pero que al haberme indultado ha sido otra persona? ¿No es esta una carga moral demasiado pesada?
 
Mientras haya una sola persona amenazada, le pido a la organización terrorista que no me borre de su lista. Es más, como mi vida depende en primera instancia de Dios, que sea él el que decida, pero nunca, jamás ni el señor Rodríguez Zapatero ni mucho menos ETA.
 
Me da asco pensar qué poca consideración tiene mi vida para algunos. Tan poca que son capaces de decidir por mí sin contar conmigo.
Fernando Lecumberri es concejal del Partido Popular en Laukiz (Vizcaya)

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