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El déficit estructural de las ligas abiertas

Desde un punto de vista económico es mucho más racional una liga cerrada, ya que además de disminuir los incentivos para incurrir en déficit, el hecho de tener la participación garantizada permite tomar decisiones pensando en un medio y largo plazo.

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Las denominadas ligas abiertas, competiciones con ascensos y descensos de categoría, forman parte esencial de la cultura deportiva europea que difiere del modelo deportivo norteamericano de ligas cerradas. El pasado sábado, Gustavo de Arístegui afirmaba en Tirando a Fallar, refiriéndose a las diferencias entre el baloncesto europeo y el norteamericano, que aquí nadie entendería que un equipo que haya hecho una mala temporada no descienda de categoría y que otro de una categoría inferior que haya hecho una buena temporada no ascienda. También comentó las otras diferencias fundamentales entre los dos modelos, que en Norteamérica compiten franquicias en vez de clubs y que la organización de las competiciones deportivas está más orientada al negocio que al deporte en sí. El problema es que el modelo deportivo de ligas abiertas, que está tan interiorizado en los aficionados europeos y que es visto como deportivamente más justo, conlleva un sistema de incentivos que tiende a generar un déficit estructural en los clubs.

Para un club perder la categoría no supone solamente un fracaso deportivo sino que supone también un grave riesgo económico, ya que descender implica ver disminuidos los ingresos por todos los conceptos, pero especialmente por los directamente ligados al escaparate televisivo de la primera categoría, como los propios derechos de televisión, patrocinio y publicidad. El resto de ingresos también suele verse afectado, ya que, aunque un club tenga una masa social fiel y numerosa, los ingresos por venta de abonos y entradas también disminuirán, porque se ofrece un producto de menor calidad, y las posibilidades de conseguir ingresos alternativos de las entidades públicas o semipúblicas también disminuyen debido al menor impacto "social" de un equipo cuando disputa la segunda competición.

Por el lado de los costes, en una categoría inferior disminuye la masa salarial de la plantilla y se puede ajustar algo el coste de la estructura del club, pero los gastos operativos suelen ser similares o pueden ser incluso superiores en algún aspecto, como sucede actualmente en la Adecco Oro donde los equipos tienen hasta seis desplazamientos fuera de la península. Además, si la inversión en jugadores disminuye mucho también lo harán las posibilidades de volver a recuperar la categoría y, habitualmente, si eso no se consigue en la primera temporada tras el descenso, se suele poner en marcha un nuevo proyecto más modesto que vaya creciendo poco a poco con la esperanza de que fructifique al cabo de varias temporadas.

La amenaza de ese riesgo económico incentiva a los equipos con posibilidades de descender a incurrir en déficits para fichar a los jugadores o entrenadores que creen que les permitirán salvar la categoría, ya que en esas circunstancias los clubs suelen preferir endeudarse e intentar solucionar el desajuste en el presupuesto de la siguiente temporada. Así, cuanto más igualada esté una competición en la parte baja de la clasificación, más equipos estarán en peligro de descenso y mayor será el déficit conjunto de los clubs que permanezcan en la liga. Además siempre habrá algunos clubs que no conseguirán evitar el descenso y que arrastrarán su déficit en la categoría inferior.

En la ACB a día de hoy, el CB Murcia cierra la clasificación con un balance de 2 victorias y 9 derrotas y justo por encima hay hasta ¡9 equipos! empatados con un balance 4-7, con el Ayuda en Acción Fuenlabrada ocupando la penúltima plaza por el basket average. Estos dos equipos en posición de descenso ya han cambiado de entrenador, y eso que estamos todavía en el primer tercio de la liga regular, por lo que, si se mantiene la igualdad, a medida que avance la temporada y aumenten los nervios, es más probable que se sucedan en varios clubs nuevos cambios, que por lo general no suelen estar presupuestados. En una ocasión le pregunté a un director deportivo con experiencia en varios clubs de la ACB qué porcentaje de presupuesto reservaba para reemplazar a los posibles lesionados o por si el proyecto no funcionaba según lo previsto y había que hacer algún cambio. La respuesta fue que habitualmente no se hacía ninguna previsión de ese tipo, y que si el equipo tenía mala suerte con las lesiones o con el rendimiento de alguno de los miembros de la plantilla se harían los cambios precisos con cargo al déficit porque nadie del entorno del club entendería no gastarse todo el presupuesto a principio de temporada para hacer el mejor equipo posible.

El principal freno a esta dinámica perversa es la amenaza de que un club pierda la categoría de forma directa por entrar en causa de disolución debido a un prolongado desequilibrio patrimonial, pero esa amenaza muchas veces se percibe lejana, y se piensa que lo importante es primero salvar la categoría, y que si después los auditores ponen pegas a la situación patrimonial del club se podrá contar con la comprensión de las diferentes instituciones públicas y las fórmulas contables creativas, o se podrá apelar en último término a los socios o accionistas de las sociedades anónimas deportivas (SAD), que suelen ser más deportivas que anónimas.

Por lo tanto, parece claro que desde un punto de vista económico es mucho más racional una liga cerrada como modelo de negocio de una competición profesional, ya que además de disminuir los incentivos para incurrir en déficit, el hecho de tener la participación garantizada permite tomar decisiones pensando en un medio y largo plazo, cosa que no es posible cuando la máxima preocupación es la supervivencia deportiva y económica en el corto.

El debate está entonces en qué tipo de controles se pueden establecer para favorecer el buen gobierno de los clubs y las SAD, y sobre todo, si es posible llegar a un sistema mixto que permita un compromiso entre la racionalidad económica del modelo norteamericano y una cultura deportiva como la europea que valora tanto la gloria de los títulos y del ascenso como la tragedia del descenso.
Fernando Martín es economista experto en baloncesto

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