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Volvamos al pasado

Se acabó la transición. La ilusión de que otra España era posible –la España moderna, abierta, civilizada, tolerante– ha durado treinta años. Fue muy bonito mientras duró ¿Quién ha acabado con ella? ¿Quién ha roto la baraja?

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Todos sabemos que la transición política –admirada en el mundo entero, mirada como lección, incluso con sana envidia, por muchos países– se basó en el consenso. Pero parece que no todos han reflexionado que ese consenso se basó en la tolerancia. Había muchos franquistas entonces y casi todos aceptaron convivir incluso con los comunistas; había muchos comunistas y casi todos aceptaron convivir incluso con los franquistas. La síntesis de la transición era un pacto para ir adelante todos los españoles sin exclusión, basado en la tolerancia de las ideas y también de los símbolos. Los franquistas aceptaron que la bandera comunista saliera a la calle, que la ikurriña fuera legalizada. Pero a cambio éstos grupos políticos aceptaron, por ejemplo, que no hubiera una depuración en la Administración pública. La síntesis era hacer una España en la que cupieran todos, con la tolerancia como actitud fundamental. Cuando se trató de modificar un símbolo tan importante como el escudo de España, se hizo por consenso.
 
Al llevarse la estatua ecuestre de Franco –la nocturnidad es señal de mala conciencia– y justificar que se hacía por consenso, el Gobierno certificaba que ponía fin a la transición. Los que mandan ya no son tolerantes, puesto que su consenso es solamente el de su partido y sus aliados. Los demás forman una España distinta: la de los malos, según el ilustre rector. Y otra vez estamos como antes de la transición: tenemos dos Españas, como en tiempo de Franco. Como entonces había dos Españas, vencedores y vencidos, ahora la de los vencidos quiere ajustarle las cuentas a la de los vencedores. Lo están diciendo. Y otra vez habrá que repetir los terribles versos de Machado: «españolito que vienes al mundo...».
 
Naturalmente que las cosas en política, como en ningún ámbito social, surgen de repente. Siempre hay un proceso. Al comienzo hay unos grupos que llaman asesinos a otros, que apedrean las casas del partido de los otros. Es evidente que en esos grupos agresores no existe la tolerancia. Pero hay un siguiente paso en el proceso: cuando los partidos toleran y, peor aún, cobijan, y peor aún, azuzan la intolerancia de unos grupos, es decir, la asumen, entonces la sociedad tolerante ha entrado socialmente en la agonía. Este diagnóstico lo han venido compartiendo con profunda preocupación muchos miles y miles de españoles que no se dejan embaucar por palabras biensonantes: paz, democracia, civismo, talante.
 
Se acabó la transición. La ilusión de que otra España era posible –la España moderna, abierta, civilizada, tolerante– ha durado treinta años. Fue muy bonito mientras duró ¿Quién ha acabado con ella? ¿Quién ha roto la baraja? No es para tomárselo a broma.
 
Fernando Prieto es profesor de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid.

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