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Francisco Cabrillo

François du Noyer inventa la planificación

François du Noyer fue un genio incomprendido, un hombre que se anticipó a su época. Si hubiera nacido tres siglos más tarde podría haber hecho una carrera brillante

Francisco Cabrillo
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La ambición de un planificador entusiasta no conoce límites. Si se llega a creer que, por principio, la administración pública hace las cosas mejor que los consumidores y las empresas, resulta muy difícil determinar cuál puede ser el límite del intervencionismo. Siempre seremos, en efecto, capaces de encontrar un mercado de bienes o de servicios que, adecuadamente controlado por el Estado, permita avanzar un paso más. La planificación total de la economía es el punto natural de destino.
 
Este fue el objetivo de la política económica rusa tras la revolución de 1917 y, con posterioridad, el de muchos otros gobiernos socialistas a lo largo del siglo XX; y el término "planificación soviética" es el más frecuentemente utilizado para designar tal modelo de gestión económica. Pero la idea no la inventó Lenin ni los revolucionarios comunistas. Algunos otros reformadores sociales habían tenido antes una visión similar. Uno de los más radicales y emprendedores se llamaba François du Noyer.
 
Du Noyer era, sin duda, un hombre con una visión de la sociedad bastante peculiar. Pero, al menos, tuvo el mérito de llevar a su conclusión lógica algunas ideas de las que parecían indiscutibles en el pensamiento mercantilista del siglo XVII, especialmente en Francia. Corría el año 1613 cuando este aristócrata francés presentó al Consejo de Estado su proyecto de creación de una gran compañía, que llevaría el pomposo nombre de "Real Compañía Francesa del Santo Sepulcro de Jerusalén". La idea de crear una compañía que actuará en un determinado campo de la actividad económica en condiciones de monopolio por concesión real poco de nuevo tenía en la época. Lo verdaderamente original –y sorprendente, al mismo tiempo– del nuevo proyecto era que la Real Compañía Francesa no se limitaría a tener el monopolio en un solo sector. Su objetivo era universal y casi todas las industrias y ramas del comercio del país estarían bajo su control. De la producción de paños a la elaboración de vino; del transporte en carroza a las explotaciones mineras; de la fabricación de municiones a la venta de naipes… todo quedaría bajo el control de la compañía, cuyo director sería, naturalmente, François du Noyer.
 
Y para ello se pedían también algunos pequeños privilegios que ayudaran a tan magna empresa. La Compañía organizaría las ferias de comercio; se obligaría a los comerciantes a invertir en ella parte de sus ingresos (si es que alguno les quedaba, podría añadir algún crítico mordaz); y hasta los presos serían obligados a realizar trabajos forzados en las colonias para la propia Compañía. Las formas de obtener recursos no conocían fronteras. Si alguien había tenido que exiliarse, podría volver a Francia… si pagaba una determinada cantidad de dinero a la Compañía. Si se firmaba un contrato, debería ser en papel timbrado de la Compañía. Y si un comerciante tenía negocios considerados superiores a su rango, debería abandonarlos y unirse a la Compañía.
 
Por extraño que parezca, los Estados Generales dieron luz verde al proyecto el año siguiente, 1614. Y tanto María de Médicis como Luis XIII apoyaron más tarde la idea. Pero aquí se estancaron las cosas. Con frecuencia queda en las sociedades humanas un resto de sensatez que impide que, en momentos clave de su historia, se despeñen bajo la guía de un iluminado. Y esto fue lo que sucedió en Francia. Pese a lo maravilloso del proyecto, nadie parecía dispuesto a invertir en él. El rey llegó a instar a todas las ciudades de Francia a participar en la gran empresa. Pero, casualmente, todas y cada una de ellas alegaron carecer de fondos en aquel momento.
 
A pesar de ello nuestro personaje se resistía a abandonar la idea. Tuvo, sin embargo, que recortar de forma sustancial sus planes iniciales. Primero trató, sin mayor éxito, de convertir la empresa en una simple compañía de comercio ultramarino. Luego, intentó centrar sus actividades en París y Bretaña. Pero nada consiguió; y parece que, finalmente, fue el Cardenal Richelieu quien enterró definitivamente el proyecto. ¡Lástima! No cabe duda de que François du Noyer fue un genio incomprendido, un hombre que se anticipó a su época. Si hubiera nacido tres siglos más tarde podría haber hecho una carrera brillante.

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