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Las subastas de Julian Simon

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Mucha gente ha pasado alguna vez por la desagradable experiencia de escuchar a la persona encargada de la facturación de equipaje que, lamentándolo mucho, no puede ser admitido a un vuelo para el que tenía una plaza reservada porque la compañía vendió demasiados billetes. Los criterios que las compañías aplican para solucionar estos problemas son muy variados; y, por lo general, bastante ineficientes. Pero hay un sistema que merece ser tomado en consideración.
 
Desde 1978 las compañías que operan en los Estados Unidos están obligadas a pedir voluntarios a quedarse en tierra hasta el siguiente vuelo siempre que existe overbooking; y para ello pueden ofrecer el sistema de incentivos que consideren más conveniente. Lo más habitual es que se fije una cifra a pagar a quienes se ofrezcan voluntarios; y si ninguno quiere, o el número de ofertas no es suficiente, la compañía irá elevando la cuantía de las indemnizaciones hasta que se haya producido el ajuste entre el número de viajeros y el de plazas. Esta es, sin duda, una buena solución para todos los pasajeros, porque quienes realizan el viaje no soportan coste alguno; y los que eligen quedarse muestran con su decisión que valoran más la indemnización que la molestia que les supone coger el avión unas horas más tarde.
 
En 1968 Julian Simon publicó un breve artículo defendiendo esta idea. Simon había nacido en la ciudad norteamericana de Newark el año 1932 y, antes de ser profesor de economía, había llevado a cabo actividades tan diversas como la gestión de una empresa de publicidad o el servicio como oficial de la marina de guerra. Años más tarde, en el mundo académico fue siempre un hombre al margen de la ortodoxia, cuyas ideas fueron a menudo objeto de fuertes debates por parte de la opinión pública.
 
Su propuesta sobre las subastas fue recibida, al principio, con poco entusiasmo. Pero nuestro personaje estaba seguro de la solidez de sus argumentos y llevó a cabo una auténtica campaña de propaganda cuyos destinatarios iban desde los ejecutivos de las compañías aéreas hasta los economistas académicos, pasando por las organizaciones de consumidores y cuantas personas o grupos pensó que podrían estar interesados en el tema.
 
Tal vez las reacciones más curiosas y más interesantes fueron las de algunos catedráticos de economía. George Stigler –galardonado con el premio Nobel y uno de los grandes especialistas en la teoría de la organización industrial– consideró que la idea era buena, en principio; pero que no podría funcionar ya que los consumidores, si se comportaban racionalmente, llegarían a acuerdos para no aceptar cantidades bajas y obligar así a las compañías a pagar indemnizaciones muy elevadas (lo que, por cierto, podría ser contradictorio con algunas de sus propias ideas sobre la inestabilidad de los cárteles que no tienen protección del Estado). Y Milton Friedman, partiendo del principio de que las compañías, a lo largo del tiempo, habrían ido diseñando formas de actuación eficientes, dijo que no entendía por qué no habían puesto a prueba ya la idea; y que, sin duda, a los teóricos se les estaba escapando algo que las empresas estaban en realidad, seguramente, teniendo en cuenta.
 
Pero parece que, en efecto, las compañías no habían actuado hasta entonces con la eficiencia deseable. Con el tiempo, esta forma de solucionar los problemas de overbooking ha demostrado ser buena no sólo para los usuarios, sino también para las propias empresas. La prueba está en que esta práctica ha crecido sustancialmente, lo que no habría sucedido, sin duda, si no fuera rentable. Y, dado que, como hemos visto, los usuarios no se ven perjudicados, cuando se aplica el sistema de subastas, el incremento de bienestar social –o la mejora, un términos de Pareto adoptado por la jerga de los economistas– resulta claro.
 
Esta fórmula parece, en efecto, haber funcionado bien en la práctica. Y muchos de los que, al principio, mostraron sus reticencias –Milton Friedman incluido– han reconocido después que estaban equivocados y que la idea no sólo era válida en el mundo de la teoría económica, sino también en el día a día del mundo real. Simon murió en 1998, a los 66 años de edad. Pero su modelo de subastas le sobrevivirá mucho tiempo. 
 

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