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Laureano Figuerola en el campo del honor

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Dos fueron las grandes aportaciones que Figuerola hizo a la economía española en los dos breves períodos en los que desempeñó la cartera de ministro de Hacienda. La primera, la creación de la peseta el año 1869, que sería nuestra moneda hasta la reciente implantación del euro. La segunda, una reforma arancelaria liberal que, de haberse consolidado, habría permitido seguramente un desarrollo económico mucho más sólido en el país.
           
Nació Laureano Figuerola el año 1816 en el pueblo barcelonés de Calaf. Tras estudiar derecho en Barcelona y Madrid, empezó su actividad como profesor universitario en aquella ciudad el año 1842. Catedrático en Barcelona en 1847, consiguió el traslado a Madrid seis años más tarde; y en 1853 tenemos ya a nuestro personaje en la capital, donde realizaría una brillante carrera política en las filas del partido progresista. Colaborador y amigo del general Prim, intervino activamente en la preparación de la Revolución de 1868, que expulsaría del país a Isabel II. Gracias a este cambio político entró en el gobierno, con el objetivo de llevar a la práctica las ideas de reforma liberal de la economía española, que había venido defendiendo durante mucho tiempo en foros como la universidad, el Ateneo, la Sociedad libre de Economía Política y la Asociación para la reforma de los Aranceles de Aduanas.
           
Era Figuerola un liberal radical, enemigo del regionalismo y crítico feroz del socialismo. Las ideas políticas y económicas de la Iglesia católica tampoco despertaban su entusiasmo y no dudó en tachar en alguna ocasión a los socialistas de “frailes del siglo XIX”, ya que, en su opinión tanto unos como otros “se entregan a un superior como si fueran un cadáver”. Y no era hombre de carácter débil. De él dijo Palacio Valdés que “comía cura y almorzaba fraile”. Y Francisco Cañamaque definía así su oratoria parlamentaria: “La palabra sale de su boca cortante y desabrida; más de cuatro veces lastima por lo crudamente que manifiesta las cosas. Sus adversarios no se retiran sin llevar en la cara un arañazo o un golpe”. Y esto fue precisamente lo que le sucedió a Enrique O’Donnell, hermano de don Leolpoldo.
 
Corría el año 1862 y se acercaba el final del gobierno largo de O’Donnell, que presidía de forma ininterrumpida el consejo de ministros desde hacía cuatro años. Por una carta de Salustiano Olózaga a Víctor Balaguer conocemos la historia. Tras un duro debate que tuvo lugar en el Congreso, Enrique O’Donnell exigió explicaciones a Figuerola, lo que, en aquella época, significaba un desafío a duelo si tales explicaciones no eran consideradas satisfactorias por el ofendido. Nuestro economista se negó a ello; y los padrinos de O’Donnell y los de Figuerola concertaron las condiciones del duelo. Sería a pistola, después del anochecer. La papeleta era bastante complicada para Figuerola, no sólo porque era hombre de poca experiencia con las armas, sino también porque era corto de vista y tuvo problemas en los ojos a lo largo de casi toda su vida.
           
Hasta las dos y media de la madrugada permanecieron junto a la caja de las pistolas don Laureano y sus padrinos, el general Latorre y Manuel Ruiz Zorrilla, el futuro líder del republicanismo español. Figuerola redactó un acta de acuerdo, que los padrinos de Enrique O’Donnell se negaron a aceptar; y la sangre habría corrido, sin duda, si el propio presidente del Congreso y numerosos diputados de todas las tendencias no hubieran intervenido para evitar el duelo. Y, finalmente, tanto la vida como el honor de Figuerola quedaron a salvo.
           
Estos hechos no cambiaron, sin embargo, la forma de ser de nuestro personaje. Tras la proclamación de Alfonso XII, Figuerola, que pensaba que “no habría cosa más funesta para nuestra patria que una restauración borbónica”, se pasó a las filas del republicanismo, lo que significó en la práctica el fin de su carrera política. Pero ni aun así consiguieron hacer callar al viejo liberal, que en 1875 fue expulsado de su cátedra al tomar partido contra el gobierno en el enfrentamiento que tuvo lugar con motivo del decreto del marqués de Orovio, que limitaba la libertad de enseñanza en la universidad española; lo que, por cierto, le llevaría a ser el primer presidente de la Institución Libre de Enseñanza, cuando los krausistas no habían alcanzado aún el control de la Institución que conseguirían más tarde. 
 
Cuando murió en 1903 era un hombre de una época ya desaparecida: republicano en una España en la que la monarquía parecía haberse asentado; librecambista en una España que había emprendido un camino claro hacia el proteccionismo; y liberal en un mundo que creía cada vez más en el Estado y menos en el libre juego de las fuerzas del mercado. Pero su carácter y sus ideas no habían cambiado mucho desde aquella noche de 1862 en la que estuvo a punto de jugarse la vida en un duelo.           

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