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Felipe González, Europa y la crisis

González pretende analizar las finanzas sin tener ni idea del tema. ¿Sin reglas? ¿Cómo se puede tener la desvergüenza de ignorar las abundantes regulaciones intervencionistas sobre los sistemas financieros?

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Felipe González propone un nuevo pacto para Europa. Cree que "Si no existiera la Unión Europea, ante la gravedad de la crisis y la magnitud de los retos globales que enfrentamos, seguramente habría muchos responsables políticos tratando de crear ese espacio público compartido para enfrentarlos con más eficacia".

Los colectivistas aspiran a colectivizar y sus políticos tienden a hacerlo al máximo nivel posible. Suelen verlo todo como global, público y compartido. Parecen incapaces de realizar análisis locales, parciales, privados. Aspiran al control total desde arriba, desde muy lejos, ignorando que la acción humana se ejecuta aquí abajo en las cercanías de cada uno, donde las cosas importan a los más próximos, quienes son capaces de hacer algo al respecto en sus circunstancias particulares. Así que no les valen los Estados nación, aspiran a asociaciones multiestatales o incluso al gobierno mundial.

Cree González que no asumimos "la magnitud del desafío que tenemos por delante con todas sus implicaciones: económico-financieras, de sostenibilidad de nuestro modelo de cohesión social, energéticas y de cambio climático" y que "deberíamos encarar esta situación como si nuestra sociedad y nuestro aparato productivo estuvieran ante una emergencia global", "como una guerra incruenta que tenemos que ganar, movilizando nuestras energías contra el cambio climático, contra el paro, el hambre y la enfermedad".

Habla de cohesión social cuando lo que defiende es la redistribución coactiva e insostenible de riqueza que genera dependencias, resentimientos y fricciones sociales. Le preocupa la economía y las finanzas después de habérselas cargado a conciencia. Y no puede faltar el espantajo del cambio climático. Y es que los políticos se creen indispensables para resolver los problemas sociales cuando en realidad se niegan a reconocer que son sus principales causantes. Y nos proponen guerras incruentas porque el lenguaje de la movilización militar dirigida desde el alto mando es lo que mejor entienden (quizás lo único): la libertad y los órdenes espontáneos les son ajenos.

González, ya retirado, pretende una imparcial sabiduría y sensatez de la que carece por completo. Cree que "la principal tarea es explicar lo que pasa a la opinión pública". ¿Cómo va a hacerlo quien no sabe lo que pasa? Creer que se sabe no es saber, como demuestra al afirmar que "es inútil creer o confiar en que tenemos recetas locales autónomas para resolver desafíos que son globales". Los desafíos son globales en la medida en que los políticos de todas las naciones han cometido los mismos errores asesorados en su intervencionismo por los mismos presuntos expertos incrustados en los organismos internacionales. La solución no está en que todos vuelvan a cometer juntos errores distintos de los actuales. Las instituciones de gobernanza a nivel mundial son profundamente inadecuadas y causan un entrelazamiento del intervencionismo que impide la descentralización indispensable para el descubrimiento de soluciones a diversos problemas mediante la generación competitiva de ensayos alternativos y la retención e imitación de lo exitoso (lean a Hayek).

El compartir ámbitos públicos como tantos socialdemócratas proponen tiene graves problemas que no ven: se elimina o impide la libertad individual, se comparten los daños aunque no se sea culpable de los mismos y se reciben beneficios aunque no se haya contribuido a su generación. No es cierto que haya sido "la ausencia de una normativa aplicable global y localmente, lo que está en origen de esta gran burbuja financiera". Hay muchas normativas, como los criterios de Basilea, que son de aplicación universal. Y es extremadamente peligroso imponer las mismas normas a todo el mundo: ¿qué pasa si son equivocadas? ¿Acaso las normas vienen con garantía de adecuación por el hecho de haber sido producidas por tecnócratas sin competencia nombrados por políticos facciosos elegidos por votantes racionalmente ignorantes?

Como la desvergüenza es una hipótesis por defecto en los políticos, no sorprende que González afirme que "la convicción dominante durante años de que el mercado se autorregulaba a través de su "mano invisible" apartó a la política de su función reguladora como un estorbo para el crecimiento". ¿Ha tenido él esa convicción? ¿O los socialistas de todos los partidos? Lo han ocultado muy bien. Porque es cierto que el mercado se autorregula, pero sólo si le dejan: sólo si el libre; y la producción de dinero y crédito no lo es ni de lejos.

Pretende analizar las finanzas sin tener ni idea del tema, acusa de creación de "productos sin bases reales, sin contabilidad, en un mercado mundial interconectado y permanente que no tiene reglas ni, por tanto, previsibilidad o control". ¿Sin bases reales? Las titulizaciones podían ser complejas y las valoraciones equivocadas, pero todo derivado deriva de algo. ¿Sin contabilidad? ¿Ha sido alguna empresa condenada por no tener ninguna contabilidad? ¿Sin reglas? ¿Cómo se puede tener la desvergüenza de ignorar las abundantes regulaciones intervencionistas sobre los sistemas financieros? ¿No hemos quedado que el Banco de España es un ejemplo de supervisión y regulación? ¿Lo consiguen sin reglas?

Y es que los megalómanos no están contentos hasta que todo queda regulado a su antojo hasta el más mínimo detalle: así todo está controlado y es previsible. Lástima que entonces apenas haya riqueza, vida y libertad.
Francisco Capella es director del área de Ciencia y Ética del Instituto Juan de Mariana, creador del proyecto Inteligencia y Libertad y escribe regularmente en su bitácora.

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