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La fe de los sindicatetos

Creen que el trabajo es algo bueno y ellos, generosos, se lo dejan a los demás: salvo el día de huelga, que entonces todos deben disfrutar igualmente de lo de no trabajar.

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Creen que la huelga no es un envite de los sindicatos contra el Gobierno, sino un envite democrático en el que nos la jugamos todos y todas. Y es que para ellos esto es un juego, seguramente de azar porque la habilidad y la inteligencia no son sus puntos fuertes, y ellos hablan en nombre de todos y todas. Se creen profesores porque el Gobierno y los empresarios van a recibir una lección de democracia.

Creen que el derecho a no hacer huelga no existe y que el interés de la mayoría de los trabajadores siempre está por encima de la voluntad de los grandes y pequeños empresarios. Creen que la mayoría de personas que acuden a trabajar el día de la huelga lo hacen presionadas, amenazadas y coaccionadas por sus jefes con bajadas de sueldo y despidos. Se creen víctimas, pero no creen necesario mostrar más evidencias que sus propias declaraciones, porque ellos nunca mienten ni engañan.

Creen que la lucha de la masa obrera ha servido a lo largo de la historia para mejorar los derechos de los trabajadores. Y van a seguir "mejorándolos", quieran o no: van a luchar, guerrear, batallar, pelear, golpear, gritar y hacer lo que haga falta hasta vencer la resistencia de aquellos a costa de quienes se obtienen esos derechos, que son todos los demás.

Creen en el trabajo de los piquetes disuasivos, porque de verdad disuaden. Creen que los piquetes son la expresión más genuina de la defensa de los derechos democráticos, que se articulan gritando mucho y con lenguaje gestual de amenazas y desaprobación. Creen que todos sus golpes son en legítima defensa, y los de los demás son viles agresiones injustificables.

Creen que las calles y las carreteras son de ellos y por eso pueden cortarlas para impedir el paso a los demás. Creen tener derecho a redecorar la propiedad ajena según su discutible criterio estético y llenarla de pintadas o pegatinas. Creen que si un negocio ha cerrado es porque está de huelga y apoya su causa. Creen que si no haces huelga es porque no sabes lo que haces; o tal vez sí y "tú sabrás lo que haces". Algunos creen que la huelga se hace mejor cubierto, son tímidos y no quieren ser identificados.

Creen que los estridentes pitidos de sus silbatos son música celestial que todos deben apreciar. Creen que todos deben prestar atención a su discurso informativo, y que con más volumen se tiene más razón. Creen que sus consignas de pocas palabras no muy complicadas contienen enormes cantidades de información acerca de la política económica y la filosofía del derecho.

Creen en el rebaño, en la manada, en la masa: siendo muchos siempre se tiene más fuerza y se puede hacer más daño. Al compañero le creen todo, al traidor esquirol nada. Creen que los que se niegan a hacer huelga son indeseables insolidarios a quienes conviene insultar y corregir su conducta con algún destrozo para que aprendan. Se creen éticamente responsables pero no admiten la responsabilidad por los daños que causan: es que les han provocado.

Creen que las pérdidas que causan por sus coacciones a todos aquellos a quienes no permiten trabajar son un coste asumible en la lucha sindical: al fin y al cabo, no son ellos quienes tienen que asumirlas. Creen que los servicios mínimos equivalen a servicios máximos: no tiene usted derecho a trabajar si otros ya han cumplido con el mínimo.

Se creen clase trabajadora, pero no hay mucha evidencia de que produzcan algo de valor a precios que interesen a otros: salvo que sean del gremio de matones, demoliciones, asaltos o destrucciones varias. Tal vez piensan que les está prohibido convertirse en empresarios abandonando a los que ahora presuntamente los explotan; o quizás son incapaces de organizar proyectos productivos exitosos, lo saben y por eso ni lo intentan.

Creen que el trabajo es algo bueno y ellos, generosos, se lo dejan a los demás: salvo el día de huelga, que entonces todos deben disfrutar igualmente de lo de no trabajar.

Francisco Capella es director del área de Ciencia y Ética del Instituto Juan de Mariana, creador del proyecto Inteligencia y Libertad y escribe regularmente en su bitácora.

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