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Una alucinación compartida

Nadie prohíbe la solidaridad ni promueve el egoísmo del sálvese quien pueda: algunos nos limitamos a pedir que la cooperación no sea coactiva, que sea un acto libre.

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Un grupo de presuntos intelectuales y artistas de izquierda tienen una ilusión compartida. Ellos quizás entienden la ilusión como "esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo"; en realidad se trata de un "concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos". Es decir, una alucinación.

Al parecer "los mercados financieros imponen el desmantelamiento del Estado del bienestar en busca de unos beneficios desmesurados"; "los poderes financieros cuentan con nuestra soledad y nuestro miedo. Sus amenazas intentan paralizarnos, privatizar nuestras conciencias y someternos a la ley del egoísmo y del sálvese quien pueda". Lo de la privatización de las conciencias es una memez de gran calibre que los retrata perfectamente. Se presentan en plan victimista como solos y asustados, cuando se los ve sistemáticamente como masas muy animadas.

No está claro cómo esos mercados, que no tienen ni armas ni ningún representante, pueden someter, amenazar o imponer nada a nadie: quizás lo que pasa es que hay ahorradores que se niegan a seguir prestando a derrochadores e insolventes, lo cual no es nada extraño ni escandaloso; más que buscar beneficios desmesurados, que la deuda pública no suele proporcionar, probablemente se conformen con no tener que asumir riesgos de pérdidas abultadas.

El mal llamado Estado del bienestar sigue vivito y coleando con mínimos cambios cosméticos, por mucho que algunos histéricos se empeñen en que está siendo desmantelado. El que estos activistas critiquen que el Gobierno socialista ha recurrido a "degradar los derechos públicos y las condiciones laborales" hace sospechar que hay muchos en la progresía que maman de esos presuntos derechos públicos (antes llamados "sociales"), y que disfrutan de condiciones laborales no acordes con su escasa productividad gracias a las múltiples prebendas sindicales. Tal vez defienden los servicios públicos porque están cómodamente instalados en ellos. Piden una economía sostenible, pero la sostenibilidad financiera no parece estar entre sus principales preocupaciones.

Critican "un sistema cada vez más avaricioso, que desprecia con una soberbia sin barreras la solidaridad internacional y la dignidad de la Naturaleza y de los seres humanos". Observen la desvergüenza de criticar rasgos morales del sistema, que no es un agente moral, en lugar de mencionar personas concretas con estas graves taras éticas. Y fíjense como la naturaleza se ennoblece con mayúsculas que no merecen los seres humanos.

Nadie prohíbe la solidaridad ni promueve el egoísmo del sálvese quien pueda: algunos nos limitamos a pedir que la cooperación no sea coactiva, que sea un acto libre. El que me obliga a ser solidario con sus problemas viola mi libertad y además quizás sea un parásito caradura que quiere vivir a costa de los demás. Estos ilusos ilusionados no aspiran a construir redes voluntarias de ayuda mutua: lo que pretenden es que nadie pueda negarse a participar en sus descabellados proyectos colectivistas.

Creen ser los únicos con principios y que luchan contra la injusticia. Y aseguran que "todo es posible": qué bonito e ilusionante. Pero va a ser que no, que hay cosas imposibles, y resulta que el socialismo es una de ellas: un engaño compartido.

Francisco Capella es director del área de Ciencia y Ética del Instituto Juan de Mariana, creador del proyecto Inteligencia y Libertad y escribe regularmente en su bitácora.

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