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Cosas que hacer en Denver cuando todavía no estás muerto

Una de dos: o se apuesta por ir armados o por impedir que los delincuentes circulen libremente con sus armas.

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Pelo Naranja, James Holmes, de 24 años, como una hormiga atómica con casco, máscara de gas y chaleco antibalas, entró en la madrugada del viernes 20 de julio, por la puerta de emergencias de la sala del cine Century, en la localidad de Aurora, Denver, Colorado, EEUU, en la que se estrenaba la última de Batman, y empezó a disparar. En quince minutos que duró el tiroteo mató a doce personas e hirió a otras 59. Es el episodio más reciente de lobo solitario en el país de Eric Harris y Dylan Klebold, los criminales del instituto Colombine y de Cho Seung-Hui, el asesino de Virginia Tech.

Llegados a este punto, es preciso perderle el respeto a los norteamericanos en asuntos de tanta importancia como la seguridad, y considerarlos una especie de hermanos pequeños a los que hay que aconsejar, ya que son incapaces de atarse los zapatos sin pisarse la corbata. Una cosa que hay que hacer enseguida, en Denver, es mandarles unos controladores de Minicines como los españoles, que no dejan entrar con un bocadillo, cuanto menos con un fusil de asalto, un rifle y dos pistolas Glock. Tampoco estaría mal mandarles un puñado de guardias civiles: bastaría con diez o doce, como penicilina de amplio espectro.

Enseguida hay que establecer en Denver, y en el resto de los USA, que si son tan aficionados a las armas puesto que circulan 300 millones en la nación, se aseguren de que allí donde vayan nunca esté armado solo el agresor. Por ejemplo en la Universidad Virginia Tech: las normas impedían que fueran armados los alumnos y también los profesores; el asesino se hartó de matar impunemente.

En Denver, enseguida, deben acostumbrarse a frases como esta: "Honey, me voy a la galería de tiro que quiero ir al estreno de Batman". O esta otra: "Cariño, asegúrate de que los niños se llevan las pistolas al instituto". Porque una de dos: o se apuesta por ir armados o por impedir que los delincuentes circulen libremente con sus armas.

Holmes, un tipo reconcentrado, timorato, hijo al parecer de un hombre con una brillante carrera académica, pero torpe, vago, incapaz él mismo de un esfuerzo eficaz, compró en las últimas semanas todo un arsenal de armas. Y una cosa es que la Constitución celebre el derecho a tener pistolas y rifles, y otra muy distinta que cualquiera pueda acumular armas de fuego o prepararse para una hecatombe sin que nadie haga nada. Por ejemplo, tomar nota de que un delincuente que repite el papel de asesino de masas está preparándose para actuar.

Por norma general, en los cines, debe haber un guardián armado, como en las universidades o en los institutos, y desde luego en los aeropuertos y centros comerciales donde haya grandes concentraciones humanas. Circular con cuatro armas como un fusil de asalto, un rifle y dos pistolas, debe considerarse un acto de agresión. Igualmente alguien que lleve más de 3.000 unidades de municíón –Pelo Naranja llevaba 6.000– debe considerarse un agresor. Y todo aquel que de forma pacífica lo desee, con las debidas precauciones, debe tener la facultad de portar armas, dado que ya está visto que el estado no puede protegerlo.

O dictan esas leyes, permitiendo a todos replicar a un tirador solitario, al que en Batman habrían dejado frito algunos de los soldados que asesinó a bocajarro si hubieran ido armados, o retiran de una vez la posibilidad de comprarse un arma de fuego para asesinar impunemente. Lo que les hace daño no es la ley, tan liberal, que les permite armarse individualmente, sino el exceso de prudencia que les deja en manos de sus enemigos.

En el enfrentamiento que se montó en el cine habría bastado que un par de marines de permiso llevaran sus armas de reglamento. El pobre Pelo Naranja habría salido con el culo en llamas. No digo nada si las decenas de adolescentes a los que sus padres convierten en excelentes tiradores llevaran puestas las armas que tienen en casa: Pelo Naranja, con chaleco antibalas habría tenido que huir sin concretar su plan, que hoy se ha sabido, lo tenía dibujado como las películas de Hitchcock.

Es decir, este no es un artículo para que los americanos sean más bestias con las armas, sino para que dejen de hacer el bestia. Si el presidente hawaiano Barack Obama sigue permitiendo el poder de la asociación del rifle y la compra masiva de armas, haga que sea de forma racional y sirva para terminar con estos espectáculos sangrientos, en los que la población aparece como un rebaño de indefensos corderos. O el lugar donde se celebra el ataque tiene guardianes armados o los criminales deben saber, desde ahora, que pueden encontrase la sorpresa de personas armadas allí donde vayan: el despacho de una universidad, la sala de un cine o una hamburguesería. Les aseguro que estos perturbados se lo pensarían dos veces.

Pelo Naranja hacía un doctorado en neurociencia. No es de la localidad. Nació en Tennessee. Había renunciado hacía poco a terminar, a ser uno de media docena de alumnos. Estaba doctorando y petó. Como muchos que yo conozco, aunque a este le impulsaron sus ganas de destruir la sociedad. La diferencia entre Breivik, el monstruo noruego que se recuerda estos días, por cierto con guardias armados, y el enemigo de Batman, es que Breivik quería cambiar la sociedad y Holmes sólo destruirla.

Ahora finge que ha perdido la cabeza, pero doce muertos en quince minutos indica un fallo de tres balas en un cuarto de hora. A ver quién mejora el record si le añades otros 59 heridos ¿Cuántos locos son capaces de hacerlo?

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