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Educadora asocial

La de Guillermo y la educadora que lo deseduca no es una historia de amor, sino de terror.

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Conozco el valor del amor como reinsertador, excepto cuando el reinsertante es peor que el reinsertado. El violador y asesino Guillermo Fernández, que cumplía condena de 26 años de prisión en El Dueso, ha roto el periodo de cumplimiento y se ha fugado con su pareja sentimental, una supuesta educadora social a la que conoció en la vieja prisión de Santander. No creo que el asesino haya necesitado educación para escapar, porque la lleva de serie, ni que la educadora haya sido social. Ella se ocupó de poner la furgoneta blanca, una Volkswagen de las molonas, con la que embarcaron en el ferri de Algeciras.

Guillermo llevaba más de 17 años de barrote y había cursado varios programas de reinserción, que, como se ve, no le han valido para nada, excepto para anotar puntos de buen comportamiento, destinados a los de la Junta de Tratamiento y al juez de Vigilancia Penitenciaria, que no se dejaron engañar y le denegaron el permiso de tercer grado. Es probable que la educadora tenga sobrevalorada su capacidad de persuasión, porque minusvalora a su vez la doble violación que llevó a cabo su amante, y el asesinato de una trabajadora de un bar. El caso es que, dada la bondad carcelera española, el fugado gozó de hasta 40 permisos, el último de siete días, del que no volvió a la dura prisión de El Dueso.

Saltaron las alertas y, después de un par de semanas de deambular por África, fueron localizados y detenidos en la frontera de Gambia. Fernández había modificado su aspecto y según parece pasaba las fronteras discretamente velado en el interior de la furgo, mientras la educadora le guiaba de espaldas a la ley. De todas las historias de amor de voluntarias o trabajadoras sociales con presos, solo recuerdo una exitosa, eso sí, con uno de los peores asesinos. Y me consta que aquella visitadora carcelaria nunca secundó al objeto de sus amores en el ansia de libertad excepto por medios de cumplimiento. Guillermo es un tipo peligroso, que apenas habla con nadie, introvertido, asocial, es decir, que no interactúa y prefiere la soledad. Ella se dedica ahora a la venta de muebles importados de la India, que vende en mercadillos, es decir, que ya no está en la tarea de reinserción porque debe de haberse dado cuenta de que eso no es lo suyo.

De los tiempos en los que ejercía, la señora debe saber que la fuga es un delito grave, que caerá sobre las espaldas de Guillermo como una somanta de palos. Debería haberle aplacado, pedido paciencia, prometido una vida estable y feliz cuando hubiera ajustado su deuda con la justicia. Sin embargo, no pudo hacerlo. Tal vez fue la poderosa voluntad de él, el influjo dominador del macho violento, aunque quizá le hubiera sido fácil reclamar ayudar y escapar de él, porque su libertad estaba limitada hasta que ella le abrió la jaula. Ignoro si Guillermo, además de haberla seducido y logrado su complicidad, la trataba bien o como es propio de este tipo de violadores asesinos, que disfrutan únicamente con el dolor de los otros, todo lo contrario.

Los educadores sociales, especialmente los voluntarios, deben tener una firme formación para enfrentarse a voluntades poderosas, capaces de doblar la mano del más pintado por lástima o por temor. Una cárcel no puede ser un campo de experimentación para quienes están por decidir si trabajar en la siempre difícil reinserción o dedicarse a la venta de mobiliario.

La de Guillermo y la educadora que lo deseduca, con lo tranquilito y sosegado que lo temían los funcionarios de El Dueso, no es una historia de amor, sino de terror. Una señora presa de sus inseguridades deja en libertad a un doble violador y asesino y le ayuda por su voluntad o por fuerza a burlar la Justicia. Se masca la tragedia. Guillermo no presenta síntomas de arrepentimiento ni propósito de enmienda: ¿hasta cuándo habría fingido que respetaba las normas? ¿Corría peligro la osada propietaria de la furgoneta hippie? Afortunadamente, la Policía fue muy rápida y la colaboración internacional ha desactivado la amenaza. Ahora veremos qué reproche merece cada uno.

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