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Francisco Pérez Abellán

El misterioso caso de Marta del Castillo

En cualquier momento el Supremo decidirá si repite el juicio contra los adultos implicados en la desaparición y muerte de la joven Marta del Castillo.

Francisco Pérez Abellán
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En cualquier momento el Tribunal Supremo decidirá si repite el juicio contra los adultos implicados en la desaparición y muerte de la joven Marta del Castillo. Un sistema aberrante –que nadie parece querer corregir: ni el ministro Gallardón ni el Consejo General del Poder Judicial– hizo que se juzgara por una parte al menor acusado, alias el Cuco, y por otra a los cuatro adultos. El resultado fue que Miguel Carcaño, el que fuera amigo íntimo de Marta, resultó condenado a 20 años de prisión y los otros tres –la novia del hermanastro de Miguel, el propio hermanastro de Miguel y un amigo de Miguel– fueran absueltos.

La familia de Marta no se quedó satisfecha con la sentencia de la Audiencia de Sevilla, pues cree que no se valoraron bien las pruebas. Su joven y valioso letrado, José María Calero, ha pedido la repetición del juicio, igual que el fiscal del Supremo. ¿Qué hará el tribunal? Cualquiera sabe.

Lo cierto es que ignoramos cuál es el móvil del crimen. ¿Es posible que alguien se crea, en el siglo XXI, que un tipo como Carcaño mate a su exnovia por despecho y que unos amigos le ayuden después a deshacerse del cadáver? Éstos saben el marrón que supone ayudar a ocultar un cuerpo, por lo que solo lo harían si se sintieran amenazados.

Por lo que sea, Marta del Castillo representaba una amenaza para todos, según concluyeron ellos mismos, y por eso el que pasaba por ser uno de sus grandes amigos, su novio y los demás pudieron sentirse obligados a intervenir en su muerte y desaparición. Por otro lado, ya es casualidad que en este caso la droga no desempeñe ningún papel, cuando en una ciudad como Sevilla toda la delincuencia gira en torno a la cocaína –recordemos la desaparición de 150 kilos de una comisaría–.

Las mentiras de Carcaño, ¿qué tienen que arrastran a la policía al Guadalquivir o al vertedero, donde no encuentra ni rastro de la desaparecida? La clave ha de estar en otro sitio. Para acabarlo de complicar bastaba con juzgar en dos juicios distintos a los acusados. El menor que fue condenado como encubridor no encaja con el delito encubierto. La Justicia resulta incoherente y desastrosa. Hay ahora una oportunidad para mejorarla. Siempre que se descubre un fallo, deberían aprovechar para restañarla.

Por otro lado, no sabemos la naturaleza de la relación entre los miembros del grupo. ¿Están subordinados unos a otros? ¿Han colaborado en algún acto? ¿Tienen alguna adicción compartida? ¿Podría decirse si alguna parte del grupo forma una banda? ¿A qué podrían dedicarse en una Sevilla cuajada de droga?

Carcaño miente e inventa con una imaginación feraz. Lo mismo saca el arma del crimen de una novela de Andrea Camilleri, un cenicero de mesa, que dice que se peleó con Marta y la muerte llegó con motivo de una discusión. Hasta ahora, esta parte no se la han creído, porque tendría que haber sido condenado por homicidio y lo fue por desaparición y muerte.

Lo peor de todo es que no se ha podido recabar lo que cada uno de los sospechosos sabe: el trozo de vida que les liga unos a otros, la causa que dibuja la muerte como una necesidad del grupo. Con la figura jurídica del arrepentido, uno de ellos habría traicionado a los demás y llevado la serenidad a toda España señalando dónde fue abandonada Marta, una chica cariñosa, confiada y bondadosa, que hasta el final pensó que estaba con sus amigos.

El asunto es que en el Departamento de Criminología de la Universidad Camilo José Cela estamos estudiando el sumario de Marta del Castillo. Un compromiso de confidencialidad nos obliga a guardar discreción sobre lo actuado. Cualquier cosa que descubramos estará a disposición de la policía y de la familia de Marta. El propósito es sólo uno: encontrar la verdad que nos permita llevar consuelo a las víctimas. Los alumnos del Master de Criminología y del Grado de la UCJC colaboran con un fervor digno de la mejor causa.

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