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Justicia para Almonte

En la villa rociera hay un asesino suelto. Un criminal despiadado que es autor de las ciento cincuenta puñaladas que acabaron con un hombre y su hija pequeña.

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En la villa rociera hay un asesino suelto. Un criminal despiadado que es autor de las ciento cincuenta puñaladas que acabaron con un hombre y su hija pequeña. Solo la niña recibió ciento cuatro cuchilladas. Hubo un solo sospechoso, que fue juzgado por un jurado popular y que, pese al arsenal probatorio que tenía en contra, fue declarado no culpable.

Nada más emitir el veredicto, la primera reacción, la más cercana, grabada por las televisiones, recoge las palabras de la madre y abuela de niña dirigiéndose a los juzgadores: "¡Jurado de mierda!", dijo. Son las palabras de dolor de una mujer horrorizada. Con todos los respetos a la institución, a mí personalmente nunca me ha gustado el jurado. Lo repito siempre: si me tengo que sacar una muela, prefiero que lo haga un dentista y no la asamblea de mi escalera.

Pero, más allá del fondo de la cuestión, este jurado que juzgó en Almonte se reveló incapaz de entender la complejidad técnica del proceso, y entre sus componentes incluso había uno con discapacidad intelectual. Así que no es de extrañar que sólo gracias a la Fiscalía del Supremo se sepa ahora que el veredicto ha sido irracional.

Durante el juicio hubo un despliegue de pruebas, algunas de aplastante calidad científica. En especial, el peritaje del Instituto Nacional de Toxicología que determinó de forma irrefutable que el acusado estuvo en la escena del crimen, donde decía no haber estado y donde no tenía por qué estar. Descubrió ADN epitelial masivo del reo en tres de las cuatro toallas en las que supuestamente el asesino se limpió la torrentera de sangre. Este informe, que es el único peritaje auténtico encargado a un órgano imparcial, fue puesto en duda por una colección de arriesgadas especulaciones que opinaron sobre lo hecho por el Instituto sin un trabajo directo.

No es la única prueba de la incapacidad del jurado, que además dio valor a la declaración de la entonces exnovia del presunto, que hoy parece haber vuelto con él y que afirmaba haberlo visto en el supermercado en el que trabajaba a una hora que suponía una coartada, puesto que no habría podido estar a la vez en la escena del crimen. Y este dudoso testimonio, realizado después de haber dicho lo contrario en el proceso, se sobrepuso a otros e incluso a las cámaras de seguridad, que muestran que el tipo había salido con tiempo suficiente para la acción criminal.

Menos mal que los almonteños y aún los demás españoles estamos bajo el manto de la Virgen. Esa protección que ha permitido que la familia de las víctimas se dote de un coraje sin igual y haya levantado la voz hasta el Tribunal Supremo. Allí, la Fiscalía ha puesto el grito en el cielo por la falta de motivación del veredicto. Y ha pedido a los jueces que ordenen la repetición del juicio.

He visto repetir juicios por mucho menos de la larga cadena de irregularidades que se dan en este caso. Aunque la decisión está en manos de los magistrados, que tardarán en darla, pienso que lo lógico es que se acceda a enderezar el entuerto, pero también estaba convencido de que con las pruebas de la investigación el resultado del juicio no podía ser más que uno, cuando todo cambió después de la campaña destacando los supuestos fallos de los acusadores. Al final, entre unos que no se enteran y otros que arman mucho ruido, Almonte tiene en libertad a un asesino, sea quien sea, que, por soberbia sin límites y estúpidos celos, dio muerte traidora y miserable a dos personas inocentes, una de ellas una niña pequeña.

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