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San Fermín y Nagore

El hecho criminal que marcó los Sanfermines es la brutal muerte a golpes y por estrangulamiento de la joven Nagore Laffage, ocurrida el 7 de julio de 2008, hace diez años.

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El hecho criminal que marcó los Sanfermines es la brutal muerte a golpes y por estrangulamiento de la joven Nagore Laffage, ocurrida el 7 de julio de 2008, hace diez años. Ahora, la Pamplona de Bildu quiere blanquear la fiesta con declaraciones políticas y fuerte movilización activista. Pero San Fermín hace mucho que debió haberse nagorizado, aplicado el filtro Nagore anticrimen, pero ha seguido siendo igual de peligroso para las mujeres. La madre de la víctima, Asun Casasola, con todos mis respetos, ha sido rebotada de los programas de televisión durante una década, mientras el tema perdía fuerza; hasta que ha llegado el interés de la política. Ahora lo que menos importa es la verdad.

El homicida, un señorito de 27 años, Diego Yllanes Vizcay, terminaba la carrera de Psiquiatría en la prestigiosa Clínica Universitaria de Navarra. La víctima era una enfermera en prácticas en el mismo centro. Yllanes la llevó a su piso de soltero, le arrancó brutalmente la ropa, sujetador y tanga incluidos, cosa nada en sintonía con sus creencias de rancia formación religiosa, y al negarse ella a tener relaciones la machacó y luego la estranguló. La dejó prácticamente triturada con esos 38 golpes.

Las de San Fermín son unas fiestas poco santas. Por desgracia, mucha gente va a no dormir, beber hasta caerse y saltarse todas las convenciones. Yllanes, aquella noche, quizá llevaba 36 horas sin pegar ojo. De creerle, habría bebido hasta aturdirse y consumido anfetas, según su defensa. En ese estado dejó a su novia formal y se echó al agujero de la calle. Se tropezó con Nagore. Era un chico de 1,80. Guapete, 80 kilos de peso, en excelente estado físico, y al parecer con destreza en artes marciales. En su piso todo fue muy rápido.

A Diego Yllanes no hay nada que lo defina mejor que el crimen que cometió. Para mí, un asesinato calificado por la alevosía, por mucho que el jurado popular no sepa distinguirlo del homicidio. Todos pagamos esta ignorancia. Yllanes estaba encerrado en su casa, con su rehén, y tenía la fuerza bruta. Nagore estaba semiinconsciente de la paliza que le había dado cuando él aprovechó para estrangularla. Aunque en España no se estudia a los asesinos, parece claro que los golpes fueron en verdad una sesión de tortura sexual.

Está claro que es un depredador de la peor especie, pero, por esas gracias del Derecho, se le cree merecedor de atenuantes por pirulero (consumidor de anfetaminas) y haberle dado al bebercio (ron, tequila, cerveza), lo que debería actuar en contrario, por estimulantes del delito. Además, se le reviste de la dignidad de psiquiatra, cuando por los hechos se ve que es un medicucho psicopatón incapaz de diagnosticarse el propio trastorno. Enchufado en la sociedad y la vida por una familia poderosa, de gran estatus social y solidez económica. Hay que destacar que los médicos, puestos a serlo, son grandes asesinos, como el mayor de todos: el Doctor Muerte británico, Harold Frederick Shipman, que se cobró tantas vidas que han sido incapaces de contarlas. En mi opinión, hay que temer que Yllanes no haya terminado todavía.

Le cayó una pena de saldo por homicidio sin cualificar, poco más de doce años, por lo que ya está en la calle, donde sigue, cuando el fiscal pidió veinte por asesinato. Y ojo que en 2020 podrá ejercer la medicina pública. Un averiado dedicado a reparar cerebros. La ley no nos protege.

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