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Frank  Calzón

Que permitan la reconstrucción

Lo que el castrismo no quiere que se sepa es que nada en el pasado cubano, incluyendo los dos huracanes recientes, ha sido tan dañino para los cubanos como el régimen que los desgobierna desde 1959.

Frank  Calzón
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Ahora que el Gobierno español ha firmado con La Habana un plan de ayuda de 24,5 millones de euros para resarcir los daños causados en la isla por los últimos huracanes, son muchos, en Cuba y en España, los que se preguntan cómo se va a utilizar ese dinero.

Han transcurrido varias semanas desde que los terribles huracanes azotaron la isla. España y otras naciones afines han enviado ayuda al régimen, y los Castro, a los que nada les falta, se han permitido el lujo de rechazar la ayuda de Washington y de varias naciones europeas. Para aceptar la ayuda exigen que les levanten el embargo, ya que quieren créditos y acceso a las organizaciones financieras internacionales. Dicen, para confundir a los ilusos, que les gustaría comprar en los Estados Unidos, en donde desde hace años ya adquieren productos agrícolas, pagando al contado,por valor decientos de millones de dólares.

¿Qué ha pasado con la ayuda ya enviada a la isla? ¿Por qué el Cardenal Ortega y la conferencia de obispos cubanos no se dirigen al general Raúl Castro, al Consejo de Ministros, a la Asamblea del Poder Popular y a las organizaciones de masas en nombre de los damnificados? ¿Por qué la Iglesia no se manifiesta acerca del aumento en la represión, dirigiéndose a todas las instancias oficiales y al mundo para exigir que la ayude llegue a los damnificados? Hay que insistir en que los productos recibidos como ayuda humanitaria no se vendan en las tiendas de moneda dura del Gobierno, a precios fuera del alcance de los cubanos. Esos alimentos y medicinas tienen que repartirse gratis a los necesitados y no ser desviados para otros fines.

En una sociedad normal, la reconstrucción de las áreas afectadas se beneficia de los elementos múltiples de una sociedad pluralista; pero bajo el régimen actual todo depende del Gobierno. A no ser que éste libere la capacidad productiva y el potencial económico de millones de cubanos, poco se hará, porque en Cuba no existen instituciones cívicas y económicas que no sean del régimen, y no se permiten asociaciones sociales, profesionales, sindicales o intelectuales representativas de sus miembros. Las numerosas organizaciones benéficas, caritativas y de autoayuda que existen en la mayoría de los países, y que existían antes del castrismo, fueron clausuradas hace casi cincuenta años, y la isla bajo los Castro, se ha convertido en una nación de mendigos dependientes de la caridad extranjera.

Así y todo, en los últimos años un número creciente de cubanos se han organizado, encarando la represión, en entidades consideradas ilegales por las autoridades para demandar sus derechos.

Los huracanes caribeños no son nada nuevo, pero a los cubanos se les niegan las oportunidades que tuvieron sus antepasados; mas allá de los derechos humanos y las libertades políticas, se les prohíbe participar en las actividades económicas sin las cuales la recuperación y la prosperidad de un país son imposibles. Cuando Fidel Castro llegó al poder en 1959, Cuba tenía 161 ingenios azucareros, los motores económicos del progreso de la isla durante siglos.

Incluso durante la revuelta contra Batista, cuando los revolucionarios obstaculizaban las operaciones de la zafra, la isla, con menos de siete millones de habitantes, produjo 6 millones de toneladas y exportó 5,6. Hoy, el legado del castrismo y de su economía comunista puede resumirse así: 12 millones de cubanos, 53 ingenios y 1,5 millones de toneladas en la última zafra y la isla tuvo que importar 250,000 toneladas.

Lo que el castrismo no quiere que se sepa es que nada en el pasado cubano, incluyendo los dos huracanes recientes, ha sido tan dañino para los cubanos como el régimen que los desgobierna desde 1959.

No es una defensa de la dictadura batistiana decir que antes de la revolución el país prosperaba y los cubanos miraban al futuro con orgullo y esperanza y la isla era un imán para los inmigrantes extranjeros. Los cubanos podían viajar por el mundo, pero casi sin excepción regresaban a su tierra. La isla atraía inversores extranjero y los trabajadores cubanos, no como hoy, tenía sindicatos independientes y el derecho a la huelga. Los más pobres entre los pobres también encontraban Cuba atractiva; muchos haitianos iban a la isla a trabajar en la zafra. Cientos de miles de españoles se instalaron allí en el primer cuarto del siglo XX. Muchos de ellos y sus antepasados, como muchos chinos y judíos cubanos –dos millones de cubanos– abandonaron la isla con las manos vacías huyendo de la falta de libertad y la escasez que trajeron los Castro.

Otras naciones que afrontan desastres naturales similares cuentan con recursos que el régimen ha destruido. Las pólizas de seguros no existen en Cuba. En el resto del mundo, en una situación similar, tanto los individuos como las empresas utilizan sus créditos, en su país o en el extranjero, para comprar materiales y suministros para la reconstrucción. Lamentablemente en la Cuba actual hasta la Iglesia Católica depende de la aprobación de una "Oficina de Religión y Cultos" adscripta al Comité Central del Partido Comunista.

El mundo denunció a la dictadura militar en Rangún por no permitir la distribución de ayuda internacional en aquel país. Los hermanos Castro insisten en lo mismo.

Hay que exigir que los hermanos Castro abran los puertos y los aeropuertos cubanos, sin impuestos gravosos, para cualquiera que desee llevar comida y recursos a los cubanos. Que autoricen a los carpinteros, fontaneros, electricistas y obreros a crear pequeñas empresas que ayuden a reconstruir Cuba, proporcionando empleo a otras personas. Que la Habana conceda a esas empresas la libertad para importar (lo que necesiten), y de exportar (el producto de su trabajo), de manera que ayuden, junto con las remesas de los exiliados, a echar a andar la economía de la isla. Que permitan a los cubanos –a los cuales Raúl Castro caracteriza como "vagos"– trabajar por su cuenta, por ellos mismos, con sus familias y con sus comunidades, mientras recuperan el orgullo en su país y en ellos mismos.

Cincuenta años de desgobierno, miseria y abusos son más que suficientes. Que comience la reconstrucción.

Frank Calzón es el Director Ejecutivo del Center for a Free Cuba.

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