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Fray Josepho y Monsieur de Sans-Foy
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Hace tiempo que circula todo un género de anécdotas sobre supuestos comentarios hechos por taxistas de origen remoto, pero que demuestran un conocimiento sorprendente sobre España y sus circunstancias.

Verdad es que su visión de nuestro país es cualquier cosa menos objetiva... y su parcialidad coincide sospechosamente con la ideología del narrador. Pero todos sabemos que, salvo en la serie Cuéntame, la realidad supera siempre a la ficción.

Hemos pedido a nuestros poetas que se ganen el sueldo ilustrando este fenómeno con sendas anécdotas verídicas, reales como la vida misma, que aquí sometemos a su consideración:

UN TAXISTA DE SAIGÓN
por Fray Josepho

Si voy al extranjero, suelo ejercer la praxis
de, en los desplazamientos, utilizar los taxis.

Y en uno de mis viajes de peregrinación
subí con un simpático taxista de Saigón.

Ser, como soy, políglota, las cosas facilita,
así que "al aeropuerto", le dije en vietnamita.

El hombre conducía con pulso y con control,
y dijo, por mi acento: "¿Usted es español?".

"Lo soy", respondí raudo, "¿conoce usted España?"
Y el hombre puso entonces una expresión extraña.

"Con su país", me dijo, "me siento solidario,
pues viven en un régimen feudal y autoritario.

Horrenda monarquía, despótica y fascista,
tiránica heredera del régimen franquista.

Hay hambre por las calles, pobreza por doquier,
y una opresión terrible del hombre a la mujer.

Atroz, el patriarcado. Brutal, la policía.
Maltrecho, el medio ambiente. Muy mal, la economía.

Naciones sojuzgadas, desmanes cotidianos,
sin libertad de prensa ni derechos humanos"…

"Ya veo que conoce mi tierra", interrumpí.
"¿Quizá recientemente viajó usted por allí?".

Sonriendo con un aire de suave decepción,
me dijo que no había salido de Saigón.

El rostro del taxista miré con desconcierto.
Estábamos entonces llegando al aeropuerto.

"¿Me dice qué le debo, si me hace usté el favor?",
en pulcro vietnamita le pedí al conductor.

"No es nada. Yo le invito. Buen viaje tenga, amigo.
Como español, ya aguanta suficiente castigo".

Y me miró marchar con expresión contrita.
Aquí acaba la historia de taxi vietnamita.

EN LA ISLA ESMERALDA
por Monsieur de Sans-Foy

Andando por los páramos de Irlanda,
camino de Innisfree,
se acerca el carricoche de un baranda
con pipa y con bufanda.
Me dice: ¿quiere taxi? Y me subí.

–Parece forastero. (Vaya vista
que tiene, aquí, el gaélico taxista...).
Yo, todo circunspecto,
respondo que, en efecto:
a más de estar moreno por el sol,
el menda es un legítimo español.

–¿De qué parte de España?
quiso saber el tipo. –De Bilbao,
ciudad donde es famoso el bacalao.
–Qué cosa más extraña...
¿Bilbao no está en la patria de los vascos,
ingobernables clanes,
como los catalanes,
que de los españoles hacen ascos?

–Pardiez, señor cochero...
(Le dije, sujetándome el sombrero).
Me causa algún espanto
que de mis compatriotas sepa tanto.
¿Es hombre muy viajado o muy leído?

–De Sligo y su condado no he salido,
y letras tengo pocas...
mas, vivo entre un gentío tan viajero
que, ¿cómo no tomar por verdadero
lo que echan por sus bocas?
De España, sólo salen de esos labios
noticias sobre crímenes y agravios.

Poniéndole la mano sobre el hombro,
le dije: "No me asombro:
confío en la palabra de un taxista
más que en mi propia vista.
Y sé, por lo que escucho,
que nuestros gilipollas viajan mucho".

En España

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