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Alatriste, la insidiosa Reconquista y el problema nacional

Esta patología, bien conocida como “síndrome de Don Julián”, se sintetiza en una idea única: todo en España es malo, todo contra España es bueno. Cierto es que el axioma nunca se había aplicado de manera tan burda y primaria como hoy.

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No era del todo previsible, pero ya puede decirse que “Alatriste” se ha convertido en un éxito cinematográfico y, por lo que se va viendo, será el mayor éxito español del año. El asunto merece reflexión. “Alatriste” no es una película excelente, porque le falta rumbo al argumento, y tampoco es una apología españolista, porque su relato transcurre precisamente en unos años de intensa decadencia. Sin embargo, en torno a esta cinta, como antes en torno a los volúmenes de Pérez Reverte, se ha levantado una indiscutible ola de recuperación de lo español, de reencuentro con una historia que durante demasiados años ha sido ignorada y tergiversada. Aunque “Alatriste” incurre en algún patinazo guiado por la “leyenda negra” –como el exagerado papel atribuido a la Inquisición–, la película tiene la virtud de hacer que el público salga de la sala orgulloso de su identidad española y deseoso de saber más sobre los siglos mayores de nuestro camino colectivo. En ese sentido, “Alatriste” es un síntoma esperanzador: algo va despertando en nuestra dormida conciencia nacional.

Al mismo tiempo, sin embargo, es fácil constatar que siguen vivas las peores formas del antiespañolismo, que son precisamente las formas adoptadas por los propios españoles. Por ejemplo, ha llamado mucho la atención esa sorprendente teoría de don Juan Luis Cebrián según la cual “la insidiosa reconquista ibérica” impidió que floreciera una “civilización ecuménica” y común a ambos lados del Mediterráneo. La llamativa hipótesis es una barbaridad desde el punto de vista histórico, puesto que fue precisamente la irrupción islámica la que quebró la civilización mediterránea común y el grado de ecumenismo logrado por Roma, antes y después de Cristo. Pero, además, es una gráfica muestra de esa permanente tendencia a la automaldición que aflige a buena parte de los opinadores españoles, muy particularmente en la izquierda. Hay una suerte de malestar de sí mismo que se manifiesta a través de la fobia a la propia identidad cultural, nacional, religiosa, histórica. Esta patología, bien conocida como “síndrome de Don Julián”, se sintetiza en una idea única: todo en España es malo, todo contra España es bueno. Cierto es que el axioma nunca se había aplicado de manera tan burda y primaria como hoy.

De tejas abajo, a pie de calle, la realidad es todavía más expresiva: la gente saca las banderas ante una victoria deportiva, pero sus gobernantes le dicen que esto no es una nación e incluso apuntan –¡en textos legislativos!– la extravagancia como austrohúngara del “Estado plurinacional”, que se da bofetadas con la Constitución todavía vigente. ¿No es como si estuviéramos viviendo en dos países a la vez?

La impresión es inequívoca. La gente de la calle, el ciudadano de a pie, tiene una noción quizás imprecisa, pero muy arraigada, de su pertenencia nacional, de su españolidad, de cuál es su patria. Por el contrario, una buena parte de la elite cultural y política –significativamente, aquella parte más identificada con el actual poder– se adhiere sin fisuras al denuesto de España y de su unidad, a la execración de su condición nacional y de su dignidad histórica, fabricando insidiosamente –esta vez sí– una suerte de leyenda negra donde sería imposible sentirse español sin merecer el remoquete de “fascista”. De algún modo, es como si reaparecieran los viejos polos de hace doscientos años, patriotas contra afrancesados, con la llamativa variante de que estos últimos, hoy, sienten más estima por el exótico moro que por el vecino francés.

España nunca tendrá una conciencia nacional sana, normal, mientras siga sujeta a esta patología de sí misma. Somos una nación. Pero, además, debemos desear serlo.

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