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El límite del Estado de las Autonomías

El límite de la autonomía política de las comunidades está, precisamente, en esa continuidad de España. Y ese es el límite que, según parece, Zapatero no está en condiciones de reconocer.

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El debate sobre el estado de la Nación podría haber sido una excelente oportunidad para reflexionar sobre la nación española, su momento presente y las perspectivas abiertas por el proceso de reformas estatutarias del Gobierno Zapatero. Lamentablemente, no ha sido así: la negativa del presidente del Gobierno a discutir cuestiones de Estado, despachándolas con cuatro lugares comunes, ha frustrado cualquier reflexión en profundidad. Con todo, no hemos dejado de escuchar cosas muy interesantes; también muy inquietantes.

Zapatero dijo algo revelador en su discurso: para defender las reformas de los estatutos, declaró que él cree en la "autonomía política", no en una "simple descentralización administrativa", y que esa convicción suya es "el auténtico Estado de las Autonomías". Ahora bien, tal disyuntiva ("autonomía política" versus "simple descentralización") es el ejemplo mismo de falso debate, porque parte de una realidad errónea. El Estado de las Autonomías es mucho más que una descentralización administrativa: es una cesión muy amplia de competencias en materias tan diversas como la política de empleo, la sanidad, la educación, la cultura, las obras públicas, la seguridad (en varios casos), el comercio, no pocas infraestructuras... Y el limite natural del Estado de las Autonomías es, precisamente, esa autonomía política de la que habla Zapatero; autonomía que debe detenerse en el punto donde se convertiría en soberanía. ¿Y esto es así por la maldad intrínseca de la derecha centralista? No: esto es así porque, a partir de ese límite, España dejaría de existir y entonces "se nos caería el invento", como diría Felipe González. En términos más nobles: el límite de la autonomía política es la continuidad histórica de la nación española. Que es el sujeto de la soberanía según la todavía vigente Constitución.

Tenemos un problema, y es que estamos en manos de un grupo político que no se siente solidario de la continuidad histórica de la nación española. El límite de la autonomía política de las comunidades está, precisamente, en esa continuidad de España. Y ese es el límite que, según parece, Zapatero no está en condiciones de reconocer. El zapaterismo está en otra cosa: está en un proyecto difuso y contradictorio, entreverado de cosmopolitismo progresista, nacionalismo identitario antiespañol y, sobre todo, culto desbocado del propio poder. Es tal culto al propio poder lo que permite que, de momento, coincidan los intereses de los socialistas con los de los nacionalistas vascos o catalanes. Esa coincidencia se romperá cuando comiencen las peleas por el presupuesto en una España más fragmentada. Mientras tanto, todas las fuerzas dominantes convergen en el proyecto común de diluir la nación española. Es demencial.

En un reproche tópico de estrechez, Zapatero le dijo a Rajoy que "esta Cámara no cabe en su idea de España", como para dar a entender que la España preconfederal del zapaterismo, con sus minorías nacionalistas encumbradas, es más ancha que el modelo constitucional del PP. Seguramente es verdad. Pero planteemos la cuestión en toda su crudeza: el verdadero problema es que la idea de España ha dejado de caber en esa Cámara, mayoritariamente dominada por grupos que están pensando en otra cosa. Nunca habíamos padecido un desajuste tan patente entre la identidad histórica de España y las instituciones que por ley la representan. Ese es nuestro gran drama en la hora actual. Y da la medida de los desafíos a los que nos enfrentamos.

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