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Sacrificando a la nación

Si la unidad se rompe, la democracia se fragmentará y desvirtuará, pues unos podrán decidir sobre el destino de los demás; las libertades disminuirán, porque en ciertos lugares quedarán en manos de partidos con pretensiones de homogeneidad social.

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La gravedad de la hora presente de España reside en esto: estamos asistiendo a un intento por salvar el sistema político a costa de sacrificar a la nación. El alto el fuego de ETA parece conducir hacia un paisaje de redefinición de la autonomía vasca en términos de mayor autogobierno. Son los mismos términos en los que se ha redefinido el Estatuto de Cataluña. Ahora bien, ambos movimientos coinciden en deteriorar gravemente la unidad nacional de España. Quizás el Gobierno consiga así paliar, temporalmente, las tensiones de nuestro sistema político. Pero quien pagará ese esfuerzo será la solidez de la nación.

Conviene poner las cosas en perspectiva, porque nada de lo que está ocurriendo se entiende si lo contemplamos como una foto fija; al contrario, estamos ante una secuencia de acontecimientos que apunta muy claramente hacia el progresivo desmantelamiento de la nación española. En la víspera de las elecciones de 2004, la cuestión crucial para España era resistir al asalto del nacionalismo periférico. Ese asalto tenía, entre otros, tres momentos clave que todo el mundo conocía: el pacto de Estella entre ETA y los nacionalistas vascos; el Acuerdo de Barcelona entre los nacionales catalanes, vascos y gallegos; el pacto de Perpiñán entre ETA y los secesionistas catalanes. Esa estrategia apuntaba a acelerar las pretensiones que los nacionalismos periféricos venían planteando desde mucho tiempo atrás: ampliar el Estado de las Autonomías en una línea confederal que, eventualmente, pudiera acoger incluso ejercicios de autodeterminación. La presencia de ETA en el juego lo hacía especialmente peligroso y siniestro. En el otro punto de ese mismo movimiento, la connivencia de sectores decisivos del socialismo (especialmente en Cataluña y en el País Vasco) instalaba un peligro letal en el corazón mismo del sistema.

Tras aquellas elecciones, marcadas a fuego por los atentados del 11-M, el socialismo escogió campo y estrechó sus lazos con los nacionalistas. El nuevo Estatuto de Cataluña sólo puede entenderse en el contexto de aquella estrategia de desmantelamiento material de la nación. De igual modo, es imposible no entender la actual negociación con ETA como parte del mismo movimiento. ¿Cuál es el objetivo? Aparentemente, se trata de solucionar los dos grandes problemas de la España constitucional, que son el secesionismo y el terrorismo, mediante una estrategia de cesión calculada: estirar el Estado de las Autonomías para calmar las pretensiones soberanistas y, al mismo tiempo, aprovechar ese nuevo paisaje para "dormir" en él a una ETA que podría estar dispuesta a encontrar ahí una salida. Palabras clave como diálogo, autogobierno y paz envuelven la operación. Así, ciertamente, podría salvarse el sistema político, pues numerosos partidos y eminentes poderes fácticos aceptarían la nueva situación. El problema es el coste: para salvar el sistema, es la nación lo que se deshace. Y si la nación se deshace, ¿seguirá habiendo sistema?

Los principios sobre los que se funda nuestro sistema son inseparables del hecho nacional. Somos una democracia, tenemos libertades y gozamos de solidaridad entre los españoles porque somos una sola nación. Si esa unidad se rompe, la democracia se fragmentará y desvirtuará, pues unos podrán decidir sobre el destino de los demás; las libertades disminuirán, porque en ciertos lugares quedarán en manos de partidos con pretensiones de homogeneidad social; la solidaridad desaparecerá, pues nada obligará a ningún territorio a ser solidario con los demás. Ceder ante las presiones nacionalistas no resolverá el problema planteado antes de las elecciones de 2004; al contrario, lo agravará. Porque sin nación, nuestro sistema está condenado a desmoronarse.

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