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por Dennis Prager

Por los valores judeocristianos XVI

La naturaleza es indigna de adoración. La naturaleza, después de todo, es siempre amoral y por lo general cruel.

Fundación Heritage
Es casi imposible exagerar lo radicalmente distinto que el pensamiento del Antiguo Testamento era del pensamiento del resto de su mundo contemporáneo. Y aún sigue siéndolo, dado que pocas sociedades defienden los valores judeocristianos y que existe gran oposición contra ellos en la sociedad americana, la sociedad que más ha incorporado esos valores.
 
Entre la más radical de esas diferencias está la increíble declaración que Dios es ajeno a la naturaleza y que es su creador.
 
En cada sociedad sobre la Tierra, la gente veneraba la naturaleza y adoraba dioses de la naturaleza. Había dioses del trueno y dioses de la lluvia. Se adoraba montañas al igual que ríos, animales y cada fuerza natural conocida por el hombre. En el antiguo Egipto, por ejemplo, los dioses incluían el río Nilo, la rana, el sol, el viento, la gacela, el toro, la vaca, la serpiente, la luna y el cocodrilo.
 
Luego llegó el Génesis anunciando que un Dios supernatural, es decir un dios ajeno a la naturaleza, creó la naturaleza. Nada acerca de la naturaleza era divino.
 
El catedrático Nahum Sarna, autor de lo que yo considero uno de los dos comentarios más importantes sobre el Génesis y el Éxodo lo dice así: “El revolucionario concepto israelita de Dios supone que Su ser está totalmente separado del mundo de Su creación y es totalmente otro que el que la mente humana pueda concebir o que la imaginación humana represente”.
 
El otro comentario magistral sobre el Génesis lo escribió el fallecido erudito judío-italiano Umberto Cassuto, catedrático de la Biblia en la Universidad Judía de Jerusalén: “En lo que concierne a las ideas que reinaban entre los pueblos del antiguo oriente, nos encontramos aquí con un concepto básicamente nuevo y una revolución espiritual... El concepto básicamente nuevo consiste en la visión completamente transcendental de la Divinidad... El Dios de Israel es ajeno a la naturaleza y está por encima de ella y el todo de la naturaleza, el sol, la luna; todos los huéspedes del cielo y la tierra; el mar que está bajo la tierra y todo lo que hay en ellos: todas son sus criaturas, Él las creó de acuerdo a Su deseo”.
 
Esto era algo extremadamente difícil de asimilar por los humanos en ese entonces. Y a medida que la sociedad se aleja de los valores judeocristianos, hoy nuevamente se vuelve difícil de asimilar. Los grandes elementos de la sociedad laica occidental están regresando a una forma de adoración a la naturaleza. Los animales están siendo elevados a la igualdad con los humanos y el medioambiente es visto cada día más como sagrado. Las más extremas expresiones de adoración a la naturaleza en realidad ven a los seres humanos básicamente como plagas de la naturaleza.
 
Hasta entre aquellos que se consideran creyentes y especialmente entre los que se consideran “espirituales” en vez de religiosos, la naturaleza es vista como divina y Dios es considerado como un habitante dentro de ella.
 
Es muy comprensible que la gente que se fía de los sentimientos más que de la razón para formar sus creencias espirituales deifiquen a la naturaleza. Es más fácil – en realidad más natural – adorar la belleza natural que a un Dios invisible y moralmente exigente.
 
Lo que es extraño es que mucha gente que afirma confiar más en la razón, crea lo de la naturaleza. La naturaleza es indigna de adoración. La naturaleza, después de todo, es siempre amoral y por lo general cruel. La naturaleza no tiene leyes morales, sólo la amoral ley de la supervivencia del más fuerte.
 
¿Por qué la gente que valora la compasión, la amabilidad o la justicia venera a la naturaleza? Las nociones de justicia y cuidado de los débiles pertenecen únicamente a la humanidad. En el resto de la naturaleza, los débiles están para ser matados. El individuo no significa nada para la naturaleza; el individuo lo es todo para los humanos. Un hospital, por ejemplo, es una creación profundamente no natural, en realidad es antinatural; gastar valiosos recursos para mantener a los más débiles vivos es simplemente contra natura.
 
La idealización de la naturaleza, por no mencionar lo de atribuirle divinidad, implica ignorar lo que de verdad pasa en la naturaleza. Dudo que esos niños americanos que hicieron campaña para liberar a una orca (la de la película “Liberad a Willy”) alguna vez hayan visto películas del verdadero comportamiento de las orcas. Hay videos de National Geographic que muestran, entre otras cosas, orcas lanzando a una aterrada foca bebé de un lado a otro hasta finalmente matarla. Quizá los niños deberían ver esas películas y luego hacer campaña para que las orcas no traten tan sadísticamente a las focas bebé.
 
Si a usted le importa el bien y el mal, entonces no puede adorar a la naturaleza. Y como el bien y el mal es lo que a Dios le interesa más que nada, la adoración de la naturaleza es antitética a los valores judeocristianos.
 
La naturaleza refleja sin duda lo divino. Pero no es de manera alguna divina. Sólo el Creador de la naturaleza lo es.
 
©2005 Creators Syndicate, Inc.
©2005 Traducción por Miryam Lindberg
 
Dennis Prager es periodista y comentarista radiofónico muy respetado en Estados Unidos, su programa se transmite desde Los Ángeles diariamente desde 1982. Sus artículos aparecen en grandes publicaciones americanas como The Wall Street Journal, Los Angeles Times, Townhall y el Weekly Standard, entre otras.
 
Libertad Digital agradece a Dennis Prager y a la Fundación Heritage el permiso para publicar este artículo.

Tiene a su disposición en Libertad Digital la serie completa Por los valores judeocristianos escrita por Dennis Prager