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Gabriel Moris

11-M, verdad y justicia

Un país que sufre un ataque terrorista como el perpetrado el 11-M y, sólo sabe responder como hasta hoy han respondido los poderes públicos, es un país incapacitado para defender los derechos humanos de sus ciudadanos

Gabriel Moris
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En primer lugar quiero expresar mi felicitación y mi agradecimiento a la Universidad CEU San Pablo y a la Sergio Arboleda de Bogotá de la hermana Colombia, por fomentar la relación y la libre expresión de las víctimas del terrorismo. No dudo de que este tipo de encuentros y las conclusiones que de ellos se derivan podrán redundar en iniciativas mediante las cuales nos podamos defender mejor del terrorismo. Paradójicamente, a nivel de organismos internacionales, no se ha establecido aún una definición del término "terrorismo". Los que atiendan a los contenidos de este congreso podrán encontrar las claves para dar con una correcta definición del término. ¿Quiénes los podrían definir mejor que las personas que lo sufriremos el resto de nuestras vidas?

Mi familia ingresó en este club –como todas las otras, de forma involuntaria– el fatídico 11 de marzo de 2004; el más aciago jueves de la historia de España. Aquella mañana alguien decidió asesinar a muchas personas inocentes y herir a muchísimas más. Las causas aún no las conocemos. Eso sí, en España se celebraron elecciones legislativas tres días más tarde. Lo de Al Qaeda, lo de Irak y lo de las Azores que lo expliquen los que lo conocen a fondo. Yo ni sabía ni sé nada de todo eso. Lo que sí puedo jurarles es que de ser cierto tampoco lo veo razón para cargar de por vida con mi cruz.

Mi hijo Juan Pablo, 32 años cumplidos un mes antes, justo cuando retiraron la vigilancia a los aún presuntos asesinos, era una persona de paz, trabajadora, tolerante, deportista, amante de sus amistades, con sentido del humor, preocupado por los problemas del mundo, relacionado con Ingenieros sin Fronteras (ISF)... Sólo sentía repugnancia por los terroristas y sus apoyos. Lo que algunos calificarían de ironías del destino... Pero no. No me sirve la frase. No creo en el destino. En lo que creo es en la libertad humana para influir en él. El sentir contra los terroristas está muy generalizado, pero es necesario ser persona cabal para transmitir públicamente esos sentimientos y para llevar a cabo acciones contra sus agentes (el Lisboa-Dakar es una prueba). Después de que asesinaran a mi hijo, a los tres días, y como consecuencia del impacto emocional, murió mi hermano. Desde entonces mi otro hijo no puede trabajar en un puesto acorde con su formación como economista. Muy triste el balance para mi familia. Podría contar otras muchas consecuencias que el pudor me hace reservar. Nuestro sufrimiento no es el único ni el peor de los derivados de esta masacre terrorista.

Los daños que los terroristas produjeron en los inocentes que viajaban en los trenes fueron fortuitos. Ninguna de las víctimas directas era objetivo de sus asesinos. Y lo eran todas. Porque a mayor número de muertos y heridos, más fácilmente alcanzarían sus siniestros objetivos. Sólo así se entiende que eligieran la hora de mayor afluencia a los trenes. ¿Qué pretendían con tanto dolor? Seguramente lo que consiguieron, producir una convulsión general en la sociedad española. ¿Con qué finalidad? Seguramente, como pensamos la inmensa mayoría de los ciudadanos, la de influir en los resultados de las elecciones del día catorce. Esto no lo puede afirmar nadie con rotundidad, pero, al no conocer las causas reales, nos asiste el derecho de hacer cábalas sobre lo ocurrido. Otros tuvieron la ocurrencia de inventar historias que no han sido confirmadas hasta ahora (Al Qaeda, Irak, suicidas, metralla etc.).

Permítanme tener un recuerdo, una vez más, para una buena parte de la sociedad española, que reaccionó con rapidez, con buena intención, con profesionalidad y con generosidad; en algunos casos, próxima al heroísmo. Vaya para ella nuestro eterno agradecimiento por haberse comportado como "el buen samaritano". Este comportamiento, reconocido internacionalmente, evidencia las virtudes de un pueblo que casi siempre ha sabido vivir y morir con dignidad.

Como habrán podido comprobar, en el párrafo anterior he mostrado mi agradecimiento a "una buena parte de nuestra sociedad". Y lo he hecho de forma deliberada. Más adelante explicaré las razones que me impiden generalizar mi reconocimiento. Antes quiero transmitir un mensaje como víctima y como ciudadano; es decir, como persona a la que el terrorismo truncó su existencia arrebatando la vida de uno de sus hijos. Pueden ser muchas las razones que esgrima el terrorismo y sus compañeros de viaje, y algunas de ellas se difundieron impúdicamente en aquellos días, pero, por mucho que lo pretendan, no nos van a poder engañar nunca. Aunque intenten confundirnos, todos conocemos el único objetivo de sus crímenes no es otro que doblegar, a las sociedades donde operan, a sus indignas exigencias.

Han transcurrido casi cuatro años del macabro atentado, tiempo suficiente para hacer balance de la respuesta dada por la sociedad al citado acto terrorista. Las víctimas sólo deseábamos y deseamos conocer toda la verdad, identificar a los responsables y ejecutores, penalizar según las leyes en vigor los delitos cometidos y elaborar un plan de acciones preventivas para evitar, en lo posible, la repetición de crímenes de esta naturaleza. Por tanto, mi pregunta a los poderes públicos y a la sociedad es muy simple: ¿Alguien puede afirmar que se nos ha facilitado lo que en justicia pedimos? En caso afirmativo, los mencionados poderes públicos nos deben una información contrastada con los hechos probados. Si la respuesta a mi pregunta es negativa, exigimos, como víctimas y como ciudadanos, que nos digan formalmente qué acciones se van a llevar a cabo para facilitarnos lo que necesitaría cualquiera que pase por lo que nosotros estamos pasando.

Un país que sufre un ataque terrorista como el perpetrado el 11-M y, sólo sabe responder como hasta hoy han respondido los poderes públicos, es un país incapacitado para defender los derechos humanos de sus ciudadanos; por consiguiente, sus dirigentes carecen de la capacidad y de la responsabilidad necesarias para regir los destinos del pueblo que les confirió tales poderes. A ellos aludía cuando mostraba mi agradecimiento sólo a "una buena parte de la sociedad".

Sinceramente, mi deseo hubiera sido expresar todo mi reconocimiento tanto a la sociedad civil como a lo que califican de poderes públicos, pero los hechos son tozudos, y la realidad que vivimos cuatro años después de la masacre es la ya comentada: ni las investigaciones policiales, ni las parlamentarias ni las judiciales nos han permitido, a fecha de hoy, conocer quiénes, por qué y para qué asesinaron a tantos inocentes e hirieron de por vida a muchos más.

Nos dicen que existe la voluntad para esclarecer la barbarie causa de nuestro sufrimiento; de ser cierto, tengo el convencimiento de que si en la próxima legislatura contásemos con la unidad de los ciudadanos y sus representantes, seríamos capaces de hacer justicia y de prevenir nuevas tragedias. Expreso mi ferviente deseo de que esto sea una realidad en el próximo congreso de víctimas del terrorismo y de que gracias a ello podamos servir de un ejemplo de buen hacer para el mundo entero. Hoy, por las razones que sean, no ha sido posible.

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