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El monumento pendiente

Los hombres tenemos la costumbre de recurrir a la construcción de monumentos para recordar hechos o personas y perpetuar su memoria.

Gabriel Moris
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Los hombres tenemos la costumbre de recurrir a la construcción de monumentos para recordar hechos o personas con el fin de perpetuar su memoria de forma colectiva. No siempre se logra dicha finalidad; sobre todo cuando se trata de hechos o personas con relevancia política, cosa que ocurre con bastante frecuencia. Creo que las personas que hemos vivido una parte dilatada de nuestra vida podemos aportar ejemplos que ilustran mi afirmación. No hace muchos años asistimos a un hecho de esta naturaleza. Me refiero a la retirada de una estatua ecuestre en Madrid.

En las páginas de nuestra historia podemos encontrar igualmente hechos y personas que, según el tratadista, salen mejor o peor parados. En la mayoría de las ocasiones resulta válido el dicho: "En este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira". Personalmente, aunque en la vida real sea aplicable esa sentencia, tengo el convencimiento de que hay hechos y personas que intrínsecamente son buenos y malos. Los matices relativistas, que intentan difuminar el bien y el mal, jamás podrán evitar la transparencia de las buenas o las malas acciones. Cuando se prefiere la oscuridad a la luz, algo malo se pretende ocultar. Jesús dijo: "Los hijos de las tinieblas son más sagaces que los hijos de la luz (Lc, 16,8)". Después de veinte siglos, su vigencia es evidente.

En nuestra reciente historia, para desgracia nuestra, el fenómeno terrorista quizá sea uno de los hechos que más han contribuido a sembrar de monumentos nuestras calles y plazas. A priori, casi todos los españoles coinciden en rendir tributo a las víctimas del terror; víctimas inocentes, que lo fueron por su indefensión, por ser servidores del Estado o simplemente por ser españoles o por vivir en España. Las organizaciones que causan tanto dolor a las víctimas, objeto de recuerdo, arremeten a veces con saña contra esos recuerdos, que sin sus crímenes no tendrían razón de ser. Creo que ahora resulta más fácil de entender que no siempre los monumentos cumplen con la finalidad de inmortalizar personas o hechos. La simbología de lo bueno y lo noble en un momento histórico puede invertirse en otro momento no muy distante en el tiempo. Por este motivo yo no me siento un entusiasta de los recuerdos materializados en cosas tan lábiles como un símbolo en piedra o la placa de una vía pública.

El 11-M creo que puede ser un buen ejemplo para sustentar mi tesis sobre este asunto. Los que planificaron los crímenes, aún por mostrar a la luz pública, es altamente probable que eligieran la comunidad de Madrid por el simbolismo del lugar; las víctimas, por su total indefensión; el momento, por ser el de máxima afluencia a los trenes; la fecha, por la proximidad al día de las votaciones. El atentado tenía el fin de causar el máximo impacto en el electorado y, por ende, producir los mayores réditos políticos.

Este atentado, el mayor de los perpetrados en España y Europa en el siglo actual, atentado que, sin aclararse, sigue siendo objeto de olvido colectivo, paradójicamente ha generado varios y muy diversos monumentos en memoria de las víctimas, que algunos no podremos olvidar jamás. El primer monumento, ya destruido, fue el que de manera espontánea erigieron in situ una multitud de personas anónimas. Hace unos días encontré en internet unas fotografías de flores e inscripciones francamente emotivas. Mi más efusiva y sincera gratitud a esas personas de noble corazón y tan buenos sentimientos. El pueblo es siempre el más fiel exponente de la esencia de un país. Un monumento singular es el mal denominado "Bosque de los Ausentes", constituido por 192 árboles (170 cipreses y 22 olivos); su originalidad radica en que cada árbol pretende simbolizar a cada una de las personas que perdieron su vida, involuntariamente, para beneficio de los que planificaron, ejecutaron, ocultaron y se siguen beneficiando del crimen múltiple. El actual nombre, Bosque del Recuerdo, ha sido utilizado por muy pocos, conservando el maléfico adjetivo de ausentes, como si se tratara de personas que se ausentaron voluntariamente.

Se erigieron monumentos más convencionales en las estaciones de Alcalá de Henares, un monolito en el que figuran las víctimas mortales alcalaínas; Santa Eugenia, a cuya inauguración tuve el honor de asistir; El Pozo y Atocha, en el que figuran los nombres de los vílmente asesinados el Once de Marzo, que, para colmo, no ha sido declarado Día de Luto Nacional o tema de estudio en los centros escolares.

Sin dejar de mostrar mi agradecimiento por tanta profusión de monumentos, quisiera compartir una reflexión al respecto. La memoria, el homenaje y el recuerdo, objetivos de un monumento, creo que con frecuencia están siendo mancillados tanto por el Estado como por la mayoría de los medios de comunicación.

Yo me atrevo a proponer modestamente el siguiente monumento inmaterial al 11-M, que podría contener los siguientes elementos. Simbolizaría un monolito consistente en una pirámide pentagonal. En cada una de las caras de dicha pirámide figurarían:

  • Los verdaderos autores del atentado: instigadores, ejecutores, ocultadores etc.
     
  • Los cuerpos y fuerzas de seguridad que impidieron la investigación y los que consiguieron descubrir a los verdaderos autores.
     
  • Los profesionales del Poder Judicial que permitieron que no se llegara a descubrir a los autores verdaderos y los que tuvieron la profesionalidad y la honradez de construir el rompecabezas y dictar una sentencia justa y veraz.
     
  • Los representantes políticos que impidieron investigar y elaborar planes de prevención para evitar un atentado similar. Igualmente figurarían con nombres y apellidos los que lograran clarificar toda la trama política y sus actores.
     
  • La quinta cara de la pirámide consistiría en un listado de medios de comunicación que colaboraron eficazmente en difundir las mentiras del atentado (como los suicidas inexistentes), así como en silenciar verdades (como la desaparición de los trenes). En la misma cara figurarían, en lugar destacado, los pocos medios que siguen dedicando recursos y esfuerzos para el esclarecimiento de un crimen planificado, tan grave que cambió nuestra historia.

El vértice de la pirámide dirigiría hacia el cielo las obras de todos los actores de la tragedia.

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