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España, endeudada y abocada a un rescate

Sigo manteniendo la creencia de que gran parte de los males que nos afligen a los españoles derivan de aquel terrible 11 de marzo.

Gabriel Moris
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La Constitución que nos dimos, mejor dicho, que nos dieron a refrendar, y que nosotros, el pueblo, votamos mayoritariamente en 1978 abrió las puertas de Europa y del mundo a una España que venía de una guerra fratricida y un régimen autocrático que lastraba su despegue en el ámbito político internacional. No podemos decir lo mismo en otros ámbitos. Por ejemplo, en el terreno económico, España experimentó un cambio muy favorable y con una indudable repercusión social. De una economía basada en el sector primario pasamos a ser una de las diez primeras economías del mundo. No sé qué posición ocupamos hoy, pero pienso que iremos en retroceso.

Por mi edad, he podido ser testigo de la evolución experimentada por nuestro país, desde la devastación derivada de la guerra hasta nuestro cénit económico, social y político. Podríamos representar nuestra evolución económica en el tiempo mediante un gráfico en forma de dientes de sierra, pero con picos y valles en tendencia alcista. Con la llegada del zapaterismo, el cambio de tendencia parece abocarnos a una caída libre de nuestra economía, pero con grandes incertidumbres sobre una posible recuperación, según los expertos. A ellos y a la clase ejecutiva dejamos el análisis de la situación y las propuestas para desarrollar las políticas y acciones que nos permitan recuperar el rumbo perdido.

Me impulsa a reflexionar sobre estos temas el pertenecer socialmente al grupo de los perdedores y los pagadores de la profunda crisis que vivimos. Como siempre, unos con más intensidad que otros. Si perteneciera al grupo de los ganadores, probablemente sólo me limitaría a justificar los orígenes de nuestra situación.

Cuando alguien se asoma a los medios de comunicación, sólo encuentra informaciones relacionadas con la mala situación económica que atravesamos, con la crisis de nuestras instituciones y con las luchas internas que incapacitan a España para corregir su inminente desplome. A veces encontramos diagnósticos y posibles soluciones a dichos problemas, pero, desgraciadamente, los expertos hacen análisis muy parciales o apuntan remedios que nuestras clases dirigentes desoyen sistemáticamente.

Permítanme que esboce mi análisis parcial y particular sobre una deuda que contrajo España en marzo de 2004, y de la que más tarde que temprano tendremos que pedir el rescate a los organismos correspondientes de Europa o del mundo. Me refiero a la contraída por el Estado español con la VERDAD y la JUSTICIA del atentado de los Trenes de Cercanías. Los paganos de aquel crimen, las víctimas y el pueblo, seguimos reclamando la deuda pendiente y la ayuda exterior (el rescate) para resolver lo que ni quiere ni puede hacer el mal llamado Estado de Derecho. Personalmente, sigo manteniendo la creencia de que gran parte de los males que nos afligen a los españoles derivan de aquel terrible 11 de marzo.

Aquel atentado se perpetró cuando España estaba en el referido apogeo económico; cuando, a pesar de las imperfecciones de toda obra humana, la Constitución servía para articular el Estado y cuando parecía que convivíamos en un equilibrio de fuerzas y tensiones. Y sin causa aparente (social, política o económica), ¡zas!, aquel día estalla el odio contenido, Satanás nos siega 192 vidas de forma indiscriminada, y con su llegada aparecieron todos los demonios de nuestros peores ancestros: la mentira, la injusticia, la irresponsabilidad, los odios entre hermanos, la confusión más orwelliana, las invisibles líneas rojas, el antidemocrático cordón sanitario, el robo institucionalizado, las taifas medievales, el fin de la división de poderes, etc. Pese a todo, nos presentan como único problema la situación económica. Y, para colmo de nuestros males, las recetas aplicadas hasta hoy no se muestran eficaces. Y mucho menos eficientes. Puede que la economía sea el problema urgente, pero el problema originario es el que disparó en el corazón del Estado aquel día, olvidado por algunos, pero inolvidable para la mayoría de las personas de bien.

Esa deuda (policial, judicial y estatal) está clamando a gritos un rescate por parte de las instituciones europeas y mundiales. Los hombres de negro, en este caso, sí traerían el atuendo adecuado para realizar su trabajo, por el luto de los sacrificados y por la oscuridad en la que seguimos envueltos sobre la verdad y la justicia que se nos niega.

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