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La ruina derivada del 11M

Algunos arrastramos el trauma de por vida. Otros, las clases dirigentes sin excepción, no sólo parecen haber olvidado el 11M, sino que parecen huir despavoridos de aquel atentado que cambió nuestro destino

Gabriel Moris
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Hoy sólo hay un tema de conversación por doquier: la economía. Creo que esta afirmación es muy difícil de rebatir, pero, ¿es el principio y el fin de todos los males que nos aquejan? Con seguridad que la respuesta a esta cuestión no es tan unánime como la afirmación inicial.

Para un ciudadano normal como yo, sin grandes intereses económicos, políticos o de poder, y con una información manipulada y sesgada, no pasa inadvertido que la crisis que vivimos, y que no hace mucho se nos negaba, no se ha generado de manera espontánea como la hierba que nace en primavera sin sembrarla.

Creo que esta situación que obedece a algo más profundo que a la simple evolución cíclica de la que suelen hablar los economistas. Lo grave de este asunto es que nadie tiene el talismán para paliarla o resolverla, pero sobre todo, que la solución siempre pasa por cargar grandes y pesados fardos sobre las espaldas de los ciudadanos más débiles e indefensos.

La generación de españoles que no vivimos la Guerra Civil hemos superado períodos de crisis de todo tipo durante los setenta años de paz que nos separan de aquella desgracia colectiva. Me atrevería a afirmar que hemos salido fortalecidos de ellas. Ahora, en cambio, me asalta la idea de que podríamos estar regresando a una época de pre-guerra que yo, por fortuna, no conocí.

¿Resulta exagerado mi pensamiento? Sí, soy consciente de que la situación social y política no es comparable a la de los años treinta del pasado siglo; no obstante, al querer resolver los graves errores cometidos por las clases dirigentes con el único esfuerzo de los más débiles se podría provocar una desafección, o incluso una ruptura total, entre el pueblo y sus dirigentes que acabara con la paz social reinante hasta ahora.

Se nos dice con frecuencia que estamos viviendo por encima de nuestras posibilidades y que la crisis la hemos provocado entre todos. Eso es cierto sólo parcialmente. La mayor parte de la responsabilidad corresponde a nuestras clases dirigentes. El pueblo es corresponsable, especialmente, en la medida en que las reglas de juego de la democracia le permiten participar en la vida en común, es decir, en contadas ocasiones y con muy pobre nivel de responsabilidad. De ahí que España se haya convertido en un manifestódromo.

¿Cuál es el origen de esta crisis profunda? Honradamente, yo no me siento capacitado para responder con rigor a esta cuestión. Sí me atrevo a situar su arranque en el tiempo y en algunos factores recientes que han podido desencadenarla.

Respecto al tiempo, creo que todos recordamos la herencia recibida en 1996 y la dejada en 2004 en el primer período de mandato de un gobierno liberal-conservador en la España llamada democrática. Todos recordamos también que el nuevo cambio a un gobierno autodenominado progresista no tuvo lugar de una forma normal.

Ciertamente, el cambio, con apariencia de legalidad y de legitimidad, tuvo lugar de manera traumática. Algunos arrastramos el trauma de por vida. Otros, las clases dirigentes sin excepción, no sólo parecen haberlo olvidado sino que parecen huir despavoridos de aquel atentado que cambió nuestro destino; no sólo en lo económico sino en aspectos más profundos de nuestra vida. Yo estoy convencido de que, sin ese atentado, el devenir de nuestra vida individual y colectiva iría por otros derroteros de convivencia y de calidad de vida más en consonancia con el lugar que le corresponde a España por su papel en la historia y por el peso específico de su economía en el mundo. Recordemos jocosamente lo de la "Champion`s League", los "brotes verdes" y "el corazón de Europa". Creo que con ello se puede definir lo más liviano y lo menos traumático que nos trajo el 11M.

Si nos fijamos en otros países comunitarios con problemas económicos cuando "España iba bien", podemos descubrir que, anteponiendo los intereses comunes a los de partido y con unidad y solidaridad territorial, se puede salvar con éxito cualquier crisis. Nosotros hemos hecho justo lo contrario, negar lo evidente y usar nuestras energías en inútiles rozamientos internos. Eso sí, gastando y endeudándonos muy por encima de nuestra capacidad económica.

No sé si el atentado de los trenes de cercanías fue el culmen de algo que se venía gestando, o fue el pistoletazo de salida de una hoja de ruta planificada para cambiar de forma irreversible nuestra vida como nación. Sea como fuere, el objetivo se va cumpliendo paso a paso. El mimetismo de los grupos políticos deja patente la ausencia de debate de ideas y de acción política. La verdad, la justicia, la honradez, la honorabilidad, la responsabilidad y otras virtudes y hábitos, otrora valorados socialmente, han pasado a ser artículos a extinguir en la sociedad posmoderna del siglo XXI.

Sin este cambio, la impunidad del crimen del 11M, la insolidaridad generalizada, los escándalos y fraudes al más alto nivel y,, por supuesto la irresponsabilidad e impunidad en la gestión de la clase política, no hubieran encontrado el caldo de cultivo para llevarnos a este nivel de degradación de nuestra vida social, política y económica.

Una ministra, hace unos años, dijo que "el dinero público no es de nadie". El padre Juan de Mariana, hace varios siglos afirmó: "Si el burro es de todos, los lobos se lo comen". Los lobos actuales comen dinero y también carne.

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