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Gabriel Moris

Seis años después

A nosotros las víctimas sólo nos queda el dolor por la pérdida de nuestros seres queridos y las heridas físicas y psicológicas de los que seguimos vivos. No hay médico que nos pueda curar las heridas que dejó en nosotros el once de marzo de 2004.

Gabriel Moris
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Coloquialmente se dice que "después de la tempestad viene la calma". Y en ello parecen confiar los representantes del pueblo y sus fieles medios de comunicación. Hace unos días vivimos una tormenta de informaciones y de actos del estilo más variopinto que podríamos imaginar. Me refiero a los actos organizados en torno al aniversario del 11-M. El objeto de todos ellos no tendría que ser otro que el recuerdo y el homenaje a los que perdimos y a los que, a duras penas, hacemos por vivir y contribuir a que nuestra sociedad recupere la dignidad perdida desde aquellos luctuosos atentados. La exigencia de aclarar y hacer justicia a los que los cometieron no debía estar ausente en las conmemoraciones.

Por citar algunos de los actos, hemos de resaltar la audiencia que SM el Rey concedió a algunos representantes de las asociaciones de víctimas. Si mi información es correcta, creo que es la primera que la concede a las víctimas de los trenes de cercanías. Vaya por delante mi agradecimiento. No puedo por menos que manifestar mi deseo de haber podido participar en la audiencia. Creo que las víctimas cursaron al jefe del Estado algunas peticiones que suscribo: la continuidad de las investigaciones para esclarecer totalmente los atentados, la no prescripción de las responsabilidades en materia de terrorismo y el cumplimiento íntegro de las penas. Según mis conocimientos sobre la Constitución, creo que el monarca carece de atribuciones para dar respuesta práctica a dichas peticiones; no obstante, y acogiéndonos a su papel moderador, sí podría instar al resto de los poderes del Estado a que iniciaran las acciones oportunas para dar respuesta a las peticiones de las víctimas de la peor masacre que han sufrido los españoles.

Otro de los actos oficiales tuvo lugar en el Congreso de los Diputados. En el mismo, celebrado casi a puerta cerrada, se procedió a la lectura de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Se recordaron los nombres de todos los fallecidos utilizando las enternecedoras voces de unos niños; y como colofón, el presidente de la Cámara anunció una primicia, el cambio del día de las víctimas del terrorismo al 27 de Junio, fecha en que perdió la vida una niña a manos de ETA. Teniendo en cuenta que el principal derecho humano es el derecho a la vida, echamos en falta una alusión expresa de la Cámara al deseo de esclarecer el mayor atentado contra los derechos humanos cometido en la España democrática y del que muchos de nuestros representantes salieron beneficiados. No podemos olvidar en este capítulo los premios y medallas otorgados a los que no evitaron el atentado y a los que contribuyeron a obstruir la investigación del mismo.

Recuerdo al Sr. presidente del Congreso que el 11 de marzo de 2004 fue declarado día europeo en memoria de las todas las víctimas del terrorismo, precisamente en recuerdo de la masacre de Madrid. Espero y deseo que la coherencia del Parlamento Europeo no se vea truncada por inconfesables deseos de nuestro Parlamento. Ignoro si las asociaciones de víctimas y nuestros representantes legales han previsto presentar alguna petición para impedir que el 11-M pase al olvido de la memoria colectiva. Al menos para varios miles de españoles –y al margen de lo que pretendan nuestros políticos– dicha fecha quedará grabada a sangre y fuego en nuestros corazones y en nuestra memoria.

Aunque no pretendo que esta improvisada crónica del sexto aniversario de los atentados sea un relato exhaustivo de los actos celebrados, no puedo dejar de reseñar los diferentes actos protagonizados por las víctimas. Un año más hemos podido contemplar con dolor y con tristeza que dichos actos han estado marcados por la división. Me atrevería a afirmar que desde el momento del atentado, alguien ya planificó la desunión de las víctimas. Causa tristeza comprobar cómo el carácter eminentemente político del atentado y los hechos posteriores al mismo, tienen más fuerza que la unidad que sin duda debía haber generado el dolor por la pérdida y los sufrimientos de los que de una forma u otra "íbamos en los trenes".

Echando la vista hacia atrás, seis años después, creo que cualquier víctima, por distinta que sea su ideología o su filiación política, no podría encontrar una explicación racional de lo ocurrido si analizamos los resultados de la Comisión Parlamentaria de Investigación, del proceso judicial y de las investigaciones policiales. En cambio, creo que a ninguna de ellas pasa inadvertido el pacto de silencio y el pasar página de todas las instancias del Estado. Parece como si hubieran acordado: "Entre todos podemos tapar el 11-M".

A nosotros las víctimas sólo nos queda el dolor por la pérdida de nuestros seres queridos y las heridas físicas y psicológicas de los que seguimos vivos. No hay médico que nos pueda curar las heridas que dejó en nosotros el once de marzo de 2004. Y para mayor pena, los que podrían haberla evitado, aclarado y castigado, lejos de cumplir con su deber, están consiguiendo la desactivación total de las víctimas en nuestro papel de referente moral de la sociedad, llegando, en ocasiones, a manejarnos como a marionetas.

Cada país y cada pueblo tienen a los dirigentes que se merece. Ellos nos han vencido en todos los terrenos.

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