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Gabriela Calderón

Caricatura de democracia

Entre tanta habladuría de altivez y soberanía, nos olvidamos de que lo primordial en una democracia es que se respete la soberanía del individuo, principio no sujeto al proceso democrático ni a la voluntad de mayorías.

Gabriela Calderón
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Por más de que el presidente del Ecuador, Rafael Correa, tenga el respaldo de las encuestas, eso no significa que debamos inventar una forma de democracia sin representación de la oposición, tal vez sin Congreso y con medios de información presionados por un presidente que los califica de inmorales y corruptos.

Lo sucedido en Ecuador es culpa del actual Congreso, del Gobierno y de casi una década de golpes, cada vez más duros, a las instituciones. Estos golpes provienen no solamente de la tácita violación del orden constitucional por parte de la clase política, sino también de la apatía ciudadana. El Congreso sacó del poder a Abdalá Bucaram declarándolo loco, sin siquiera intentar guardar las apariencias del debido proceso. Luego vino la falta de fe en los procesos constitucionales para remover a los presidentes que no cumplían con su deber.

Ahora, el presidente del Tribunal Supremo Electoral, Jorge Acosta, no reconoce la legitimidad de su despido por parte del Congreso y destituye a 57 diputados que osaron destituirlo. El presidente, quien debió mantenerse neutral, saltó a respaldar la destitución de más de la mitad de los representantes elegidos democráticamente durante el mismo proceso electoral que lo eligió a él. Esto demuestra que está dispuesto a ignorar por completo el orden constitucional para lograr su Asamblea Constituyente, pisoteando el Estado de Derecho para cambiar la constitución. Parece que aprendió las mismas mañas de la partitocracia que él tanto critica.

El protagonista mesiánico de esta caricatura de democracia es el propio presidente Correa, quien ahora va a lograr su Asamblea Constituyente. Digo que es suya porque han eliminado a la oposición, por lo que la consulta popular y la constituyente se realizarán de acuerdo a sus reglas. Y cuidado con quienes discrepen porque esos son los "anti-patriotas" y "sepultureros de la patria". Si quienes se oponen además son de Guayaquil, también los llamará "pelucones", "vivos" y "oligarcas". No le faltará poder para silenciar a quienes insistan en expresar su desacuerdo. ¿Es esto democracia?

¿Qué se puede esperar de una constitución que nazca en medio del actual vacío de legitimidad? No mucho, solo que padezca de tal ilegitimidad y que formalice los deseos de "construcción social" promovidos por el actual Gobierno. Hay un abismo entre tratar de igual forma a todas las personas y tratar de hacerlas iguales. Lo segundo atenta contra la libertad del individuo, puesto que para hacernos a todos iguales es necesario utilizar la fuerza coercitiva del Estado, como en los fallidos experimentos socialistas del siglo pasado.

Esperemos que el presidente Correa se acuerde de esta importante diferencia y no comience a atropellar los derechos individuales como ya ha sucedido en Venezuela y en Bolivia con la libertad de expresión.

Entre tanta habladuría de altivez y soberanía, nos olvidamos de que lo primordial en una democracia es que se respete la soberanía del individuo, principio no sujeto al proceso democrático ni a la voluntad de mayorías. El pueblo ecuatoriano está constituido por más de 13 millones de individuos y es una tremenda distorsión de la realidad reducirlos a una sola entidad y opinión.

La situación es preocupante, pero en Guayaquil veo una oportunidad: éste es el momento de encaminarse hacia una autonomía plena en política regulativa y fiscal. Si algo bueno sale de esta triste crisis política, podría ser un Guayaquil autónomo y próspero. Hay que releer la constitución de Guayaquil libre de 1820 y hacer de esa ciudad una próxima Hong Kong o Singapur, en lugar de seguir catecismos fracasados provenientes de La Habana y Caracas.

© El Cato

Gabriela Calderón, editora de elcato.org y columnista de El Universo (Ecuador).

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