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Gabriela Calderón

Liberalismo y solidaridad

La solidaridad es algo que se da solamente en libertad. Es decir, el individuo, para ser solidario, tiene que tener la libertad de elegir cómo, cuánto y a quién da parte de sus recursos y de su tiempo.

Gabriela Calderón
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Muchas personas confunden el cumplimiento de la ley tributaria y del código laboral con la solidaridad. Otros confunden gastar el dinero de otros con ser solidario. Ahora que estamos en diciembre me parece oportuno explicarle lo que los liberales solemos entender por solidaridad.

Un escocés dijo que "por muy egoísta que se suponga que es el hombre, es evidente que hay en su naturaleza algunos principios, que le hacen interesarse por la fortuna de los demás, y hacerle necesaria su felicidad, aunque nada derive de ella si no es el placer de verla". Esta frase viene de alguien que usualmente es recordado solamente por aquello de "la mano invisible" y la búsqueda del interés propio: Adam Smith.

Pero sucede que Smith entendía que la solidaridad es algo que se da solamente en libertad. Es decir, el individuo, para ser solidario, tiene que tener la libertad de elegir cómo, cuánto y a quién da parte de sus recursos y de su tiempo.

Y esto tiene mucho que ver con el individualismo, palabra que suele ser considerada sinónimo de egoísmo. Pero aquello es una distorsión de lo que los liberales entendemos por individualismo. Friedrich Hayek, uno de los pensadores liberales más importantes del siglo XX, decía que "el individualismo verdadero afirma el valor de la familia y de todos los esfuerzos conjuntos de las comunidades y grupos pequeños, cree en la autonomía local y en las asociaciones voluntarias y, de hecho, el caso en su favor descansa fuertemente en el argumento de que mucho por lo cual usualmente se pide la acción coercitiva del Estado puede lograrse mejor mediante la colaboración voluntaria".

En esta navidad, fíjese cómo muchos ecuatorianos se ayudan entre ellos, de manera voluntaria. Unos van a Solca a alegrarles las fiestas a los niños con cáncer, otros van con amigos o familia a construir una casa de 800 dólares para una familia que no la tenía, otros van a comprarle a un trabajador de muchos años la refrigeradora que siempre había, etc. Lo importante es que lo hacen sin que nadie los obligue y lo podrían hacer más si tuvieran ingresos más altos y si el Estado se llevara un porcentaje menor de éstos. También podrían hacerlo más si el Estado no obstaculizara la creación de riqueza.

En esta Navidad piense en todos los recursos que reciben las entidades del Estado que realizan obra social y por un solo momento considere qué harían con esos cuantiosos recursos un grupo de individuos a los que los une la causa común de darle una mejor educación o mejor vivienda o mejor atención médica a los más necesitados. La historia de la Junta de Beneficencia de Guayaquil, por ejemplo, demuestra que esos individuos han existido a lo largo de la historia del Ecuador y las organizaciones privadas sin fines de lucro que atienden a los más necesitados demuestran hoy que todavía existen.

Finalmente, considere quién cree que maneja de manera más eficiente los recursos destinados a los más pobres, ¿una organización pública donde políticos y burócratas administran el dinero de otros o una organización privada donde los que la financian gestionan sus propios recursos?

© El Cato

Gabriela Calderón, editora de elcato.org y columnista de El Universo (Ecuador).

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