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A quién vender y con quién negociar

Desde que comenzó la llamada Primavera Árabe, las relaciones internacionales vienen marcadas por una visceral denuncia de los regímenes dictatoriales, y las llamadas continuas a su aislamiento e intervención contra ellos.

GEES
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Desde que comenzó la llamada Primavera Árabe, las relaciones internacionales vienen marcadas por una visceral denuncia de los regímenes dictatoriales, y las llamadas continuas a su aislamiento e intervención contra ellos. Libia primero, y Siria después, ejemplifican esta posición.

En estas circunstancias, la política exterior de los estados se ve influida por este rechazo instintivo a las represivas dictaduras. Para España, que trata de salir adelante tras el ostracismo de la era de Zapatero, la cuestión se complica con la aguda crisis económica, que obliga a nuestro país a buscar desesperadamente socios y acuerdos en el exterior.

Recientemente el gobierno alcanzó acuerdos comerciales con China por valor de 500 millones de euros. Es un importante impulso a la internacionalización de algunas de las  empresas españolas. Pero en el otro lado de la balanza está el carácter despótico del régimen de Pekín que –mientras en occidente se denunciaba a Gadafi o Assad– abortaba violentamente su propia Primavera China en Wukan o Shantou. Que se sumaba a la tradicional represión en Tíbet, y en la práctica en todo el territorio de ese inmenso campo de concentración que es el país asiático.

Por otra parte, al parecer avanzan poco a poco las gestiones para la venta de carros de combate Leopard a Arabia Saudí, lo que supondría una importante inyección de dinero para la industria del sector, y una carga de trabajo considerable para los próximos años. Un enorme éxito, en suma. De nuevo aquí, en el otro lado de la balanza está el hecho de que Arabia Saudí es el gran patrocinador del wahabismo en el mundo –y de la cosmovisión de Al Andalus como parte sustancial del Islam–, así como sostén de la represión contra el chiismo en la región del Golfo, que incluye episodios poco gratificantes como el de Bahrein.

Son dos ejemplos de un dilema al que se enfrentan, con más o menos intensidad, todos los países occidentales. Por un lado, puede considerarse legítimo, en momentos de crisis económica y de falta de exportaciones, buscar el negocio en todo tipo de regímenes, siempre y cuando éstos tengan dinero que gastar y constituyan una buena oportunidad económica. Desde este punto de vista, en tiempos de crisis, cualquier dinero es bueno.

En el otro extremo, es concebible una política económica que se centre sólo en los países aliados y en aquellos que respeten de manera escrupulosa los derechos y las libertades de sus habitantes. Se reduce así el margen de maniobra, incluso enormemente, porque de la crisis salen reforzados –a corto plazo, al menos– países en los que la intervención económica es mayor.

¿Qué hacer? Una posición intermedia consiste en definir con claridad los intereses españoles en el exterior, las áreas geográficas fundamentales para su desarrollo, y los aliados necesarios para conseguirlo. Definición que sirva de criterio para la acción exterior del Estado en todos los ámbitos, que huya de la búsqueda de socios a cualquier precio pero que se salga de los estrechos límites de la moral estrictamente democrática y asociada a los acontecimientos puntuales del momento.  

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