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Acto primero. Escena primera

Paradójicamente, la debilidad de Mazen es también la fuente de su fortaleza política. Será una figura relevante en la historia de Palestina y conseguirá la pacificación de la sociedad sólo si los terroristas le consideran uno de ellos

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Los medios de comunicación coinciden en afirmar que la luna de miel entre el gobierno israelí y el nuevo Presidente de la Autoridad Palestina ha sido breve. Tras los primeros atentados el guión previsto se ha empezado a representar, entre el cansancio y la ansiedad de aquellos que, de una u otra forma, sufren sus efectos.
 
Sharon exige a Mazen que persiga a los terroristas y ponga fin a los atentados. En un ambiente de violencia es imposible que se genere la confianza necesaria para que el proceso de paz avance. Además, las fuerzas políticas representadas en la Kneset no lo permitirían. De hecho allí el escepticismo prima sobre el optimismo tras la frustrante experiencia de Camp David.
 
Abu Mazen es consciente de que carece de la fuerza política necesaria para atacar frontalmente a los dos grupos terroristas más importantes, uno de los cuales ha sido creado y mantenido por el propio Arafat y su entorno de al-Fatah. De hacerlo podría provocar una guerra civil palestina o, sencillamente, su ruina política. Mazen les pide que abandonen las armas, pero trata de evitar una ruptura. No sólo no puede con ellos, les necesita para lograr el consenso necesario para asentar su poder y negociar con Israel. Los califica de combatientes, legitima su existencia y trata de reconducirlos hacia su integración en las fuerzas de seguridad palestinas. Un pilar del estado compuesto parcialmente por terroristas sería el precio a pagar por la disolución de las milicias, una experiencia que vivimos tiempo atrás en Kosovo.
 
Paradójicamente, la debilidad de Mazen es también la fuente de su fortaleza política. Será una figura relevante en la historia de Palestina y conseguirá la pacificación de la sociedad sólo si los terroristas le consideran uno de ellos y, a partir de ahí, si aceptan su autoridad. Hoy por hoy está en condiciones de ser escuchado y de negociar. Necesita romper el frente terrorista, atraerse a algunos y concentrar los limitados medios en perseguir a los otros. Sólo así logrará salir del atolladero en el que Arafat le ha metido al frustrar el proceso de paz y declarar la II Intifada.
 
En realidad lo que está ocurriendo no son malas noticias. Ni siquiera son noticias. Estamos asistiendo a la representación de la primera escena de un acto ya conocidos, antesala de un segundo acto cuyo desarrollo ignoramos, porque los actores están obligados a improvisar. A diferencia de la situación previa, con Arafat al frente de la causa palestina, ahora cabe la esperanza, pero el optimismo sigue siendo un ejercicio de frivolidad.
 
GEES, Grupo de Estudios Estratégicos

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