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Acuerdo yin-yan

Los problemas reales a los que evitamos enfrentarnos son: el endeudamiento monstruoso, la incapacidad de defendernos, la asolación moral e intelectual del continente, además de su progresivo despoblamiento.

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Tal como decía aquella famosa crítica literaria de una obra imperdonable: acaba de estrenarse el acuerdo entre Gobierno y oposición sobre la presidencia europea. ¿Por qué?

Versa sobre lo siguiente: lucha contra la crisis, cambio climático, energía, acción contra la piratería en aguas del Índico y futuro de la UE.

Es decir, de ser ciertas las informaciones, PP y PSOE están de acuerdo en alardear de la comisión de delitos; en empeñar las joyas de la abuela y, sobre todo, el plan dental de los niños, para seguir manteniendo una apariencia de normalidad mientras el crecimiento económico está comprometido; en dedicar dinero del que no se tiene a firmar un protocolo que no se cumple (Kyoto) y a hacer propaganda sobre otro que no se firmará (Copenhague), a cambio de que en el tercer mundo mueran de hambre por las subvenciones a combustibles ecológicos; en no hacer centrales nucleares mientras se promueven presuntas alternativas cuya eficacia es demostradamente nula; y en que el futuro de la UE sea... ¿cuál exactamente?

Recuérdese el tortuoso camino del tratado de Lisboa. Pretensiones imperiales de Constitución europea dirigidas por Giscard, truncadas en los referéndums de Francia y Holanda en la primavera de 2005, recicladas en el menos pomposo Tratado de Lisboa, y forzadas a los irlandeses que se opusieron en una primera consulta, y a los checos y polacos que ni siquiera pudieron llegar a tanto. Un éxito.

¿El resultado? El mismo circo de siempre para tomar las dos primeras medidas: elegir presidente y ministro de exteriores, y eso que ni siquiera Moratinos está descartado. Toda la razón de ser del tratado está en mejorar el funcionamiento de la UE para hacerla más eficaz. En la práctica, sus disposiciones fundamentales en cuanto a toma de decisiones no entrarán en vigor hasta el 2014 –largo me lo fiáis– y el resto es bla, bla, bla burocrático espolvoreado de disposiciones potencialmente nocivas en materia civil, penal o de derechos fundamentales, con la confusión de textos y jurisdicciones. Eso sí, todo ello en aras del consenso.
 
El consenso es el proceso por el que se abandonan todas las convicciones, valores, principios, y políticas para buscar algo en lo que nadie cree, pero a lo que nadie se opone; es el proceso mediante el cual se eluden los problemas que hay que resolver, sólo porque no se puede lograr el acuerdo sobre el camino a seguir. ¿Qué gran causa puede darse y ganarse bajo la bandera del consenso? Para nosotros y para Margaret Thatcher, que es quien dijo las palabras citadas.

Los problemas reales a los que evitamos enfrentarnos son: el endeudamiento monstruoso, la incapacidad de defendernos, la asolación moral e intelectual del continente, además de su progresivo despoblamiento. Y, por encima de todo, en el ámbito de la UE: el abandono de las políticas originales destinadas a crear una solidaridad de hecho que garantizara la paz y promoviera el comercio y por tanto, el progreso y la libertad de los europeos. Pero el consenso equivale hoy al progresismo de todos los partidos y parece que nombrarán presidente al primer ministro belga, Van Rompuy que tiene como únicas virtudes conocidas, escribir haikus –Federico aun está a tiempo– y no haber molestado aún a nadie.

La luz sobre el mar
es más furiosa que sobre la tierra
el cielo respira libre


Va a ser el único.

Es la tendencia oriental. Va a ser verdad lo del taoísmo en el PP. El yin y el yan coinciden en la plenitud –posmoderna– de los tiempos. Nemine discrepante.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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