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Afganistán guerrero

Si unos kilómetros más allá unos colegas de otro país están siendo machacados, que se las apañen. Esta es la letra y el espíritu de nuestra misión de paz y tranquilidad.

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Históricamente puede que esté a diez siglos, espacialmente, ya se sabe, no quedan distancias. Polí­ticamente, lo tenemos en casa.

La desoladora pregunta, ¿qué hacemos en Afganistán?, tiene recovecos freudianos que encubren o revelan el deseo de anular el problema subiéndonos al siguiente avión de vuelta. Si estando allí­ no llegamos a saber nada del porqué y casi nada del dónde (cojan un mapamundi y pregunten), si nos vamos, la entera región, para nosotros, se desvanece en el fino aire.

Pero Afganistán no sólo no se desvanece, sino que está poniéndose al rojo vivo. La buena guerra de Zapabama u Obatero cada vez va a servir menos como coartada para quien gana el poder emporcando a los predecesores con sus malas guerras. Obama ha mandado a diecisiete mil militares más con la consigna implí­cita de que con eso se arreglen y no pidan más, cosa que no parece que vaya a conseguir. Zapatero parece ofrecer 200 extra, más o menos los que le habí­a propuesto a Bush en la cumbre de OTAN de Bucarest, en abril del año pasado, a cambio de una buena photo oportunity, pero a Bush le pareció muy poco y muy tarde. Ahora tenemos a la vuelta de la esquina la presidencia española de la Unión Europea, Zapatero en lo alto de una tribuna mundial, y un intercambio escolar Moncloa-Casa Blanca se necesita desesperadamente. Si ahora no, ¿cuándo? Estarí­a claro que nunca. Así­ que si es necesario subimos a 400. El capitano Zapataro quiere hacerse grande con il sangue dei soldati, como reza el dicho italiano.

Lo que no quiere decir es que manda a nuestros muchachos, ellos y ellas, a una guerra hecha y derecha. Llegaron llenos de caveats, palabra latina deformada por la pronunciación inglesa, que quiere decir algo así­ como restricción o exención. Todos en la OTAN las tienen, salvo los que van a combatir en serio, que así­ está el brazo armado de la seguridad atlántica. Pero nuestros noes llegaban a seis, y la presión internacional los hizo reducir a dos. No atacar y no actuar fuera de nuestra área de despliegue. Si unos kilómetros más allá unos colegas de otro paí­s están siendo machacados, que se las apañen. Esta es la letra y el espí­ritu de una misión de paz y tranquilidad. Luego el abrupto terreno y los imponderables de cada dí­a impondrán sus leyes, pero ya sabemos que en disciplina nadie gana a los militares, con lo que la realidad no puede ser muy distinta de las normas.

El más importante de los caveats está implí­cito en la zona de despliegue, provincias del este ajenas a la etnia pashtun, de donde salen prácticamente en exclusiva los talibán (plural de talib, alumno de madrasa islámica; decir talibanes es como decir seminaristasos, pero ya no hay vuelta atrás. El error mueve la evolución lingüí­stica, como muchas otras). En ese aspecto hemos ido a zona bastante segura, aunque los talibán han ampliado su radio de acción. Pero la guerra en Afganistán tiene muchos contendientes. Traficantes de droga y señores locales de la guerra pueden ser tan violentos como los guerreros santos. Y conti­nuamente se tejen y destejan alianzas de lo más variopintas. En Afganistán, lo que irí­a contra natura serí­a no hacerlo.

Así­ que a priori nunca se puede estar seguro de quien ataca, pero el bombardeo de las bases es el pan nuestro de cada dí­a en todo el paí­s y contra todas las fuerzas que pugnan por liberarlo, con el indudable apoyo de la mayorí­a, de tanto elemento indeseable. Nuestra gente, dado que tienen que limitarse a la más puramente reactiva de las defensas, no parece que lo hayan hecho nada mal.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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