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Ahí la tienen, ¿y ahora qué?

Al fin y al cabo, han sido las calles de Barcelona y las de Bilbao las que se cubrieron ayer de vascos y catalanes enarbolando la enseña nacional, lo que constituye un desafío intolerable.

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Es indiscutible que los españoles constituyen una nación dada a la diversión, a la juerga, a la celebración desenfrenada. Que los españoles muestren su patriotismo sólo después de un partido de fútbol constituye un problema nacional de primer nivel. Que sólo sean capaces de gritar "¡Viva España!" y agitar la enseña nacional con ocasión de un campeonato deportivo y no en otras ocasiones difíciles y más trascendentales muestra hasta qué punto la cosa marcha bastante mal para el futuro de España. Que les cueste mostrar un patriotismo español cívico, político e institucional no mejora las cosas.

Los españoles constituyen una nación difícil: la aquejan múltiples males, de los cuales el auto-odio y la baja autoestima por un lado, y el relativismo cívico y moral por otro, constituyen los dos principales. Por el primero desprecian su historia y su cultura, las rechazan hasta el masoquismo, lo que los hace caer fácilmente en manos de falsificadores y charlatanes ideológicos y entregar demasiado fácilmente su pasado y su futuro. Por el segundo, los españoles permiten a sus gobernantes actuaciones y comportamientos que en otros países los conducirían a la calle. En un país no corroído por el relativismo, las mentiras del Gobierno en relación con ETA o la crisis económica habrían supuesto dimisiones, y la nueva estrategia popular de rechazo a todo valor o principio hubiese acabado en escándalo.

La nación española está gravemente enferma, pese a lo cual no creemos que esté muerta. De vez en cuando surgen destellos y brillos que muestran que, pese a la presión nacionalista, la cesión socialista y la dejación de la derecha, los españoles se consideran miembros de una unidad nacional que no es ni discutida ni discutible, sino real. Esto puede parecer poco, pero es algo, y algo de cierta importancia, sobre todo para ponerse a trabajar desde ya.

Como de costumbre, los nacionalistas vascos y catalanes han captado esto con cierta amplitud; al fin y al cabo, han sido las calles de Barcelona y las de Bilbao las que se cubrieron ayer de vascos y catalanes enarbolando la enseña nacional, lo que constituye un desafío intolerable. Esta exaltación española ha hecho saltar las alarmas del independentismo, que ha reaccionado con una mezcla de odio y desprecio hacia lo que rechaza y teme al mismo tiempo: que los catalanes y vascos que se creen españoles comiencen a exteriorizar su pertenencia a España sin miedo ni complejos.

Lo ocurrido estos días en nuestro país muestra que la nación española existe, esta ahí y está esperando. Es cierto que desmovilizada, desordenada, dedicada a sus asuntos, más pendiente de las vacaciones y del fútbol que de cuestiones cívicas e institucionales que afectan al país. Pero si es cierto que los españoles dan muestras de irresponsabilidad, también lo es que la nación está ahí y mantiene un sentimiento de comunidad y unidad que ni el nacionalismo independentista ni la izquierda antinacional han conseguido aún erosionar.

No creemos que España sea una anomalía histórica, ni que los españoles se limiten a serlo sólo cuando gana la selección. La nación constituye un potencial enorme, con una condición: que los políticos estén a la altura que se les exige, asumiendo riesgos, sin esconderse ante las responsabilidades. Son ellos, y parte de las élites intelectuales y culturales de nuestro país, los que desmovilizan y paralizan el sentimiento nacional, sea por rechazo en la izquierda o por complejos en la derecha. Es cuestión de liderazgo: a ellos corresponde encauzar y dirigir un sentimiento nacional que, escondido y difuso, desordenado y caótico, esta ahí esperando.

Esto es así, y con ello debieran contar nuestros políticos. Más allá de la frivolidad de un partido de fútbol, el funcionamiento institucional, político, económico y estratégico de una nación exige unidad, orgullo, confianza. Virtudes presentes, no como desearíamos, pero sí al menos de manera al menos potencial, que habrá que tallar y perfilar.

Esto es lo que hay. Una nación con problemas, cierto. Pero el problema no es la nación. Ahí la han tenido nuestros políticos, todos estos días, ante ellos. ¿Y ahora qué?

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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