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Annapolis, paz y conflicto

Lo máximo que puede ofrecer un Gobierno israelí sin ser triturado por sus ciudadanos es menos que lo mínimo que puede aceptar la autoridad palestina sin producir un levantamiento de los suyos, ya suficientemente soliviantados. Y viceversa.

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Hay muchas expectativas y pocas esperanzas puestas en la conferencia de paz en Oriente Medio que se abre el martes 27 en la ciudad americana de Annapolis (Maryland). En la primera columna se incluye nada menos que iniciar, de verdad, el principio del fin de la consecución de un arreglo definitivo entre Israel y los palestinos, con la nítida meta de un estado propio para éstos. En la segunda está todo lo demás, en resumen, la deplorable situación que viven los palestinos y la exacerbación de los peligros que amenazan a Israel. Una y otros convertirían la paz en algo de extraordinaria conveniencia para ambos, pero la profunda desunión y el caos palestino de un lado y la extrema suspicacia israelí ante la asunción de cualquier riesgo del otro, hacen casi imposible las necesarias concesiones de cada parte, más aún, el moderado realismo en las demandas.

Es dogma de fe por estas latitudes que Israel ha incumplido todas las resoluciones de la ONU que le conciernen. Al menos una no, habría que reconocer, la que creaba el estado judío, porque, para quienes fingen olvidarlo, Israel es una creación de Naciones Unidas contra la que los árabes palestinos, que no tenían entonces nada ni remotamente parecido a una conciencia nacional propia, se levantaron en armas con el apoyo de todos sus vecinos. Y la realidad es que así ha seguido siendo hasta hoy día, sin excepción. Con la boca pequeña, una parte de los palestinos, los que gravitan en torno a Al Fatah, se han mostrado dispuestos a reconocer el estado de Israel... de momento. Los seguidores de Hamás vuelven las tornas, rechazando con rotundidad cualquier reconocimiento, pero magnánimamente se dicen prestos a concederle una tregua de hasta diez años, mientras se preparan para su destrucción.

La madre del cordero de todas las paces y todos los incumplimientos es la resolución 242 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, de octubre de 1967, tras la guerra de los seis días. Pide la retirada de Israel "de territorios ocupados" a cambio de "fronteras reconocidas y seguras". Nunca un artículo determinado ha sido tan importante. Su falta, claro está. Lo que Estados Unidos e Israel aceptaron de forma explícita fue ese "territorios ocupados" sin el "los" delante. Esa carencia, a nadie se le ocultaba, quería decir que no se irían absolutamente de todos, o lo que es lo mismo, las fronteras exactas habría que ajustarlas, se supone que mediante negociación. Pero a pesar de los múltiples intentos, la oportunidad no llegó nunca, porque la parte palestina jamás estuvo unida tras una oferta de "de fronteras reconocidas y seguras". Y ahí estamos y de ahí no salimos y es poco probable que Annapolis consiga sacarnos, si bien se harán indudablemente muchos quiebros y amagos diplomáticos y se llegaran a una serie de acuerdos sobre cuya importancia y cumplimiento Dios dirá, porque el fracaso manifiesto no es opción para Washington.

Pero en el momento en que se reúne la conferencia, el problema de fondo es más agudo que nunca, o sea, que siempre. Lo máximo que puede ofrecer un Gobierno israelí sin ser triturado por sus ciudadanos es menos que lo mínimo que puede aceptar la autoridad palestina sin producir un levantamiento de los suyos, ya suficientemente soliviantados. Y viceversa. Así las cosas, van a ser todo un espectáculo las filigranas diplomáticas que se labren para salvar el acontecimiento.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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