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Aprendiz de brujo

El abismo que se ha creado en estos últimos días entre Rusia y los europeos pone de manifiesto la débil cimentación de la alianza antinorteamericana pergeñada por Chirac

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El reciente atentado terrorista en Osetia del Norte ha llevado a las autoridades militares y políticas rusas a realizar interesantes declaraciones, que merecen atención y comentario.
 
Unos y otros han insistido en que los autores de la masacre son parte del terrorismo islamista, la amenaza global, y exigen una clara solidaridad. Tanto la Comisión Europea como la Alianza Atlántica han emitido comunicados expresando su condena, pero gobiernos y ciudadanos se han distanciado, vinculando lo ocurrido con la represión ejercida sobre los chechenos. Los europeos sienten simpatía por un pueblo que desde hace siglos resiste heroicamente el expansionismo imperial ruso en el Cáucaso y no quieren valorar, por interés propio, el componente islamista de su militancia. De hacerlo, tendrían que asumir que allí se había abierto un nuevo frente y que el uso de la violencia estaría justificado, lo que va en contra de sus sentimientos pacifistas y pacificadores. Los rusos están convencidos, desde hace siglos, de que los europeos animan a los pueblos del Cáucaso a levantarse en su contra. Una actitud nada altruista, pues el objetivo no sería otro que controlar la ruta hacia el Extremo Oriente. Hoy día ya no serían sólo los europeos, sino también los norteamericanos, y el interés por la ruta tendría un componente energético fundamental. La suspicacia rusa no está fundada en el caso checheno, aunque sí en el georgiano. Pero europeos y norteamericanos no tenemos por qué avalar un comportamiento tan salvaje como inútil. El pueblo checheno merece una negociación política para establecer su situación en Rusia, de la misma forma que el combate contra los terroristas requiere de una acción contundente y prolongada.
 
Las autoridades militares han declarado que realizarán acciones de anticipación, persiguiendo a los terroristas allí donde se encuentren, lo que puede entenderse como disposición a intervenir fuera de su territorio nacional, eliminando a personas que consideren responsables de actos terroristas. Rusia ha condenado acciones de anticipación realizadas por otros países, como Israel. Sin embargo, aunque sin reconocerlo, ellos también las ejecutan. En estos momentos la diplomacia rusa negocia con la qatarí la liberación de dos miembros de su servicio de inteligencia que asesinaron en febrero, mediante un coche bomba, al dirigente checheno Zelimkhan Yandarbiyev. No hay, por lo tanto, novedad pero sí publicidad. Ahora parece que Rusia está dispuesta a asumir su responsabilidad en futuros actos de anticipación.
 
En Europa el rechazo a este tipo de acción es generalizado, aunque los Estados europeos la utilizan cuando lo consideran oportuno. Es bien conocida la intervención de Lady Thatcher ante los Comunes, a propósito de la eliminación de miembros del IRA en Gibraltar. También lo es la actuación del Gobierno socialista español de Felipe González contra miembros de ETA. En este último caso se producen dos coincidencias con Rusia: el negar la evidencia y el condenarlo cuando son otros los autores, y dos elementos diferenciadores: el grado de incompetencia y la “externalización” de la gestión. No deja de sorprender que un partido político que ha montado un dispositivo como el GAL y que reivindica la trayectoria política de personalidades como Barrionuevo sea tan exquisito y legalista cuando se trata de enjuiciar acciones similares realizadas por otros gobiernos.
 
El abismo que se ha creado en estos últimos días entre Rusia y los europeos pone de manifiesto la débil cimentación de la alianza antinorteamericana pergeñada por Chirac. Sólo les une el reflejo antihegemónico, pero poco más. Los valores sobre los que descansan sus políticas exteriores son radicalmente distintos.
 
La reivindicación de la guerra antiterrorista y de las acciones anticipatorias colocan a la política rusa en situación de acercamiento a Estados Unidos y a algunos de sus aliados, como Israel o India. Cabe imaginar que tras las elecciones presidenciales, en noviembre, la nueva Administración norteamericana abrirá un diálogo estratégico con Rusia sobre los fundamentos de la política antiterrorista. No hacerlo sería un grave error, aunque los límites de la aproximación son evidentes. Rusia se queja de que los demás utilizamos el terrorismo islamista para contenerla, pero nadie más que ella practica esta variante de la diplomacia de poder. La lucha contra el terrorismo implica, como recordaba el editorialista del Wall Street Journal, el combate contra los Estados que lo apoyan o fomentan, entre los que se encuentran algunos de los mejores socios de Moscú, como Irán o Siria. Rusia tiene derecho a exigir la solidaridad internacional ante los ataques terroristas que ha sufrido recientemente, pero debe adaptar su política exterior y ser coherente. De otro modo no dejará de ser el aprendiz de brujo que alimenta a su propio enemigo.
 
GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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