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Bailar al son de Chávez

Cuando el tirano de turno expropia sin miramientos, acumula en su poder el ejecutivo, el legislativo y el judicial y cuando se ataca a los sectores que protestan y se promete gasear a los estudiantes, hablar de democracia es un sarcasmo de muy mal gusto.

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Como decía Julián Marías, la única legitimidad democrática posible es la que está impregnada de liberalismo, fecundada y vivificada por él, porque de otro modo se convierte en un mero rótulo que encubre otra forma de dictadura. Otra forma con los mismos atributos de las demás, y tal vez más perniciosa, porque lleva dentro lo que se puede llamar un mecanismo de perpetuación. Es la dictadura que no deja siquiera la esperanza de que un día termine.

Esto es lo fundamental respecto a la actitud europea hacia Venezuela. Sólo hay una política diplomática de la UE: hay que llevarse bien con cualquier dirigente. Se supone que así se mantienen las relaciones entre países y se favorecen los intereses de todos. Para que eso no sea considerado mero cinismo, se le llama realismo. A la versión contraria, a la de fomentar la libertad de los pueblos por encima de los tiranos que los subyugan, para evitar que adquiera una peligrosa fama entre las personas de bien, se le llama, añadiendo ademán despectivo, neoconservadurismo.
 
España tiene una responsabilidad especial con Hispanoamérica. No sólo porque es muy triste que uno de los últimos resistentes del socialismo real y sus cien millones de muertos, el castrismo en Cuba, se exprese en español, sino porque España descubrió América, la colonizó y la evangelizó, lo que significa que la introdujo en la herencia de Occidente. Como consecuencia de ello, nos solemos comprender bastante bien.
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Todas las formidables instituciones mundiales y cuasi universales del planeta, se preocupan enormemente en su vertiente formal por el acontecer democrático de los pueblos. Para ello generan mecanismos objetivos y estadísticos que determinan con absoluta precisión científica si tal o cual país vive en democracia. En el caso de Venezuela, los europeos se quedan tan tranquilos en su mezquina contabilidad porque hay elecciones, hay distintos partidos y en definitiva se hace lo que el pueblo quiere. Desempolvan el diccionario de griego y confirman: democracia = gobierno del pueblo.
 
El caso es que no hay dato alguno que demuestre que Venezuela viva en democracia y no lo hay porque se advierte en todo hasta qué punto el socialismo del siglo XXI es, por de pronto, como el socialismo del XX; un crimen contra la libertad, aunque adaptado a los nuevos tiempos.
 
Cuando el tirano de turno expropia sin miramientos, acumula en su poder el ejecutivo, el legislativo y el judicial; cuando la política social que justifica todas las limitaciones posibles de la libertad se resume en un 35% de inflación que puede disfrutarse a la sombra de una estatua de Marulanda - Tirofijo en un barrio de Caracas; cuando la riqueza nacional que supuestamente se reparte es sobre todo un mecanismo de clientelismo y compra de voluntades; cuando Petróleos de Venezuela S.A. (¿?) es una garantía de dominio sobre funcionarios y demás sectores controlados, un elemento al servicio del control totalitario del Estado; cuando se ataca a los sectores que protestan y se promete gasear a los estudiantes; cuando se llena el ambiente público y hasta subterráneo con la propaganda dominante y se extiende la coacción a los visitantes extranjeros que osan discrepar; cuando se ataca a las sinagogas y se proclama que los judíos mataron a Cristo como si todos los personajes del belén –menos los romanos y los Reyes Magos, incluidos el Niño Jesús y la Virgen María– no hubieran sido igualmente judíos; cuando se interpretan arengas inconcebibles desde el punto de vista del decoro y la vergüenza ajena; cuando se promete apoyo a los dictadores de Zimbabue y se demoniza a los dirigentes del mundo libre; cuando proliferan los apagones y la cocaína, y los delitos y los asesinatos; cuando el banco central se usa para engrasar los corruptos manejos del poder, cuando todo esto pasa, hablar de democracia es un sarcasmo de muy mal gusto.

Los españoles, por nuestra escasa influencia y nuestro valor menguante, permitimos que desde Europa se firmen memorandos de entendimiento con la revolución bolivariana y –salvo el PPE– poner una de cal y otra de arena ante la opresión de nuestros semejantes. A esto lo llamamos realismo. Se supone que salvamos un par de empleos y garantizamos las relaciones entre países para el futuro. Pero es mentira. Lo único que hacemos es bailarle la música al tirano.

Deberíamos pedir perdón a los venezolanos por no ser capaces de cambiarlo. No es consuelo, pero nuestra impotencia sólo demuestra que estamos por seguir el mismo camino. Y vendrán mezquinos contables de otras tierras a asegurarnos que las cuentas y los datos dicen que estamos en democracia. Formalidad de formalidades y todo formalidad. Pero decencia, ninguna. Dice Luis Herrero en El Mundo: "La medida más urgente es convocar a la izquierda europea, y sobre todo a la española, a la tarea de denunciar lo que está sucediendo en Venezuela". Buena suerte con ello... por nuestro propio bien.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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