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Bush frente a Kerry

Sin embargo el núcleo central de sus votantes, los demócratas a lo Michael Moore, lo que quieren es la retirada

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En esta cuestión hay opiniones para todos los gustos, pero los gustos no son más que dos: Bien que serán abismalmente diferentes o bien que lo serán muy poco. Naturalmente Kerry es la variable, pues a Bush ya lo conocemos o eso nos parece. Es propio de los partidarios de cada bando que tiendan a acentuar la diferencia, pero hay también una nutrida minoría en ambos lados que creen que la cosa no va a ser para tanto. Los miembros de esa minoría suelen ser profesionales de la política exterior, como estudiosos o practicantes.
 
La realidad es que la realidad no se deja adivinar y que, como dijo un sabio, predecir es difícil, especialmente el futuro. Los pronosticadores y futurólogos sobreviven gracias a que la gente no guarda los periódicos ni graba los debates. Pero el margen de error suele estar muy por encima del que se obtendría echando a suertes.
 
Clinton hizo campaña prometiendo un activismo exterior para prevenir crisis y curar catástrofes, lo que le llevó a regañadientes a intervenir fugazmente en Haití, salir corriendo de Somalia, no comparecer en el genocidio de los grandes lagos africanos, no arriesgar un sola vida en Yugoslavia, ir arrastrando el problema de Sadam y dejar que creciera el de Al-Qaeda. Bush prometió una política exterior humilde, inhibiéndose del intratable problema israelo-palestino y concentrándose en pararle los pies a China. Pero vino el 11-S y todo cambió.
 
Muchas cosas cambiarán también en el futuro y a su tenor lo harán las correspondientes políticas, pero lo que es seguro es que los intereses de los Estados Unidos y la configuración mundial con la que tendrá que operar se transformarán sólo muy lentamente. Así como hay muchas más continuidades entre Clinton y Bush II de lo que es consciente la inmensa mayoría, las tendrá que haber también entre Bush II y un hipotético Kerry. Y en todo ello lo que menos cuenta, quizás, es lo que han dicho, que no es casi nada, excepto que Kerry está decido a ganar la guerra de Bush, y se postula precisamente porque se considera más capacitado que su rival para hacerlo.
 
Sobre cómo lo haría lo único que nos ha dicho es lo único que no es posible: hacerse con nuevos aliados. Chirac y Scröder ya se han adelantado, para prevenir equívocos y evitar que se haga ilusiones, anunciado que en ningún caso enviarán soldados a Irak. Más bien puede que pierda los aliados con los que ya cuenta, algunos de los cuales, como los polacos, creen haber llegado ya al límite de sus posibilidades. Como Bush le ha recordado, pregonar que están haciendo "la guerra equivocada, en el lugar equivocado y en el momento equivocado" no es la mejor forma de conservar los que tiene ni de adquirir otros nuevos. Por su parte Zapatero ya ha tomado la delantera en ese camino.
 
Pero Kerry se ha comprometido a ganar la guerra y el pequeño porcentaje de votos indecisos que pueden darle la victoria sólo lo hará a cambio de la otra victoria en tierras mesopotámicas. Sin embargo el núcleo central de sus votantes, los demócratas a lo Michael Moore, lo que quieren es la retirada. Por más que proclame los mismos objetivos que su rival, aunque con imposibles métodos distintos, Kerry se verá sometido a una inmensa presión para hacer todo lo contrario, mientras que le sobrará tiempo para sentirse profundamente decepcionado respecto a sus amigos europeos, a los que tampoco complacerá las apremiantes insistencias venidas del otro lado del Atlántico.

GEES, Grupo de Estudios Estratégicos

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